Alejandro San Francisco | Lunes 23 de diciembre de 2013
El Papa Francisco ha resultado un personaje histórico sorprendente al asumir a la cabeza de la Iglesia Católica. Primero fue por su nacionalidad, como primer Pontífice “latinoamericano”; después alguna declaración o un gesto personal los que llamaron la atención de los expertos o de la prensa, así como de la gente común y corriente. De esta manera, y después de dos figuras tan relevantes como Juan Pablo II y Benedicto XVI, el nuevo Pontífice ha ido encontrando su espacio, difundiendo sus ideas y marcando la agenda pública internacional en algunos temas.
Además de sus homilías o reuniones con distintos grupos, el Papa ha compartido su pensamiento a través de la Encíclica Lumen Fidei (Sobre la fe), y recientemente por la Exhortación Apostólica Evangelium Gaudium (La alegría del Evangelio). Vale la pena leer cada una, especialmente esta última en cuanto retoma aspectos importantes de la Doctrina Social de la Iglesia y presenta reflexiones sobre la sociedad del siglo XXI. Como resume Francisco, “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista”, frente a la cual es necesario oponer la alegría del Evangelio.
La reflexión precisa que el momento histórico actual es muy complejo, considerando que por un lado tenemos una sociedad que ha alcanzado altos niveles de desarrollo y ha multiplicado las posibilidades de placer en diferentes ámbitos; por otra parte, aún persisten grupos numerosos de personas que viven en la pobreza y la marginalidad, en una situación que cuesta entender si revisamos la riqueza global que existe en el mundo.
Por eso se vuelve necesario evangelizar con la perspectiva de la acción del pueblo cristiano en su conjunto, de los pastores y los fieles laicos, con una mixtura entre la convicción de las propias creencias y el interés y comprensión hacia los que no tienen fe o viven otra experiencia religiosa. Se trata de buscar el pleno desarrollo de todo el hombre y todos los hombres, como se ha dicho en diversas ocasiones.
En la renovada revisión de la Doctrina Social de la Iglesia el Papa enfatiza temas como la inclusión de los pobres, la necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza, el valor de la ética en la vida social, la importancia del bien común y la paz civil, así como la relevancia en el diálogo social. También recuerda la importancia de “la defensa de la vida por nacer”, que “está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano”.
La exhortación está llena de citas relevantes y frases que requieren una segunda revisión y una adecuada comprensión, especialmente en lo que se refiere a los desafíos del mundo actual. Entre ellas, ha causado especial interés en los medios de prensa una afirmación categórica que expresa: “Hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad” (referido a modelos donde no hay trabajo ni horizonte ni salida), a lo que se agrega que “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia”, donde muchos excluidos no solo no tienen espacio, sino que tampoco hay preocupación por ellos. De esta manera “la inequidad cada vez más patente”, “una profunda crisis antropológica” y el “fetichismo del dinero”, son expresiones elocuentes de los aspectos negativos del mundo actual.
El problema crucial, como en todas las afirmaciones de un Sumo Pontífice, no radica en aspectos puntuales, ni tampoco cuenta con soluciones específicas para cada tema, como se encarga de precisar. Lo que procura es restaurar ciertos elementos centrales de la civilización, partiendo por la primacía de la persona humana, para continuar con el cuidado y promoción del bien común de la sociedad, el principio de subsidiariedad y la solidaridad como actitud permanente. Lo crucial es comprender que la economía es un medio, un aspecto del desarrollo y no un fin en sí mismo.
La idea de que el crecimiento económico es necesario para el progreso de los pueblos hoy es un axioma que prácticamente no encuentra adversarios. Sin embargo, en los hechos, siempre hay personas que se van quedando rezagados en el camino. Por otro lado, el acceso a las oportunidades en las más diversas áreas ha producido en muchos lugares un consumismo “desenfrenado”, un deseo de tener más, donde nuevamente un grupo amplio queda al margen de esos bienes, en una situación de inequidad.
¿Qué hacer para desarrollar un modelo a escala humana y mejor para todos?
Aunque la Exhortación Apostólica no da soluciones concretas, una lectura atenta sí permite mirar el tema en su conjunto. En primer lugar, se trata de un problema de foco de atención: en la sociedad y el progreso, lo más relevante no es el dinero y el consumo, sino las personas y su desarrollo humano. La comprensión de este solo aspecto permitirá enfrentar las dificultades con mayor convicción y posibilidades de éxito. Si el sistema económico mundial crea riquezas y expande posibilidades, siempre hay que tener en cuenta también a los que se van quedando a la deriva de la historia, no sólo por lo que significa para su desarrollo espiritual y material, sino también porque la pervivencia de inequidades y exclusiones podrían provocar violencias contrarias al progreso de los pueblos.
En eso tanto los particulares como las instituciones sociales y el Estado deben desempeñar sus respectivas tareas para promover un sistema de desarrollo político y económico que beneficie a todos, en lo cual el Papa recuerda que “la Iglesia no tiene soluciones para todas las cuestiones particulares”, pero sí puede y debe señalar principios, criterios y fines que deben considerarse a la hora de pensar en el hombre y su mayor desarrollo.
En las sociedades democráticas contemporáneas hay dos aspectos cruciales a tener en cuenta en cuanto a las relaciones de la Iglesia con el Estado. La primera -ya bastante asumida- es que existe separación entre ambas instituciones y que la Iglesia (los católicos) no pueden imponer su visión al resto de la sociedad. La segunda -poco comprendida a medida que avanza el laicismo e incluso la discriminación anti católica- es el derecho que asiste a la Iglesia como institución y a los fieles como ciudadanos para plantear, promover y defender su visión sobre la mejor forma de organización social, determinadas normas económicas o la legislación que promueve el Estado sobre la persona, la familia o los derechos humanos.
Lo que recuerda el Papa en su Exhortación es que la experiencia cristiana es encontrar y amar a Cristo y que la evangelización se funda precisamente en ese amor a Cristo. Pero sabe que también debe recordar la necesidad de que todas las personas vivan mejor en este mundo.
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