Opinión

Cristina Fernández, hacer de la necesidad virtud

Sábado 28 de diciembre de 2013
Todo indica que la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, despedirá el 2013 con un nuevo revés político como consecuencia, otra vez, de su estilo de gobernar. Tras los augurios de las elecciones PASO, vino el descalabro electoral de las legislativas del mes de noviembre cuyos resultados cortaban de raíz cualquier maniobra para reformar la Constitución y permitirse a sí misma volver a presentarse a las presidenciales de 2015. Todos los sondeos demoscópicos predecían este desenlace, lo que incrementó aún más la tensión de una campaña electoral que agravó los problemas cardiovasculares de la presidenta, hasta el punto de verse obligada a abandonar la actividad política, ser intervenida quirúrgicamente y retirarse en un largo periodo de convalecencia, en una serie de episodios que nunca han sido aclarados ante la opinión pública, envueltos en la característica falta de trasparencia de su modo de gobierno.

Su retorno ha estado marcado por un cambio de imagen, de apariencia menos prepotente y actitudes más sonrientes, que la realidad erosiona cada día que pasa. Las celebraciones para el aniversario de la vuelta a la democracia se diseñaron con el fin de catapultar ese nuevo perfil público, dañado irremediablemente por los saqueos y homicidios que se extendían por todo el país. Mientras Cristina Fernández bailaba y tocaba el tambor a través de las cámaras televisivas, miles de ciudadanos se atrincheraban en sus comercios o casas, y no pocos cadáveres de los disturbios aguardaban recibir sepultura. Cristina Fernández desoyó todos los avisos que le aconsejaban posponer el festejo o darle otro cariz. El resultado ha sido que su respaldo popular ha caído del 42 % hasta el 14 % que hoy tiene. Una campaña de imagen espectacularmente fracasada porque los diseños de marketing no pueden ocultar la ausencia del Estado y la indiferencia de la presidenta ante la tragedia que se expandía por toda la geografía nacional. Ahora mismo otra contrariedad tiene en vilo al país. En un agobiante verano austral, el suministro de energía eléctrica se corta por falta de infraestructuras y mantiene en una crispación permanente a la ciudadanía, dando lugar a rescates de vecinos en edificios altos o cortes de autopistas como medio de protesta popular. Una segunda explosión social es posible.

En este contexto, Cristina Fernández se ha apresurado a manifestar públicamente que no será candidata a nada en el 2015. A esto se llama, en expresión popular, hacer de la necesidad virtud. No puede legalmente presentarse a la reelección, y hacerlo –como algunos kirchneristas le acaban de solicitar- como diputada nacional o gobernadora de Buenos Aires, además de bajar de rango, habría incrementado todavía más el rechazo a su figura política, cuyos obstinados errores han conducido a la situación actual. Durante su convalecencia se filtró que su sueño era reeditar la operación de Michelle Bachelet en Chile: abandonar la presidencia en olor de multitudes, y regresar en un tercer mandato no consecutivo. Pero ni el balance de Cristina Fernández es el de Bachelet, ni la fortuna personal acumulada escapará eternamente a la investigación de la justicia, ni el orden político argentino facilitará una acción de esta índole. Las soterradas maniobras del peronismo desembocarán en un líder para el 2015 que difícilmente deje el menor resquicio a la resurrección política de una peronista que ha gobernado de una manera tan arbitraria y arrogante.

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