Los Lunes de El Imparcial

Vasili Grossman: Eterno reposo y otras narraciones

RESEÑA

Domingo 12 de enero de 2014
Vasili Grossman: Eterno reposo y otras narraciones. Traducción de Andréi Kozinets. Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 245 páginas. 18 €

El nombre de Vasili Grossman está indefectiblemente unido a Vida y destino, sin duda una de las novelas imprescindibles de la literatura del siglo XX, y obra maestra de su autor. No se exagera cuando se la compara con Guerra y paz, de Leon Tolstói, o con Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, pues en este título del escritor y periodista ruso late a la misma altura el gran aliento épico que preside esas dos obras de sus compatriotas, consiguiendo que la historia de la familia Sháposhnikov, con el trasfondo de la Segunda Guerra Mundial y, en especial, de la sangrienta batalla de Stalingrado -que Grossman vivió como corresponsal del diario Estrella Roja - alcance una dimensión tan monumental como profunda y conmovedora, y resulte una lúcida reflexión sobre el carácter execrable y opresor de los totalitarismos, sean del signo que sean. De su similitud trata un momento especialmente significativo de Vida y destino, cuando se enfrentan Mostovskói, bolchevique prisionero en un campo de concentración alemán, y Liss, oficial de la Gestapo.

Grossman murió sin saber si su tour de force literario llegaría alguna vez a los lectores, pues, escrita en 1959, fue prohibida por el régimen soviético, pese al cacareado aperturismo de Nikita Jrushchov, a quien Grossman solicitó su publicación, obteniendo como respuesta una frontal oposición a ello, expresada a través de Mijaíl Súslov, miembro del Politburó que velaba por las esencias ideológicas, que le reprocho que su novela era hostil al pueblo soviético y al comunismo y que únicamente beneficiaría a sus enemigos. Y no solo prohibida. La KGB intentó destruirla, pero, afortunadamente, de manera rocambolesca y milagrosa Vida y destino (en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores hay una cuidada edición) pudo ver la luz en Suiza en 1980.

Esta amarga experiencia con las autoridades soviéticas hizo que Grossman tomara la precaución de distribuir los cuentos que estaba escribiendo en ese periodo entre sus amigos. Gracias a ello, podemos ahora disfrutar de la faceta de Grossman como cuentista en esta selección de relatos nunca antes publicados en España, y traducidos directamente del ruso. Además de “Eterno reposo” forman el volumen otros siete textos: “Abel (6 de agosto)”, “Tiergarten”, “La Madonna Sixtina”, “Mamá”, “El camino”, “Fósforo” y “En Kislovodsk”, escritos entre 1953 y 1963.

En “Abel (6 de agosto)” nos convertimos en miembros de la tripulación del hidroavión que descargó la bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Llevan un cargamento de horror que “explotó a dos mil pies del suelo, según estaba previsto. Se hizo la luz, la luz de la muerte, opresiva y abrasadora”. Pero no da la impresión de que esto les cause excesivos problemas: “Caín es un chico normal y corriente, y su hermano no es mucho mejor que él. La ciudad estaba llena de gente como nosotros. La diferencia es que nosotros seguimos vivos y ellos están muertos”. O quizá sí: según sus compañeros, Joseph Connor, el artillero encargado de apretar el siniestro botón, ha perdido el juicio. En “Tiergarten” se nos traslada al parque de Berlín donde se ubica el zoológico municipal. Allí trabaja Ramm, celador encargado de los primates. El Tercer Reich está en el ocaso y Ramm esboza la teoría de que “la evolución a la manera hitleriana se desarrollaba por la vía regresiva. En las condiciones del fascismo, esa evolución al revés había producido una nueva raza humana, vil y miserable”.

“La Madonna Sixtina”, que más que propiamente un cuento podría considerarse un breve ensayo, analiza el cuadro de Rafael de título homónimo, que, tras la derrota de Alemania, las tropas soviéticas trasladaron a Moscú, junto a otros lienzos de la colección de la Gemäldegalerie Alte Meister del museo de Dresde. Luego, en 1955, el Gobierno soviético decidió restituir la colección a Dresde, no sin antes exponerla durante noventa días en el moscovita museo Pushkin. El cuadro da pie a una reflexión sobre los desastres de la guerra, y le recuerda a las madres que entraban a las cámaras de gas de Treblinka con sus pequeños en brazos. “Mamá” comienza en un orfanato, a donde acude una pareja a recoger a una niña. A ese centro iban a parar los hijos de disidentes, “enemigos del pueblo”, represaliados. “El camino” nos cuenta la historia del joven mulo Dzhu, al servicio de un regimiento de artillería, que también padece la brutalidad bélica. “Fósforo” refleja la experiencia del propio Grossman en una cuenca minera -el escritor ruso se había licenciado como ingeniero químico-, y “En Kislovodsk” se aborda el suicidio del médico Nikolái Víktorovich y su esposa ante la invasión alemana de su ciudad.

Si bien todos los relatos encierran notable interés, quizá destaca el que da título al libro. En “Eterno reposo”, Grossman nos sumerge en el cementerio moscovita de Vagánkovskoie, para realizar una sugerente descripción de los domingos primaverales en ese camposanto, cuando se llena de visitantes. Al cementerio se le despoja de todo elemento tétrico, y aparece más bien como un microcosmo social donde siguen produciéndose los mismos conflictos, y un espacio que atrae a mucha gente. Este relato es un buen ejemplo de la manera en que Grossman escribe sus cuentos, donde se entremezclan armónicamente descripción y reflexión en un estilo sobrio, y de la enseñanza que proponen. Grossman es muy consciente del sufrimiento y la angustia que acompañan a la existencia y de la parte oscura que anida en el corazón humano, elementos que se intensifican en los enfrentamientos bélicos. No en vano fue uno de los primeros periodistas que entró en los campos de exterminio nazis, dando testimonio de ello en El infierno de Treblinka que se utilizó como prueba en los juicios de Núremberg.

Sin embargo, no se regodea en ello, sino, muy al contrario, recalca que “el dolor y las tormentas son inseparables de la vida humana, aunque no toda ella es dolor y tormentas”. La vida y la muerte se entrecruzan: “La vida es poderosa: al irrumpir en el cementerio ha logrado imponer su dominio sobre él, convirtiéndolo en una parte de sí misma”, leemos en “Eterno reposo”. Y en esa vida poderosa, los hombres transitan por ella con sus grandezas y sus miserias a cuestas.

Por Carmen R. Santos