El océano no les detuvo. Cargados de humedad, esos vientos irrumpieron en las costas europeas. En Francia, Alemania o Italia–es decir, en París, Berlín y Milán- el impacto fue briosísimo. Al llegar a la costa, encontraron borrascas locales que los reactivaron y les convirtieron en una tormenta perfecta. Las causas se forjaron un par de décadas atrás.
Tras la victoria sobre el totalitarismo fascista, se habían restablecido y expandido, trabajosamente, los contrafuertes que hacían más tolerable y civilizada la existencia: el estado del bienestar y las democracias pluralistas, la sociedad de consumo y los vacilantes pasos iniciales de la construcción europea. La primera opulencia y la expansión del mercado, cada vez más segmentado, dio origen a una cultura específica, asociada a la juventud, que se expresaba en el vestir y en la música, en la literatura y en un ritualizado consumo de estupefacientes y alucinógenos. En las aulas universitarias, democratizadas y masificadas, las experiencias, incluso las más banales, les hicieron adquirir conciencia de su singularidad y de su importancia.
Daniel Conh-Bendit en la fotografía
A esos jóvenes del 68 -con Daniel Conh-Bendit o Rudy Dutschke al frente de la insurrección- todos los beneficios alcanzados les parecían insuficientes, cuando no intrínsecamente inmorales. Las afrentas que Occidente inflingía al Tercer Mundo, de Argelia a Vietnam, por no citar a la Cuba castrista que resistía heroicamente al cerco del Imperio, les movían a la solidaridad. La visita del sha de Persia, Reza Palhevi, provocaba agresivas demostraciones públicas que acababan con víctimas.
Las minorías les parecían, a esos jóvenes iconoclastas, más dignas de atención que las mayorías; siempre que no se tratara, claro está, de las que certificaban el unanimismo maoísta en la China de la revolución cultural. Los padres, empezando por el presidente Charles de Gaulle y acabando por el que tenían en casa, se les figuraban fósiles represores e incapaces de dar respuesta a los retos del hoy.
Charles de Gaulle
La oleada revolucionaria se benefició de la mala conciencia de las elites europeas. La torpeza de señalar a Cohn-Bendit como un judío alemán dio lugar a un grito colectivo – ¡todos somos judíos alemanes!-, que glorió al personaje y se sumó a la larga nómina de eslóganes y graffiti que alumbraron aquellas jornadas primaverales. La delicadeza de la policía no la libró de los denuestos: ¡CRS igual a SS! En rigor, los muertos los pondrían los jóvenes que en agosto se enfrentarían, en Praga, a los tanques soviéticos o, meses después, los estudiantes mexicanos reunidos en la plaza de las Tres Culturas.
Los acontecimientos parisinos, típicamente franceses, se dieron a conocer al mundo de manera instantánea y se solventaron con agilidad gracias a la llamada de de Gaulle a la movilización patriótica y republicana, lato sensu. Como toda tempestad, la de mayo del 68 renovó los aires. Ni el comunismo ni el sindicalismo salieron bien parados. De nada les valió la tardía y acomplejada convocatoria de una huelga general que se les fue de las manos. Por el contrario, el feminismo, el ecologismo y el antimilitarismo, la antipsiquiatría y las renovaciones antiautoritarias en la escuela o en los recintos penitenciarios pasarían al primer plano.
Para bien y para mal. Lo peor sería, sin duda, que las esperanzas frustradas llevaron a jóvenes de éste y de otros continentes a abrir un ciclo de violencia terrorista persiguiendo una utopía desalmada. Sin resultados tangibles, a excepción del de las vidas segadas. La evolución de los usos y costumbres iba haciendo su camino. Y es que las revoluciones no anticipan el futuro; sencillamente, lo complican.
Ángel Duarte
Catedrático de Historia Contemporánea
Universitat de Girona