Juan José Laborda | Viernes 03 de enero de 2014
El concierto de Año Nuevo en Viena se ha convertido en un signo simbólico de Europa en todo el mundo. A finales de los años treinta del siglo pasado era un acontecimiento local, pero la televisión lo universalizó: los valses de los varios Strauss, la orquesta sinfónica de Viena conducida por famosos maestros directores, la sala dorada del imperial edificio de la “Musikverein”, las flores enviadas desde San Remo de Italia y su tono elegantemente humorístico llegan a más de 1.000 millones de televidentes, en todos los continentes de la Tierra.
Ese concierto vienés me ha parecido un microcosmos de Europa; el de este año lo ha sido en grado sumo. ¿Por qué? Primero, porque hace 100 años estalló la Primera Guerra Europea, cuando el Imperio Austro-Húngaro la declaró a Servia. Segundo, porque Viena y Austria son la expresión del empequeñecimiento que afectó a toda Europa a partir de esa Guerra. Y tercero, porque Daniel Barenboim dirigía el concierto: el que un judío argentino, que tiene la nacionalidad israelí a la vez que la nacionalidad palestina, y que también posee la nacionalidad española (¡y que por eso es ciudadano europeo!) cierra el círculo simbólico de ese destino europeo; destino que será digno si la Unión Europea sigue la estela de Daniel Barenboim, en otras palabras, buscando recrearse siendo algo más que un supermercado para viejos egoístas europeos.
Barenboim hizo sonar la pieza de Joseph Strauss (el otro hijo de Johann Strauss “padre”) llamada: “Las palmas de la paz”. Se compuso para celebrar el final de la guerra austro-prusiana(1866), pero la intención de Barenboim fue recordar el 100º aniversario de la guerra de 1914. Él es un pacifista congruente, que busca resolver los conflictos evitando la guerra, pues la guerra nunca acaba como imaginan -y predican- los que creen que la ganarán. Esa convicción le condujo a crear con Edward Said (1935-2003), un escritor y músico palestino, una orquesta de músicos palestinos e israelíes, iniciativa que fue reconocida con el premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 2002.
El concierto de Viena de 2014 significa no sólo el centenario de aquella guerra (con sus consecuencias destructivas para el Imperio Austro-Húngaro), sino la emergencia en Europa de los nacionalismos destructores de Estados, y su derivada política, la búsqueda de la homogeneidad social y del rechazo a todos los que no pertenecen a un patrón nacional, religioso, cultural y hasta racial. La destrucción de los ideales de la Europa ilustrada comenzó en 1914, y llegó hasta la Guerra de 1939 a 1945. Desde entonces, Europa intenta buscar su lugar en este mundo globalizado.
Para un judío como Barenboim esa etapa maligna de la historia europea significa mucho. Los judíos fueron acusados en Alemania y en Austria de la derrota de 1918. Importó poco que los judíos combatieran lealmente como alemanes y austriacos. Los distintos nacionalistas germanos urdieron la patraña de “la puñalada por la espalda” con gran éxito popular, y esa fue una de consignas con la que Hitler galvanizó a las masas de esos dos pueblos. A partir de ahí, tampoco importaron las aportaciones de los judíos europeos a la cultura europea. Albert Einstein y Stefan Zweig, escapados de la barbarie nazi en Estados Unidos y en Brasil, respectivamente, son dos signos de una destrucción masiva, que debilitó la cultura europea, especialmente, la gran cultura alemana.
Daniel Barenboim es especialmente sensible a ese debilitamiento. Su formación como músico se realizó básicamente en Alemania. Allí estudió con Wilhelm Furtwängler (1886-1954), uno de los mejores directores de orquesta contemporáneos, conocido por su inigualable grabación de “Tristán e Isolda” de Richard Wagner (1813-1883). De todos los grandes músicos germánicos durante el nazismo (con excepción de judíos como Otto Klemperer), Furtwängler fue el que menos colaboró con Hitler, comparado con el servilismo de maestros como Karl Böhm o Herbert von Karajan. Todos ellos han sido cultivadores de las obras de Richard Wagner, una música que no podía escucharse en Israel por haber sido utilizada por los nazis en los campos de exterminio (Wagner, además, fue un antisemita).
Sin embargo, Barenboim tuvo la valentía intelectual de interpretar a Wagner en Israel. Fue amenazado de muerte por extremistas israelíes, pero Barenboim siguió defendiendo la música de Wagner por su belleza y porque representó la aportación alemana a la renovación armónica de la música europea.
Cuando contemplé por televisión el concierto de Año Nuevo en Viena pensé en Europa. Conozco el europeísmo de los socialdemócratas y de los democristianos austriacos, y hace años colaboré mucho con las dos Cámaras parlamentarias de Austria. Me pregunté: ¿Habrá en las democracias de la Unión Europea la iniciativa suficiente para romper la rutina de lo políticamente correcto? Es necesario hacer con la política europea lo mismo que hizo Barenboim con la gran música europea: ¡sapere aude! ¡atrévete a saber! (Con el permiso del ministro Wert esa frase es de un filósofo llamado Immanuel Kant, que a su vez fue escrita por un escritor romano conocido como Horacio).
Si no cambiamos la resignación económica actual, Europa será, en el mejor de los casos, una especie de palacio dorado, donde los turistas del mundo acudirán para conocer de cerca un pasado que nos amputó el futuro.
TEMAS RELACIONADOS: