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Mayo del 68: la galerna

la guerra de vietnam, detonador de las protestas

Viernes 09 de mayo de 2008
El océano no les detuvo. Cargados de humedad, esos vientos irrumpieron en las costas europeas. En Francia, Alemania o Italia–es decir, en París, Berlín y Milán- el impacto fue briosísimo. Al llegar a la costa, encontraron borrascas locales que los reactivaron y les convirtieron en una tormenta perfecta. Las causas se forjaron un par de décadas atrás.

Tras la victoria sobre el totalitarismo fascista, se habían restablecido y expandido, trabajosamente, los contrafuertes que hacían más tolerable y civilizada la existencia: el estado del bienestar y las democracias pluralistas, la sociedad de consumo y los vacilantes pasos iniciales de la construcción europea. La primera opulencia y la expansión del mercado, cada vez más segmentado, dio origen a una cultura específica, asociada a la juventud, que se expresaba en el vestir y en la música, en la literatura y en un ritualizado consumo de estupefacientes y alucinógenos. En las aulas universitarias, democratizadas y masificadas, las experiencias, incluso las más banales, les hicieron adquirir conciencia de su singularidad y de su importancia.


Daniel Conh-Bendit en la fotografía

A esos jóvenes del 68 -con Daniel Conh-Bendit o Rudy Dutschke al frente de la insurrección- todos los beneficios alcanzados les parecían insuficientes, cuando no intrínsecamente inmorales. Las afrentas que Occidente inflingía al Tercer Mundo, de Argelia a Vietnam, por no citar a la Cuba castrista que resistía heroicamente al cerco del Imperio, les movían a la solidaridad. La visita del sha de Persia, Reza Palhevi, provocaba agresivas demostraciones públicas que acababan con víctimas.

Las minorías les parecían, a esos jóvenes iconoclastas, más dignas de atención que las mayorías; siempre que no se tratara, claro está, de las que certificaban el unanimismo maoísta en la China de la revolución cultural. Los padres, empezando por el presidente Charles de Gaulle y acabando por el que tenían en casa, se les figuraban fósiles represores e incapaces de dar respuesta a los retos del hoy.


Charles de Gaulle

La oleada revolucionaria se benefició de la mala conciencia de las elites europeas. La torpeza de señalar a Cohn-Bendit como un judío alemán dio lugar a un grito colectivo – ¡todos somos judíos alemanes!-, que glorió al personaje y se sumó a la larga nómina de eslóganes y graffiti que alumbraron aquellas jornadas primaverales. La delicadeza de la policía no la libró de los denuestos: ¡CRS igual a SS! En rigor, los muertos los pondrían los jóvenes que en agosto se enfrentarían, en Praga, a los tanques soviéticos o, meses después, los estudiantes mexicanos reunidos en la plaza de las Tres Culturas.


Los acontecimientos parisinos, típicamente franceses, se dieron a conocer al mundo de manera instantánea y se solventaron con agilidad gracias a la llamada de de Gaulle a la movilización patriótica y republicana, lato sensu. Como toda tempestad, la de mayo del 68 renovó los aires. Ni el comunismo ni el sindicalismo salieron bien parados. De nada les valió la tardía y acomplejada convocatoria de una huelga general que se les fue de las manos. Por el contrario, el feminismo, el ecologismo y el antimilitarismo, la antipsiquiatría y las renovaciones antiautoritarias en la escuela o en los recintos penitenciarios pasarían al primer plano.

Para bien y para mal. Lo peor sería, sin duda, que las esperanzas frustradas llevaron a jóvenes de éste y de otros continentes a abrir un ciclo de violencia terrorista persiguiendo una utopía desalmada. Sin resultados tangibles, a excepción del de las vidas segadas. La evolución de los usos y costumbres iba haciendo su camino. Y es que las revoluciones no anticipan el futuro; sencillamente, lo complican.

Ángel Duarte
Catedrático de Historia Contemporánea
Universitat de Girona