nueva edición
Viernes 09 de mayo de 2008
Debió ser escrito en la primavera de 1926, pocos meses después de la muerte de don Antonio Maura, el gran político conservador, al que Ortega había criticado en su juventud, pero del que, a pesar de la enorme distancia en las ideas, supo apreciar su valía años después en una serie de artículos que escribió a su muerte, titulada «Maura o la política». El que aquí se presenta pretendía desarrollar las ideas que se le habían quedado en el tintero en la citada serie sobre la «organización regional de España». El proyecto de estructuración territorial del Estado que plantea Ortega durante estos años se enmarca dentro de una reforma más amplia de la política, que durante estos años chocó siempre antes o después con la censura a que la Dictadura de Primo de Rivera sometía a la prensa.
Javier Zamora Bonilla
Maura y la diversidad de EspañaHabía querido este otoño proponer a los lectores, como punto de meditación, cierto esquema de organización regional de España. La reciente ausencia de don Antonio Maura me invitaba a amparar el propósito con la tradición de su nombre. Distante en la vida de su persona creía obligado rendirle este homenaje al tiempo de su asunción en la esfera de la historia. Los escritores hemos sido injustos con don Antonio Maura porque hemos sido apasionados y partidistas, dos cosas que el escritor debe evitar ser. Preocupados de halagar a nuestro contorno habitual y más próximo, somos desleales con nuestra magnífica misión de esclarecedores. Y así, acontecimientos y figuras de España se volatilizan sin haber sido antes cristalizadas en ideas exactas y radiantes.
La serie de artículos “Maura o la política” quedó interrumpida por una indisposición más larga que aguda. Más de una vez me ha acontecido esto con mis trabajos y compromisos. Yo sé que, merced a ello, pesa irremediablemente sobre mí la acusación de ser inconstante y voluble como la onda. Se olvida o se ignora que el escritor tiene una salud que, a veces, le falta. Sería deseable que la nueva generación se asegurase escritores con nervios de bronce. Los míos son de materia tan endeble y desdichada que con atroz frecuencia me niegan su servicio y dejan derrumbarse mi persona.
Pero ahora es primavera, domina el imperio de lo azul y el viento entre fragancias trae promesas de salud. ¿Por qué no intentar de nuevo la empresa que una vez falló? La idea de una organización regional de España es, a mi juicio, más honda y más fértil de lo que suelen creer lo mismo sus enemigos que sus partidarios. Yo insisto todavía en advertir que todavía no se la ha mirado cara a cara. Hasta hora sus epifanías han servido más bien para desvirtuarla. Alguna región ibérica la ha proclamado con un gesto particularista, siendo así que el regionalismo, más que ninguna otra idea, postula una integración nacional sobre la cual, como sobre un fondo, dibujan las regiones su perfil diferente. Comparada con él la misma idea centralista contiene un grave resto de particularismo que suele ser el del centro contra la periferia territorial o, cuando menos, el particularismo del todo abstracto. Nación contra sus partes concretas.
Adviértase que decir, sin más, todo, es correr el riesgo de olvidar la muchedumbre y variedad que lo integra, como al decir galanamente el mundo no solemos tener en la mente las cosas todas grandes y pequeñas que lo componen. Cuántas veces la noble urgencia de gritar “¡España!” nos llevó a vaciar el vocablo de su riqueza interior y a no tener en la mente al pronunciarlo otra cosa que la fachada del Ministerio de la Gobernación. José Ortega y Gasset
TEMAS RELACIONADOS: