Opinión

Españolismo sospechoso

Octavio Ruiz-Manjón | Viernes 09 de mayo de 2008
A finales de 1934, Manuel Azaña se encontraba preso en Barcelona, como consecuencia de los sucesos revolucionarios del mes de octubre. Aunque no había tenido ninguna intervención directa en ellos, sería víctima de una torpe represalia política de la que no tardaría en sacar provecho a través de aquella coalición electoral que se presentó con la etiqueta de Frente Popular.

Pero esa coalición, en la que contaría con la inestimable colaboración de Indalecio Prieto, aún no se había perfilado en el horizonte y lo que tenía por delante era el resultado de la actuación de unas izquierdas que, según sus propias palabras, habían “hecho todos los disparates posibles”.

La labor reformista de los dos primeros años de la República parecía arruinada y Azaña compararía aquel breve periodo de gobierno con algunas de las oportunidades de reforma que se habían frustrado a lo largo del siglo XIX: “una temporada de buen sentido y de razón, de grandes intenciones y de decencia, y luego diez o quince años de opresión españolista, patriótica, eclesiástica, etc.”

Este comentario -contenido, al igual que el primero, en la intimidad de una carta a su amigo Cipriano Rivas Cherif- no deja de ser sugerente porque contrapone las ideas de la racionalidad, la decencia y las buenas intenciones en la gestión pública, a la de una idea nacional española que ni siquiera queda redimida por la calificación de patriótica. La calificación de eclesiástica termina por recluir a esta segunda posición en el plano de lo retrógrado.

La contraposición trae el eco de las afirmaciones de quienes, en estas jornadas de conmemoraciones, no dudan en identificarse con las posiciones de los afrancesados que, desde luego, también representaron entonces el mundo de las luces y de la razón política. Pero 1808 trajo 1812, y muchos de los que rechazaron a los franceses se propusieron también, en las Cortes de Cádiz, la creación de una nación de ciudadanos libres e iguales.

Lo que llama la atención, en todo caso, es la rotundidad con la que un hombre de izquierdas, como era Azaña, marca distancias con un sentimiento nacional que estaba en el origen de la revolución que había hecho posible la construcción de la España liberal. Y no menos llamativa era la renuncia al adjetivo “patriótico”, que había sido la bandera de muchas batallas por la libertad. Desde las batallas por la independencia de los Estados Unidos hasta las dieron los polacos que querían liberarse del yugo del zar de Rusia.

Unas distancias y unas renuncias que, durante los últimos treinta años de democracia, han seguido marcando a buena parte de nuestra izquierda, poco dispuesta a abandonar las reticencias que, durante muchos años, le ha suscitado la misma idea de la nación española.

Una situación que no deja de proporcionar motivos de inquietud en el bicentenario que conmemoramos durante estos días.

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