Luis de la Corte Ibáñez | Viernes 09 de mayo de 2008
La frase que da título a este artículo no es mía (¡qué más quisiera yo!) sino de un español genial a cuya brillante prosa he dedicado no pocas horas de estudio en otros tiempos y a la que procuro volver con cualquier excusa, interrumpiendo ocupaciones intelectuales bien distintas. En esta ocasión la excusa me la brinda la reciente fecha del 9 de mayo, sobre la que oportunamente avisara El Imparcial por dar cumplimiento a 125 años transcurridos desde otro 9 de mayo, el de 1883, día en que José Ortega y Gasset viera la luz en Madrid, piso tercero de la calle Alfonso XII, número 4.
En este nuevo periódico digital que edita un nieto de Ortega para hacer revivir la tradición del diario fundado por su abuelo, Eduardo Gasset y Artime, cuelga algunos artículos el profesor Javier Zamora Bonilla, padre de una excelente biografía del filósofo español a cuya lectura les animo encarecidamente. A través de sus paginas podrán conocer los extremos de una vida atravesada por dos pasiones irrenunciables: el cultivo del pensamiento y el amor a un país ingrato que es el nuestro y que todavía se llama España. ¿Incurro en tópico? Ciertamente, aunque esta vez el tópico no se equivoca. Y para demostrarlo les exhorto a releer también al propio Ortega, o a comenzar a leerlo si nunca lo hicieron y ¡con urgencia!.
A los estudiantes a los que procuro enseñar psicología social, pese a su escasísima curiosidad filosófica, les hago la misma recomendación cada año dirigiéndoles a dos libros que considero de una utilidad esencial: Ideas y creencias y El hombre y la gente; y si alguno muestra inquietudes por problemas de índole epistemológico les remito a títulos tales como Misión de la Universidad, El tema de nuestro tiempo, En torno a Galileo, Historia como sistema o La idea de principio en Leibniz. Por mi parte, cuando vuelvo la vista a la errática historia política y social de la España contemporánea no dejo de recordar libros como España invertebrada y La rebelión de las masas, cuyos diagnósticos sobre el peligro de los particularismos y el advenimiento del hombre masa aún rebosan una actualidad tan incuestionable como atroz. Aunque, por suerte, Ortega también nos ofrece oportunidades para el máximo goce estético, por ejemplo, con la lectura de una bellísima primera parte de Las meditaciones del Quijote, las cautivadoras estampas contenidas en la serie de El Espectador o ciertas piezas literarias verdaderamente estupefacientes como el Prólogo a los veinte años de caza mayor del Conde Yebes.
Refiriéndose al maestro, su elegante discípulo Julián Marías escribiría sobre la necesidad de revivir su pensamiento, de no darlo por terminado: "ante nosotros se extiende un fabuloso continente, cuya exploración (…) es capaz de encender de entusiasmo a cualquier mente con vocación teórica". Con vocación teórica o simplemente con afán de comprender y aprender, añadiría yo. Como el propio aludido anotara al recordar sus juveniles años de internado en un colegio de Málaga, Ortega fue “emperador dentro de una gota de luz”, la luz de una inteligencia que ha sobrevivido a su autor, pues todavía pervive en una obra inmensa e inmensamente lúcida.
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