Opinión

Cake Minuesa

Francisco Delgado-Iribarren | Martes 07 de enero de 2014
Antes de emitirse por primera vez Daños colaterales ya le estaban insultando. Intereconomía había anunciado para el 5 de julio de 2013 el estreno de un nuevo programa muy al estilo de la casa: cañero, rompedor, innovador. La receta, un periodista intrépido y sin complejos que tocase la moral a sindicalistas y políticos de cualquier partido, empezando por la izquierda. “El Follonero de la derecha”, le llamaron: Cake Minuesa.

La voz popular y digital se hizo eco del lanzamiento y entonces, ya entonces, empezaron a llover insultos. El “ingenio” conceptista español fabricó estos tres que resumen el grado de buen rollo y tolerancia con que se le daba la bienvenida: follogato, follofacha y fachanero. Cierto público de izquierdas no aceptaba la competencia en un terreno que consideran de su propiedad hegemónica. No hay más Follonero que Jordi Évole y La Sexta es su cadena. Por lo tanto, a lanzarle los perros del desprestigio antes de encender la televisión.

Daños colaterales arrancó metiendo el dedo en la llaga de la Fundación Ideas, cuando el PSOE aún no se había dignado cerrarla. Cake Minuesa regateaba a los guardaespaldas, persiguiendo por los pasillos y los ascensores a entrevistables como Alfredo Pérez Rubalcaba o Elena Valenciano que, claro está, le hacían caso omiso. Elena Valenciano le llegó a espetar, haciendo acopio de mala leche mientras se cerraba la puerta de un ascensor, que eso que Minuesa hacía “no tiene nada que ver con el periodismo”. Sabíamos que Valenciano no terminó ni Derecho ni Ciencias Políticas (porque se “aburría”) pero no conocíamos que empezara Periodismo.

Después metieron la nariz y la cámara en terrenos muy pantanosos de la izquierda, como el caso UGT y el escándalo de los ERE falsos de Andalucía. También osaron cuestionar la marea blanca levantada contra la política sanitaria de la Comunidad de Madrid. Y, directos al más peligroso todavía, el equipo de investigación llevó sus reportajes a los ambientes más duros e inhóspitos del País Vasco. Allí Cake Minuesa ha hablado con víctimas del terrorismo, con dirigentes políticos, con proetarras (uno la emprendió a golpes con él y el cámara junto a la casa de Bolinaga), se ha sentado en la terraza del bar Faisán para entrevistar a su dueño, y ha perseguido, con el micrófono delante y la cámara detrás, al etarra asesino de Ramón Baglietto.
Por lo tanto no llegaba de nuevas al antiguo matadero de Durango, donde 63 etarras recién salidos de la cárcel y con 309 asesinados a sus espaldas se permitieron el lujo de “exigir” amnistía para sus compañeros y “derecho a decidir” para el “pueblo vasco”. Nunca la sociedad española había visto juntas tantas caras de etarras, colocadas por filas y escalones como para una foto de clase de colegio. Esas caras, pensaba yo, que hasta hace bien poco nos preguntábamos cómo serían, cuando aparecían de tres en tres envueltas en capuchas blancas y bajo boina negra. Con el logotipo detrás.

Como en tantas partes de esta película de terror, ETA trató de imponer su guión. ¡No hay preguntas, gracias! Lo que tenían que decir, el manifiesto, lo traían escrito de antemano. Todo estaba previsto, el escenario, la escenificación, el impacto en los medios. ETA llevaba la batuta y los instrumentos. Estaba contenta de cómo estaba quedando la representación. Pero entonces, poco antes de que cayera el telón y los terroristas siguieran dándose besos y abrazos, un actor de reparto, Cake Minuesa, periodista del grupo Intereconomía, se saltó ese maldito guión y trastocó la película.
Nadie le había dado voz, pero él habló. Se rebeló contra un metraje que le estaba pareciendo insoportablemente triste. Caminó desde un segundo plano hasta el centro de la escena y transfirió el protagonismo de los 63 etarras a sus 309 víctimas mortales. ¿Qué pasa con ellos? ¿Nadie va a pedir perdón? Mutis. Sólo un figurante le dio una tímida réplica. Cake llenó toda la escena, se hizo centro de atención de las cámaras y conquistó al público español. Millones de españoles no tienen ni idea de lo que dijeron los etarras en el matadero, pero saben lo que dijo Cake, y eso les basta.

El gesto y las palabras del periodista rebelde adquieren todavía más valor y épica por el contexto en que se producen. Un triple naufragio. Se hunde –según parece- la nave de Intereconomía, con agua entrando por muchos agujeros; trata de salir a flote la nave de España; y también se hunde –según parece- el barco de la dignidad de las víctimas de ETA, que asisten día sí día también a espectáculos humillantes. El periodista que no quiso callarse representó así el orgullo, la dignidad y la razón de España. Un poderoso latigazo de pundonor en medio de la zozobra. Un héroe nacional cuyos atributos han sido comparados, con justicia, con los del caballo de Espartero.

Además de un magnífico ejemplo para la sociedad española, la hazaña de Cake Minuesa es una lección para muchos periodistas y consumidores de prensa. Especialmente para esos que no se cansan de despreciar y desprestigiar a un determinado medio porque no casa con su ideología. Esos que aceptan y veneran sin empacho cualquier nuevo medio que surja “por la izquierda” pero que rechazan y se mofan hasta lo cansino de cualquiera que surja “por la derecha”. “Es complicado hacer un programa así si llamas de Intereconomía, porque no eres guay. Aunque te metas con todos, la izquierda salta. No tienen sentido del humor”, se lamentaba Minuesa.

Todavía después del episodio del matadero hay algún tuitero resentido que cuestiona la condición de periodista del periodista rebelde. Gay Talese dejó escrita, seguramente, la mejor definición de periodista: lo es “quien dice serlo, hay una empresa que le reconoce como tal y le paga por ello”. Juan Ramón Martínez Minuesa, que al parecer es valenciano de Gandía, no solo es un gran periodista, sino que posee una formación y una experiencia muy buenas y muy completas. Estudió Derecho en Valencia y ha cursado dos másteres: uno en producción ejecutiva en El Mundo TV y otro en guión, creatividad y humor en Globomedia. En 2009 recibió la Antena de Plata que concede la Federación de Profesionales de Radio y Televisión de Madrid.