Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 28 de diciembre de 2013
Se llamaban Abdeslam Ahmed Ali, “Pisly” y Amin Mohamed Dris. Tenían 24 y 20 años respectivamente y eran españoles, de Melilla para más señas. El pasado 27 de octubre Pisly se hizo una foto mientras navegaba en una zodiac a la altura de Punta Negri, a unos 100 kilómetros de Melilla, en aguas marroquíes. Esa misma tarde, a él y a su amigo Amin, los mató la Marina Real de Marruecos. Como Ignacio Cembrero ha informado sobre los detalles de su muerte, yo me limitaré a recordar que la información publicada sobre su autopsia confirma las sospechas de que fueron golpeados y después ejecutados con disparos a bocajarro. El presidente de la Ciudad, Juan José Imbroda, calificó los hechos de “brutal asesinato” y la Asamblea guardó un minuto de silencio al inicio de una de sus sesiones. Dos meses después, las familias de Pisly y Amin siguen esperando el resultado de las gestiones que el Gobierno –a través del Ministerio de Asuntos Exteriores- se comprometió a hacer ante las autoridades marroquíes a fin de esclarecer las circunstancias de la muerte. Como no ha habido avances, las familias de los jóvenes organizaron una manifestación para pedir justicia. Solo acudieron representantes de los partidos políticos de la oposición y de diversas asociaciones.
Los intentos para desactivar la manifestación son un retrato de las miserias de la política local y de la gravísima falta de altura política que padece la Ciudad. Con 85.000 habitantes y una economía dependiente por completo del poder político, hubo quien sintió miedo de significarse acudiendo a una concentración que no contaba con el beneplácito del Presidente, que –al principio- se negó a acudir por un desacuerdo con el lema. Cuando las familias le ofrecieron que él mismo lo redactase, Imbroda denunció que la manifestación estaba orquestada políticamente. Del apoyo y la denuncia del asesinato había pasado a la conveniencia política. Podría haberse comportado como un Presidente de todos los melillenses pero fracasó. En fin, una pena.
La pena es aún mayor cuando uno escucha los rumores y las insinuaciones que comenzaron a correr por la ciudad. Es fácil difamar a los muertos y distraer así la atención de lo que importa, es decir, que a dos españoles los mató la Marina Real Marroquí en circunstancias sin esclarecer. En un Estado de Derecho, esto debería bastar para que el Estado desplegase todos sus recursos a la hora de garantizar que se hiciese justicia y se conociese la verdad. Por cosas así, se presentan quejas formales, se toman medidas diplomáticas, se llama a Embajadores... Es decir, por cosas así los Estados reaccionan. Imaginen que esto hubiese ocurrido con dos estadounidenses, dos británicos o dos franceses.
La ciudadanía es un vínculo jurídico entre una persona y un Estado. Hay Estados que se toman en serio a sí mismos y Estados que se traicionan constantemente. En asuntos como el de estos jóvenes –Pisly y Amir- España se juega mucho más que esclarecer las circunstancias de la muerte de dos ciudadanos, aunque eso ya es muchísimo. Se trata de ver qué les cabe esperar a las familias de dos españoles llamados Abdeslam Ahmed Ali y Amin Mohamed Dris cuando necesitan la protección de un Estado del que son nacionales. Es irrelevante si tenían o no otra nacionalidad o lo que estuviesen haciendo en las aguas de Punta Negri. Esto trata de la importancia que tiene ser ciudadano español y del valor que el nombre de España tiene cuando se trata de proteger a sus nacionales. Ellos no tenían la nacionalidad española de forma nominal sino efectiva. Vivían en España, estaban integrados en ella y eran ciudadanos de pleno derecho. Ellos y sus familias merecen algo mejor que el silencio, la evasiva y el abandono institucional por parte de las autoridades de su ciudad y su país.
Hoy esta columna, la última de 2013, pide justicia para Abdeslam Ahmed Ali, “Pisly”, y Amin Mohamed Dris.
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