Opinión

20 años del TLCAN: ¿un esquema agotado?

Marcos Marín Amezcua | Viernes 27 de diciembre de 2013
El 1 de enero de 2014 llegamos a los 20 años de vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN/NAFTA). Abundan en la red textos que ensalzan y enaltecen sus bondades. Yo prefiero ser mucho más cauto, porque dos décadas transcurridas sí que permiten valorar con claridad dónde estamos parados en América del Norte, en materia de libre comercio. Es que a veces 20 años sí son muchos y suficientes. Es el caso.

Quedarnos en el libre comercio sin cuantificar otra cosa, solo refrendaría la limitada y corta visión de sus negociadores de dos decenios atrás, y eludiría hablar de violencia fronteriza, migración, narcotráfico, prácticas desleales en el mercado y el empresariado inversor estadounidense y la impedida movilidad libre de personas, por citar algunos de los muchos temas que hacen de la región una zona todavía muy asimétrica, desigual y no integrada; todo lo contrario de lo que los propagandistas del TLCAN dijeron entonces que se conseguiría con su sola firma y siguen sosteniéndolo ahora, como si no pasara ni hubiera pasado nada. Los destellos del TLCAN se quedan en eso y es mucho decir. Fuegos de artificio sin más.

Negociado a petición de México sobre el esquema ya existente entre Canadá y Estados Unidos a un plazo de desregulación por 15 años, plenitud alcanzada en 2009, el TLCAN pasaría de manera gradual a regular las economías complementarias de la zona y a ser el eje de la relación económica entre los tres países, nos dijeron, en los que siempre hubo detractores, fueran o no políticos y se nos aseguró que solo habría beneficios. Al final, los beneficios han llegado a cuentagotas y a México le ha cerrado oportunidades en otras latitudes, limitando la de por sí precaria diversificación comercial de México, incluida la sudamericana, por mucho que aquella región tampoco diera muestras de ofrecerlas o tardara tanto en integrarse, porque… eso se olvida decirlo cuando en Sudamérica se le reprocha a México alinearse al mercado norteamericano. Ya no le digo que a los funcionarios de entonces como a los subsecuentes, solo les pasa por la cabeza seguir anclados a la economía estadounidense. Craso error. Cosas de encandilarse.

Si nos atuviéramos solo a las cifras enaltecedoras de su aplicación, el TLCAN ha provocado –según fuentes especializadas en el comercio entre los tres países signatarios– que se tripliquen los montos comercializados, quintuplicando las exportaciones de México. Mas no corramos prisa en lanzar cohetones de alegría. No nos engañemos, el TLCAN es una herramienta estrictamente comercial, no un detonador para el desarrollo. No todos exportan. Y los exportadores siguen siendo una minoría. Que haya más exportaciones no quiere decir ni nunca quiso decir que todos los empresarios mexicanos accederían a esa posibilidad. Gran parte de la industria mexicana se quedó rezagada y no tiene visos de mejorar y enfrenta la competencia de las otras dos, la canadiense y la estadounidense. Ya no digamos de la china.

Eso sí, el TLCAN sirvió para derribar abusos de Estados Unidos. ¿Abusos de Estados Unidos? ¿eso existe? Sí, mire usted. Aquellos con que frenaban el ingreso a su mercado de nuestros mejores productos sin sustento legal válido, impidiendo a conveniencia el libre comercio y masacrando la competencia abierta con su proteccionismo; justo lo que Estados Unidos exige a otros evitar, obligándole ahora a impedirse prácticas malsanas nada concordantes con el capitalismo que dice representar y practicar. Ese es el beneficio que le veo al TLCAN. No da para mucho más.

No podemos olvidar que aunque se sostiene que México es el gran beneficiado, se omite cuantificar beneficios para otros, como los que dejan los bajos salarios pagados en ese país (es una ganancia nada menor, que deberían de sumarla los que se dicen no beneficiados y no les conviene reconocer ciertas prácticas) y no se omita precisar que no somos el principal receptor de las inversiones estadounidenses en el mundo. Otras regiones sin un instrumento similar ni frontera terrestre con Estados Unidos, se benefician más de ellas. Téngase presente que muchas de esas inversiones estadounidenses traducidas en compra de empresas locales o en apertura de cadenas, apelan a los ínfimos salarios y a ningunear prestaciones de ley al invertir en México, queriendo leyes laborales que les abaraten el despido. Ahora hágalo ver a quien le encandila todo lo estadounidense solo por serlo. Tarea harto complicadita. Solo resta insistir en lo cierto: que el TLCAN no ha sido ni es la panacea prometida.

El tema ambiental es en sí mismo, un tema. Canadá contamina con sus inversiones mineras en México, de una forma que hay que ver. Y paga sueldos de hambre. Y ¿qué no ha sido el TLCAN? Como el TLCAN no pensaba ser ni fue un motor que impulsara el desarrollo nacional, el campo –explotado por décadas por caciques adscritos al PRI, el partido en el gobierno y firmante del tratado– ha sido poco beneficiado en su aplicación. Por el contrario, los transgénicos lo amenazan.

Así, dos décadas sucedidas parecen adecuadas para mirar al TLCAN sin estereotipos, sin mitificaciones irresponsables en un sentido u otro, con realismo, que la realidad se ha encargado de poner en el terrero del embuste a quienes en México lo vendieron como lo que aún no acaba de ser: un instrumento que pusiera bienes y oportunidades al alcance de todos y garantizara de forma equitativa el crecimiento de todos sus firmantes. Pasaron 20 años. ¿Cuántos más necesitaremos?

La disparidad económica regional prevaleciente, el uso de la palabra “canadiense” un poco de membrete en nuestras expectativas, sin convergencia de desarrollo ni equiparación económica, sin una ejecución más benéfica del TLCAN a despecho de sus corifeos, que en México canturreaban esas posibilidades, encandilados con su firma y puesta en marcha, merece una exhaustiva revisión que no partirá del actual gobierno mexicano. Sería mucho pedir. El TLCAN lejos ha estado de parecerse o estar a la altura de un tratado de Roma, ya no se diga de un Maastricht. Ni el TLCAN pone en igualdad de condiciones a América del Norte y a Europa y está sumamente lejos de buscarlo.

Así, trascurridos veinte años desde que iniciara su aplicación, el TLCAN no parece haber rendido todos los frutos prometidos. Al menos en México queda la sensación en amplios sectores, de que no los trajo. Hace dos décadas que se firmó. Entonces salíamos de los escombros del derrumbe comunista, el capitalismo vivía una crisis (otra) y México apostaba a esa fórmula para legitimar al PRI de Carlos Salinas de Gortari. Hoy China es la segunda economía mundial y pinta para ser la primera más pronto que tarde, Estados Unidos permanece en una crisis que no conviene a México y el PRI de Peña Nieto solo apuesta a cambiar nada y a seguir apuntalando a México hacia un mercado único: Estados Unidos. Acaso el libre comercio tiene hoy nuevos escenarios. Sería pertinente plantearse otras fórmulas de comercio en otros esquemas y sería conveniente plantearse nuevas expectativas que no sean solo mirar al norte como lo viene planteando este gobierno. Del TLCAN yo sigo teniendo muchas dudas sobre su utilidad y su eficacia, probadas muy a medias.

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