Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 04 de enero de 2014
Rusia viene librando desde hace años una lucha a brazo partido contra el terrorismo islamista y los rusos –una vez más- vienen pagando un altísimo precio en sangre para que los asesinos no ganen. Quien lea esta columna con cierta regularidad sabrá que siento una profunda admiración por el pueblo ruso, a quien tanto le debe Europa y que tanto sufrió en el siglo XX. Sin los más de veinte millones de muertos –algunos estudios llegan a los veintisiete- que puso sobre el tablero europeo la Unión Soviética, la historia de todos nosotros hubiese sido bien distinta. Naturalmente, hay muchas cosas que no me gustan de Rusia como tampoco les gustan a los propios rusos; pero me indigna el doble rasero con que a veces se juzga a un pueblo y a un país que se extiende desde las fronteras con la Unión Europea hasta China y Japón, abarca nueve husos horarios y tiene una extensión de diecisiete millones de kilómetros cuadrados. Por comparar, España tiene algo más de quinientos mil y la Unión Europea no llega a cuatro millones y medio.
Si en algo se hace evidente ese doble rasero, es en la cuestión del terrorismo. Desde hace meses, varios atentados terroristas tratan de dañar la imagen de Rusia y de frustrar la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno en la ciudad de Sochi. Los días 29 y 30 de diciembre, en Volgogrado, dos atentados terroristas suicidas dejaron el terrible saldo de 34 muertos y 86 heridos. Antes, el pasado mes de octubre, en otro atentado suicida en un autobús habían sido asesinadas otras ocho personas. El Presidente Putin ha dicho que "la atrocidad del delito cometido aquí en Volgogrado no necesita comentarios adicionales. No importa lo que motiva a los criminales, no hay justificación para el asesinato de civiles, especialmente mujeres y niños". Los principales Gobiernos del mundo –incluido el español- han remitido mensajes de condolencia. Por toda Rusia ha habido celebraciones y ceremonias de luto y dolor por las víctimas. He visto muchas veces imágenes similares en España.
Nada justifica el terrorismo. Nada legitima lo que hemos visto en Volgogrado y que, por desgracia, tan familiar nos resulta en Europa. Si uno comienza a condenar unas cosas y justificar otras, termina descubriendo que, en realidad, no está contra el terrorismo sino contra las malas justificaciones. Uno puede compartir o no todas las críticas contra Rusia, su política, sus políticos, su acción exterior pero el terrorismo nos impone la responsabilidad de mantener la claridad moral de distinguir entre las víctimas y los verdugos, entre los asesinos y los asesinados, entre los inocentes que mueren y los culpables que los matan. La distinción entre las víctimas y sus asesinos debería estar por encima de las diferencias políticas.
Por eso es tan triste ver que en España se llama “milicianos” o incluso “activistas” a quienes son simplemente terroristas. Alguien que se pone un cinturón de bombas y se hace estallar en un autobús o una estación repleta de gente es un asesino por mucho que quiera justificar su acción en una guerra de liberación, la resistencia contra la ocupación o cualquier otro pretexto. Alguien financia a los grupos terroristas, alguien los entrena, alguien los apoya y les suministra información. Unos agitan el árbol y otros recogen las nueces, ya saben. No hay nada romántico ni nada heroico en un terrorista ni en su actividad. No lo hay en España ni en Rusia.
España sabe bien –aunque a veces lo olvide o lo soslaye- el sacrificio que las víctimas del terrorismo han hecho durante años. En este tiempo, cuando los terroristas organizan reuniones con ruedas de prensa y abrazos emocionados, debemos mantener más que nunca la firmeza de quien tiene la razón y el Derecho de su lado. No hay nada que justifique el enaltecimiento de quienes han asesinado, herido, secuestrado… No hay heroísmo alguno en matar inocentes y esto vale lo mismo en Rusia que en España o en otros lugares. Quien justifica un atentado, de algún modo, mata de nuevo a sus víctimas porque legitima su muerte y la sume en el olvido. La indignación que siento cuando veo a los terroristas de ETA celebrar sus salidas de prisión es la misma que me invade cuando se habla de los “milicianos” que cometieron los atentados de Volgogrado.
En diciembre de 1941, mientras los nazis asediaban Leningrado, Dimitri Shostakovich componía su Séptima Sinfonía bajo los cañonazos. Cuando Karl Eliasberg tuvo que interpretarla con una orquesta desnutrida y famélica, dijo que jamás podrían tocarla. Sin embargo, la Séptima sonó y con ella se redimió de algún modo la condición humana, que es capaz de mantener la claridad y la razón frente a la locura y la brutalidad. Debemos aprender esta lección y distinguir entre la miseria y el heroísmo, entre la barbarie y la dignidad, entre los asesinos y sus víctimas.
Esta columna hoy pide memoria, dignidad y justicia para los muertos y los heridos de Volgogrado y para todas las víctimas del terrorismo.