Opinión

El hombre pesadilla

Germán Ubillos | Sábado 28 de diciembre de 2013
Cuando nos despertamos por la mañana con la mente limpia y tambaleándonos entramos en el desordenado salón de la casa lleno de libros, de apuntes, el piano, el tresillo, la mesa de trabajo, la librería llena de volúmenes algunos apilados sobre los otros, la cristalera velada por unas cortinas visillos a través de los cuales atraviesa la luz pálida del principio del día, la mirada sin desperezarse aún cae sobre la portada de un diario, en ella un hombre con gafas, la boca entreabierta, los dientes afilados, el mentón cuadrado, la chaqueta abierta, la corbata cayendo y las manos que avanzan hacia nosotros entreabiertas, los dedos estirados, rígidos, los ojos penetrantes que pueden ser los de un loco o un psicópata o sencillamente los de una persona con una ambición tan desatada que nada es capaz de frenarla. Esa mirada sale de lo más profundo de su corazón y es el mal.

El hombre voluntarioso dispuesto a dar rienda suelta a las pasiones que emergen de su yo más profundo, dispuesto a pasar por encima de todo y de todos.

Sí, es la imagen del mal que nos acecha y es una pesadilla.

Porque para el Diccionario de la Lengua Española es como una opresión del corazón y una dificultad para respirar durante el sueño y desearíamos no haber despertado porque lo que vemos es un ensueño angustioso y tenaz, y supone una preocupación grave y continua.

Eso es la cara, las manos, los ojos, la boca entreabierta de Arthur Mas que me mira, que nos mira. O sea: la pesadilla.

Algo que ha salido de la nada y que amenaza con desmembrar la casa en la que siempre he vivido, mi casa. Que inquieta a mis ciudadanos, a mis paisanos, a mis hermanos, dispuesto a hacer el mal, a prepararlo, a planearlo, a anunciarlo y a ejecutarlo sin que nadie pueda defenderme de él, de esa imagen, de esa sombra.

Viene por unos momentos a mi mente Nikita Khrushchev y sus misiles, y John Kennedy parapetado en su butaca del Despacho Oval, y la mirada de Hitler, la Wehrmach y la invasión anfibia y la producción masiva de aeronaves encaminada a “aterrorizar a la población” para lograr así una rendición o un armisticio con una teatralidad magnánima, sin derramar una gota de sangre.

Creía, iluso de mí, que la guerra fría había terminado, que ya no tendría que dormir pensando que a lo mejor no despertaba nunca. Que octubre de 1962 había ya pasado, que julio de 1940 había sido superado, que podía dormir o dormitar de forma relajada. Pero no es así, porque ese hombre me mira y sus manos entreabiertas son garras y la expresión de su boca es muy terrible y va a terminar con todos, conmigo y con España.

Quiero volver a mi cama y olvidar, pensar, sentir que todo ha terminado, que esa imagen amenazante era solo un mal sueño.

Pero no es así, esa persona, ese ser angustioso y tenaz, esa preocupación grave y continua, eso que me oprime el corazón y dificulta mi respiración no es una pesadilla porque ahora estoy despierto, ya no sueño y sin embargo echo de menos la sombra amiga de John Kennedy y la de Winston Churchill, alguien que me defienda.

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