José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 20 de diciembre de 2013
En tiempos de globalizaciones, multiculturalismos y alianzas de civilizaciones, el revival de los nacionalismos se ha colado de rondón. En las naciones más viejas y, por ende, más consolidadas del Viejo Continente, el Reino Unido y España, dos de sus colectividades de mayor personalidad histórica y protagonismo estatal, Escocia y Catalunya, reivindican estos días con inusitada fuerza mediática –vector de primer orden en la configuración de la política gubernamental- su “derecho a decidir”; es decir, eufemismo por soberanía pura y simple.
El desconcierto, pues, de los sectores de “progreso” no es para describirlo. Tras medio siglo al menos de poner en cuestión las tesis o doctrinas acerca de la existencia de los caracteres nacionales como uno de los motores y claves más profundos de la evolución de los pueblos, su presencia resulta absorbente e inquietante. En el solar hispano, su comunidad más avanzada en todas las dimensiones basa su querencia independentista en una identidad bien afianzada ya desde los días medievales, en los que se gestó, según sus definidores, con nítido perfil, la almendra de la conformación social y espiritual del Principado. Ya podrán esgrimirse del lado de sus contradictores toda suerte de argumentos que, al final, los defensores del soberanismo sentenciarán controversias y discusiones con la apelación a razones que la razón no sabe, esto es, sentimentales y anímicas.
Ha un siglo, al término de la Gran Guerra, todo hacía suponer que la derrotada Alemania seguiría al antiguo país de los zares por los caminos de la revolución comunista. Si los acontecimientos respondían a una mínima lógica, así habría de acontecer en la nación en que las masas obreras –encuadradas en inmenso número en las filas del todopoderoso partido socialista, eran, de largo, las más nutridas de Europa-, movilizadas y activas, sólo esperaban al líder carismático y la hoja de ruta adecuada para la conquista del poder. Su trayectoria, como es harto sabido, fue bien distinta. Entre las numerosas interpretaciones que de este hecho, mayor y decisivo en la andadura de la centuria dieron estudiosos de alto coturno y especialistas reputados, el cronista permanece fiel a la que leyera en sus tiempos de bulímico licenciado de Historia y Geografía. En opinión de J. Benoist-Mechin –su encandilamiento por la obra de este intelectual homófilo y ministro en el más reaccionario gabinete del mariscal Pétain continuó hasta el fin de su aventura histórico-literaria-, la sociedad alemana no respaldó el movimiento espartaquista y revolucionario al verlo más que como la aurora de un nuevo tiempo, como el golpe definitivo a un imperio que compendiaba a sus ojos las esencias prístinas de la nacionalidad alemana. Análisis, ciertamente, de rara penetración. En los sangrientos combates entre los contingentes proletarios y las fuerzas de la República de Weimar, ningún soldado de éstas fue –muerto o prisionero- desposeído de sus insignias y charreteras por sus oponentes. Para el imaginario colectivo germano, el soldado simbolizaba valores permanentes e intangibles de su personalidad moral y comunitaria.
¿La Historia, nietzchianamente, como eterno retorno? No. Como permanencia de un basamento diferenciador en mayor o menor grado –hoy muy exiguo- de itinerarios de pueblos y sociedades, sí.