José Antonio Sentís | Miércoles 08 de enero de 2014
España se ha llenado de predicadores de los deportes de riesgo, especialmente para ella misma. Es tal la angustia moral provocada por la crisis económica, y tal la crisis vital causada por una modernidad vertiginosa de comunicación en red desestructurada, en la que parece que todo sucede compulsivamente, sin orden ni jerarquía de propuestas, que una multitud de voceros se lanza a exigir transformaciones radicales como si no hubiera un mañana.
Y, a la vez, o previamente, francotiradores aparecen por cada rincón con desafíos disolventes y provocaciones brutales, desde el nacionalismo hasta el sindicato terrorista del crimen, que también quieren explicarnos cómo destruirnos sin derecho a queja. Pero hablemos de los primeros, porque los segundos serían carne de psiquiátrico o de cárcel en cualquier lugar civilizado.
En el minuto en el que escribimos, al menos cuatro asuntos políticos nucleares están en cuestión: la supervivencia de la institución monárquica; la pervivencia del Estado unitario; el prestigio de los representantes políticos y el ordenamiento constitucional de la Nación. ¿Damos ya por derrotados al Rey, a la Constitución y al Estado? Pronto me parece.
Si los consideramos uno a uno, todos aquellos que hablan de la necesidad de reformas en el Sistema tienen razón. El propio hecho de que sean estos asuntos nucleares motivo de debate demuestra que precisan revisión. Pero si consideramos que cada uno de ellos exige un tratamiento específico, parece realmente arriesgado ese ejercicio de moda de disparar a bulto contra todo y contra todos para ver qué pasa.
Se trata de una cuestión de simple combinatoria. Si consideramos, por ejemplo, el primero, la Monarquía, la resultante podría ser discutir sobre si conviene ésta o una República. Y con una variante, es decir, manteniendo la Monarquía pero cambiando su titularidad. Claro que, después, habría que considerar qué República se quiere, porque hay varios modelos, por ejemplo, simplemente representativa o presidencial.
Pero esto es relativamente fácil. Mezclemos ahora, o combinemos, el debate sobre la Monarquía con el de la configuración territorial del Estado, que puede ser, por ejemplo, federal, confederal, autonómico, unitario o simplemente escindido por voluntades particulares de sus partes (que también dependerían de cómo se definen esas partes, porque Cataluña puede ser las cuatro provincias de la actual Comunidad, o puede alcanzar Valencia o Baleares; y el País Vasco puede ser el conocido, o acechar Navarra, incluso el sur de Francia).
Por lo tanto, podríamos también cruzar estas variables: una Monarquía con una España escindida o confederal, una República unitaria o federal, etcétera.
Liguémoslo ahora al modelo de representación política. Eso añade muy ricos matices a la combinatoria. Por ejemplo, podemos tener una República catalana de partido único junto a una Monarquía española con ocho partidos pequeños; o una dictadura en una región y una democracia en otra; o un presidente republicano honorable y un ejecutivo desprestigiado, o un Rey deshonrado y un Gobierno impecable, según qué región y qué momento histórico, según si hay prosperidad o crisis, si median escándalos o silencios mediáticos.
Se puede también remover la Constitución del 78. Probablemente haga falta. Pero, de acuerdo con lo antedicho: ¿hacia dónde? ¿Una España federal, confederal, con Cataluña o sin ella, con partidos o sin ellos, con Rey o Presidente? ¿Con qué articulado, con qué competencias, con qué fueros?
Este mismo miércoles, Rajoy hablaba de lo inconveniente de abrir melones que después difícilmente se pueden cerrar. Lo antedicho es un ejemplo de la cantidad de melones que hay, y de la cantidad de melones figurados que están dispuestos a la aventura de abrirlos, y no uno por uno, sino todos a la vez.
Yo sé que Rajoy irrita a muchos, pero empiezo a sospechar de que lo que verdaderamente molesta del presidente del Gobierno es que dice cosas de tal sentido común que ponen en evidencia a tantos impacientes salvapatrias (y me da igual de qué "patria" se trate, porque es una simple metáfora política, no territorial).
Por eso, ante este guirigay nacional, y a sabiendas de que la situación política global de España necesita transformaciones estructurales para el futuro, yo propondría modestamente un calendario.
Primero: tener algo de paciencia para que la situación económica se estabilice y mejore.
Segundo: Abordar la probidad de la política y el prestigio de sus representantes, lo que se puede conseguir puesto que mucha limpieza de los procesos de corrupción está produciéndose ya en los tribunales, todavía más se puede decantar vía judicial y puesto que las nuevas necesidades de transparencia están encontrando acomodo en las leyes. Un proceso que nunca será perfecto, porque la política es obra humana y siempre tendrá puntos oscuros, pero que puede mejorar de forma ostensible.
Tercero: Esperar también la resolución judicial de los casos que afectan a la familia del Rey y, después, plantear el modelo que debe resultar. Entiendo que el Rey, que parece afectado en sus capacidades físicas por el paso implacable de la edad, espera que se aclare el panorama para dar pasos decisivos en su sucesión. Pero, aunque ni siquiera ésa fuera suficiente, que yo entiendo como prudente, pero no obligatoria, se puede perfectamente abrir el debate sobre una posible transformación del Régimen hacia la República. Un debate que la Historia ha enseñado que si se produce desde la convulsión, lleva al desastre. Luego sólo puede abordarse desde la estabilidad y la racionalidad.
Cuarto: Si, además de este debate constitucional sobre el Régimen hay que abordar la cuestión territorial, hágase. Pero sólo cuando no estemos en el duelo a garrotazos de los desafíos infantiles de sectores ansiosos de poder por envidia del Estado. No se trata de reformar la Constitución porque haya un órdago de los nacionalistas, sino porque sea conveniente. No para contentar las pasiones tribales, sino para reordenar el formato nacional de acuerdo con las necesidades colectivas y la solidaridad ciudadana.
No importa que entonces entren en debate quienes creen en una Federación (tan parecida, por otro lado, a la España Autonómica actual), como ahora predican los socialistas Rubalcaba y Navarro; o quienes propongan una Confederación (por muy antihistórica y disolvente que me parezca esta fórmula de los nacionalistas más "moderados" tipo Duran). O, por supuesto, quienes no quieran cambiar un modelo autonómico que no hace tanto aguas por su formato, cuanto por las ambiciones centrífugas que suscita. Incluso con la entrada en la discusión de los que prediquen por un sistema más recentralizado en materias nacionales vitales para dotar de estructura sólida al Estado.
Discútase de todo, pues, pero por su orden. Lo otro, lo que está pasando ahora, es lo más aproximado a la definición de caos. Y, lo que es peor, un caos motivado por la efervescencia de ocurrencias de las elites, ante la perplejidad de una gran parte de la población que bastante tiene ahora con llegar a fin de mes.
Se me dirá: ¿y qué se hace ahora mismo con los desafíos concretos, con la traición verbalizada de Mas, con la percepción sobre los problemas en la familia del Rey, con el desprestigio de los políticos, con los inventos constitucionales de unos y de otros? Pues que, en realidad, vivir en el miedo a lo que pueda suceder es la mejor forma de que suceda. Porque si un escenario es la quiebra total del sistema político, otro escenario no menos posible es que no pase nada decisivo. Que Mas se quede sentado junto a su buzón, a ver si Ángela Merkel u Obama le escriben. Que se sustancie el proceso judicial sobre Urdangarín y se compruebe si ha habido o no delito fiscal (que tampoco es asesinato) propio o compartido con la Infanta Cristina, y después se alcance la normalidad sucesoria, si es tan precisa como parece. Que los políticos (tan vilipendiados) se presenten a nuevas elecciones y se vea que un setenta por ciento de españoles vuelven a votarlos. Y que hasta el más tonto vea que nadie puede conseguir al cien por ciento la Constitución o la Ley Electoral que desearía.
Claro que, diciendo esto, parezco Rajoy. Pero es que Rajoy me parece el menos equivocado en todo este absurdo, histérico, debate nacional.
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