Santiago López Castillo | Domingo 29 de diciembre de 2013
Tengo la suerte, como diapasón de lo que sufren los animales, de que me adviertan quienes me conocen de las gestas bellísimas de nuestros mejores amigos. La última tuvo por escenario el metro de Nueva York. Un ciego cayó a la vía y en esas que venía el tren. Su perro-guía, un labrador también de color como su dueño, negro, se arrojó a salvarle mediante ladridos y lametones. Fueron momentos terribles, de angustia, con la saliva apretando la garganta cual feroz serpiente. “Orlando”, nombre de este maravilloso can (para mí lo son todos ), consiguió que su amigo e inseparable compañero accediera a llevarle unos centímetros más allá de los raíles. Los suficientes para salvar la vida del otro, y la del uno al otro.
El sujeto paciente, que no protagonista, que lo fue el labrador, respondía por Cecil Williams, de 60 años, y el hecho sucedió en la línea A de Manhattan cuando se disponía a coger el metro para acudir al trabajo. Ello me retrotrae (y habrá miles y hasta millones de casos orlados en heroicidad) a aquel otro labrador, éste blanco, que bajó a su amo, para entendernos (prefiero el vocablo amigo o compañero), desde la planta 113 con motivo de los atentados en las Torres Gemelas. Lo oí vagamente en las crónicas sangrientas que llegaban desde Nueva York. Pero mi sensibilidad me hizo indagar y, sobre todo, cuando, al poco tiempo, puse en antena (TVE, 2) el programa “En Verde”, en defensa de la Naturaleza y los animales. Manos a la obra, animé a mi equipo de producción. El entonces corresponsal, un descorbatado que iba de progre y bon-vivant , o sea, retro-progre, de la familia de los Milá, ella cara de pasa, gran hermano, argumentó que él, o sea, Dios, no estaba para crónicas intrascendentes, jo, qué pelaje el del chaval que equiparó al PP con Herri Batasuna, y no pasó nada. Así se entiende. Dispuse de un equipo de free-lances, pues estaba dentro del presupuesto perteneciendo a los informativos de TVE. Yo quería la reconstrucción de los hechos. Al precio que fuera. Y saqué, como un cuento de Navidad, a “Solti”, nombre de músico, musical, igual que “Orlando” salvadores de la vida. Bajó a su amigo invidente, colombiano, por cierto, con sumo tiento y cuidado mientras el edificio se derrumbaba en llamas y todo era un crujir de hierros y gritos de terror, terrorista.
- “Solti” -concluyó a cámara- no sólo fue mis ojos, sino mi corazón y mi vida.
Era una crónica intrascendente. De modo que, a partir de entonces, el tal Lorenzo Milá se ganó el título que siempre propuso mi añorado Santiago Amón: “En España no cabe un tonto más”. Ni un gilipollas menos.
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1. “Mis perros, mi vida”. Ed. Devenir. Santiago López Castillo, 2012.