Opinión

Otra historia de Navidad

Pepa Echanove | Martes 24 de diciembre de 2013
La otra historia de la Navidad podría ser la de una pareja de emigrantes sin papeles (o de deshauciados), que responden a las siglas J. y M. Aquella noche no encontraron otro sitio donde refugiarse que un frío portal semiabandonado en una calle fácilmete geolocalizable si supiéramos cómo se llama. Ella estaba en la recta final de su embarazo, pero sus datos no figuraban en el fichero informático de los contribuyentes residentes debidamente censados y que tienen acceso a la sanidad pública, por lo que su situación era bastante precaria. El bajo salario de J., ebanista autónomo de profesión desde que lo echaran por razones supuestamente económicas de una empresa cuyo director general ostenta puerto de atraque en Saint Barth, no le alcanzaba para acudir a ningún hospital. Sin la autorización pertinente de las autoridades competentes se encontraban, por lo tanto, con todas las puertas cerradas. Allí mismo, en el soportal de un edificio fantasma en la periferia de una ciudad abortada por la burbuja inmobiliaria, en medio de la noche, M. se puso de parto y dio a luz a su hijo a oscuras, porque la municipalidad tampoco tenía con qué pagar los recibos del alumbrado urbano. No tuvo tiempo de pensar si lo criaría o no con apego, si le daría el pecho hasta los seis o hasta los veintiséis meses, si utilizaría los servicios de la guardería o los de una canguro a domicilio, si decoraría su cuarto con peces de colores brillantes o con ositos pardos, o si lo pondría a aprender chino-mandarín a los tres o a los cinco años. Durante los meses de gestación J. y M. habían estado intentando labrarse un porvenir digno por aquí y por allá, lejos de sus respectivas familias y del hostil entorno que les vio crecer. No poseían vivienda ni coche en propiedad ni en alquiler, no tenían dinero ni trabajo. La tarjeta de prepago de su móvil apuraba los últimos céntimos. Este año no habría mensajes ni felicitaciones a distancia por Navidad. ‘Juntos estaremos bien, tenemos que seguir adelante’, se decían mutuamente para mantener el ánimo. Los sollozos del recién nacido alertaron a un grupo de transeúntes que regresaba de festejar alegremente la Nochebuena. Venciendo su temor inicial, se acercaron a la pareja de okupas y les ofrecieron algo de comer y unas mantas. Después llegó también una patrulla de voluntarios y enfermeros de guardia que atendieron a M. y comprobaron que el niño estaba sano. ‘Le pondremos de nombre Jesús’, dijo M. Y se quedó dormida con la criatura en su regazo, sonãndo en el día en que su niño pudiera mirar a los demás a los ojos y no tuviera ya que esconderse, huir, saltar vallas ni sentir miedo. J. se tumbó a su lado y aunque apenas creía ya en nada ni en nadie, deseó con todas sus fuerzas y su amor de padre que su hijo creciera en libertad y que llegara incluso a ser, como aquel forastero en Nazaret, un hombre de bien.