Juan José Solozábal | Martes 24 de diciembre de 2013
Hago aquí en el café del Hotel De la Rose, enfrente de la catedral, un poco de tiempo hasta que sea la hora de ir a la Universidad. He venido para intervenir en la lectura de una tesis doctoral de la que ya he hablado a los lectores de este Cuaderno, escrita por una joven profesora. Llegué ayer a Suiza. Tenemos un poco más de frío que en Madrid, y nos acompaña una niebla que envuelve en la irrealidad a la apacible ciudad de Friburgo. Pienso inmediatamente en don José Miguel de Azaola que residió unos años en la plaza: su aprecio por el autogobierno, lo que el llamaba la democracia de proximidad o de detalle, tenía que ver con sus lecturas, algo idealizadas, de los expositores forales vascos, de Larramendi a los hermanos Echegaray, pero, sin duda, se fortaleció por la experiencia, sobre el terreno, del federalismo suizo. A menudo, como me ocurre hoy a mí, sentiría su ánimo conturbado, comparando los problemas nunca resueltos del todo de nuestro sistema político y la democracia asentada de esta tierra feliz a la que he venido a pasar unos días. Nos hemos trasladado desde Basilea hasta Friburgo en tren : las estaciones de ferrocarril, son como el país, bulliciosas y ordenadas (hay gente pero sin aglomeraciones ni griterío) y el servicio funciona perfectamente. No hay asomo alguno de la crisis: nadie se ha cercado a nosotros solicitando ayuda, ni hemos visto a alguien desamparado, expuesto públicamente. Nos llama la atención que las iglesias están abiertas todo el día: no se piensa que puedan ser ocupadas o mucho menos utilizadas impropiamente o que requieran de ningún tipo de vigilancia.
Creo que en buena medida esta ausencia de problemas graves, en medio de Francia y Alemania, dos países que no han resuelto históricamente siempre bien su convivencia, y que soportan malamente la carga de sus responsabilidades nacionales, explica la disposición suiza a interesarse por los problemas del mundo, actuando como instancia de mediación en muchas situaciones comprometidas. En el terreno académico por ejemplo en Friburgo tenía su sede un Instituto de federalismo, dirigido con todo acierto por el profesor Fleiner, que estableció una red de contactos entre diversos profesores de otras tantas universidades: podíamos reunirnos en coloquios o cursos en torno a algún problema especial, como la cuestión lingüística, la cooperación o la fiscalidad; pero lo interesante es que, a través del Instituto, se fortalecían, a nivel europeo, unos lazos de conocimiento y afecto que acercaban a los profesores de diferente procedencia, formación y orientación intelectual. Es marcado, en este orden de cosas, el particular cultivo en la universidad suiza de los estudios de derecho comparado. Hace años codirigí una tesis sobre el derecho a la libertad de expresión que llevó a cabo un joven doctorando, Pierre Heuer, dedicado después a la causa de la cooperación internacional, un muchacho estupendo que escribía también cuentos infantiles; y en esta ocasión de lo que se trataba era de contrastar como ejemplos de federalismo, las experiencias de Suiza y España. La excelente tesis de Loranne Merillat, cuya publicación en español resulta obligada, es un ejemplo de la capacidad del federalismo, se le considere una forma de gobierno o un modo de entender la política, de compatibilizar el pluralismo territorial con algún tipo de unidad política. Suiza y España son ejemplos de lo que podríamos llamar federalismo identitario, pues en estos países la descentralización no es solo un sistema de democracia territorial sino un modo de acomodar las demandas políticas de las diversas nacionalidades, entendiendo por tales determinadas comunidades culturales con un fuerte sentimiento de identidad.
El federalismo es un sistema de articulación de la convivencia que, como se sabe, depende muy estrechamente del derecho: en el fondo supone una renuncia de las naciones a la autodeterminación a cambio de la seguridad jurídica de su autogobierno y su participación en el Estado común. Ello explica también la dedicación desde siempre de los suizos al derecho constitucional. Un texto capital que explicó la condición normativa de la constitución, como verdadera ley y además la primera del sistema jurídico, se debió precisamente a un suizo, por cierto leído con todo provecho en su momento por el maestro García Pelayo. Me refiero al trabajo de Werner Kägi, titulado La Constitución como ordenación jurídica fundamental del Estado (1945)
Cumplido afortunadamente el trámite académico en la facultad, queda un poco de tiempo para visitar un día, además de los templos amurallados y los museos de Friburgo -extraordinario el descubrimiento de las tablas de Fries, un pintor de comienzos del siglo XVI que refleja con todo detalle en sus motivos religiosos la prosperidad burguesa de la ciudad- ; y, a la jornada siguiente, Zurich con el frío gótico de sus iglesias deshabitadas, a pesar de la gente, aunque sorprendemos un ensayo de Bach en el templo de San Pedro. Cuando correteo por Zurich, que me recuerda tanto a Biarritz, me topo en una bella plazuela del centro viejo con la casa donde vivió Lenin, según consta en una placa de la fachada Spiegelgasse, 14: ”Aquí vivió de febrero de 1916 a abril de 1917 el líder de la revolución rusa”. ¿Qué hizo Lenin en Suiza? Parece que no se impregnó de las virtudes de su democracia. Tal vez le pasase lo que le ocurrió en su estancia en Londres, durante la cual no trabó conocimiento con nadie, salvo la persona con la que intercambiaba clases de inglés.