Opinión

De las blasfemias y otros exabruptos

Francisco Delgado-Iribarren | Martes 24 de diciembre de 2013
Advierto al bienvenido lector de que estas líneas tendrán un cierto contenido escatológico. A más a más, como diría Mas, escatológico en los dos sentidos del término: por un lado, relativo a las postrimerías de ultratumba; por el otro, referente a los excrementos y suciedades (DRAE, 1984). Avisados quedan, luego no me regañen en Twitter y si lo hacen, háganlo con tranquilidad y buenos argumentos, si no es mucho pedir.

Uno no tiene –legalmente- por qué confesarlo pero tampoco tiene –legalmente- por qué no confesarlo: resulta que uno es creyente. Mi credo empieza así: Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra… Muchos de ustedes se lo sabrán. Es el credo católico, que no debería sonar –¡todavía!- muy extraño en esta tierra de España, donde más de un setenta por ciento de la población se declara eso: católica.
Vaya por delante mi más sincero respeto a la libertad religiosa de cada persona. Como prueba de este respeto, permítanme lanzar este alegre grito: ¡viva la libertad religiosa! Lo que ahora me propongo en estas breves y torponas líneas es reflexionar sobre un determinado uso del lenguaje que mezcla los dos significados del término escatológico. Servidor, que además de ser creyente no deja de observar y escuchar a la sociedad, lo ha padecido en sus propios oídos a lo largo de este último año.

Me refiero, claro está, a las blasfemias y otros exabruptos antirreligiosos. Un fenómeno este que no es nuevo ni se quedará, seguramente, nunca viejo. Asumo que hasta el último día del fin de los tiempos haya por ahí alguien blasfemando, así como asumo que hasta ese mismo día haya alguien sentado ante las teclas de un ordenador para expresar su parecer al respecto. Cada uno hace lo que le sale del alma o lo que cree que le conviene más.

Tengo mis dudas acerca de si todas las blasfemias llegan a ofender a su destinatario. Ya se sabe: no ofende quien quiere, sino quien puede, y el insulto no deshonra a quien lo recibe sino a quien lo infiere. Es pensable que Dios, en su infinita comprensión, pase por alto mucha de las burradas que a diario se sueltan por esos mundos suyos. Que los perdone de antemano porque no saben lo que dicen. De hecho, uno es testigo de que alicatados (mejor que aquilatados) blasfemadores ni siquiera conocen, a poco que escarbas, la palabra blasfemia.

Además de para defender a quien sin duda lo merece –ser más grande implica tener más frentes abiertos-, redacto estas líneas porque creo que las blasfemias atentan gravemente contra la pacífica convivencia. Pues no solo ofenden a quien van dirigidas sino, en muchos casos, a alguien que pasaba por ahí. Ese alguien cuya conciencia el vituperador no conoce del todo -o ni tan siquiera en parte- y que se dedica a hacer lo mejor que puede su vida.

Recurramos al juego de los espejos para ilustrar el efecto nocivo de las blasfemias. Yo, por ejemplo, no profeso simpatía por el Diablo –a diferencia de los Rolling Stones-, pero no por ello tengo por muletilla: “¡Me cisco en el Diablo!” Yo pienso, como el Papa, que el marxismo es una ideología errónea, pero eso no me impulsa a exclamar en público: “¡Me cisco en Marx!” Máxime cuando no sé si quienes se encuentran a mi lado le tienen en alta estima. Lo consideraría una falta de educación hacia ellos, hacia sus ideas e incluso sus creencias.

Tampoco soy del Barça y no por ello denigro hasta la náusea la figura de Sandro Rosell, su presidente. Ni –evidentemente- soy budista, y no por ello me burlo a todas horas del personaje de Buda. Quienes no pertenecen a la Iglesia Católica o no comulgan en ella podrían aplicarse parecida pauta de comportamiento: si lo desean, criticar concreta, razonada y educadamente; y, después, callarse y respetar. La convivencia y la democracia saldrían ganando.