Los Lunes de El Imparcial

Thomas Wolfe: Especulación

RESEÑA

Domingo 12 de enero de 2014
Thomas Wolfe: Especulación. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Periférica. Cáceres, 2013. 96 páginas. 14,50 €

La reciente publicación en español de esta novela de Thomas Wolfe constituye todo un acierto, tanto por su calidad como por su temática. Especulación es un libro breve, bien escrito y de gran actualidad. La historia comienza con una familia cualquiera, en un pueblo de los Estados Unidos en 1929. John regresa a la estación de trenes de ese pueblo, donde lo esperaban su hermano Lee y su madre. John había sido “vagabundo incansable durante veinticinco años, oscuro profesor en una de las universidades de la ciudad”. Al lugar que regresó no era en realidad el mismo pueblo, ya que todo estaba transformado, la población estaba afectada por una verdadera fiebre de compras y ventas de casas y terrenos, de construcción de viviendas, calles y edificios, de transacciones millonarias que cambiaban la fisonomía no solo de la ciudad, sino también de las personas.

Lo curioso es que todo era de mentira. Los precios estaban muy elevados (¿síntoma de burbuja?), las compras se hacían “a plazos”, las promesas de pago eran solo eso, los respaldos económicos no parecían muy sólidos, mientras los expertos inmobiliarios se multiplicaban con o sin conocimientos, con o sin propiedades, con o sin ventas.

Su madre y su hermano pusieron a John al corriente de la nueva situación, de las ofertas por las propiedades de su propia familia, en esa “forma de vida extraña y enloquecida, una ciudad resplandeciente, una furia salvaje, una ebriedad que no había visto antes”. Todos invertían en el negocio inmobiliario, todos se creían gestores, apostando a lograr en una sola jugada un éxito económico definitivo. Una conversación de John con Robert Weaver -uno de esos gestores- ilustra muy bien los nuevos valores dominantes: “Y bien, ¿qué plantes tienes para el futuro? ¿Ser maestro toda tu vida y ganar dos mil al año?”. Interesante comparación para un hombre que estaba “ganando dinero a manos llenas: hice trescientos mil dólares en los últimos dos meses”, confesaba Weaver. Era una sociedad monetarizada y materialista, por lo mismo decadente, que había modificado la valoración de las personas por lo que tienen y no por lo que son. Quizá por eso John pensara sin dudarlo: “¡Hay cosas peores que ser maestro de escuela! ¡Ser millonario de papel, por ejemplo!”.

Otro personaje está en la misma línea: J. Rufus Mears. Era la oveja negra de la familia y había devenido en cocainómano. Sin embargo, su opinión bastaba para que alguien comprara o vendiera sus propiedades. Se había convertido en un gurú, un verdadero “sumo sacerdote y profeta” de las transacciones de bienes raíces.

Quizá por eso los últimos capítulos de la obra estén cronológicamente situados en 1929 y geográficamente en un cementerio, hacia donde se dirigen John, Lee y la madre de ambos a visitar a sus familiares, que no alcanzaron a ver estos cambios. Como sabemos, en 1929 todas las especulaciones inmobiliarias y de cualquier tipo se vinieron al suelo y chocaron con la cruda realidad de la crisis. “Era algo loco, exasperante, ruinoso. Habían derrochado las ganancias de toda una vida para hipotecar las de toda la generación venidera; se habían arruinado a sí mismos, a sus hijos, a su ciudad y nada podría detenerlos”. Y aún en esas circunstancias, “no dejaban de comprar, comprar, comprar…”

También sabemos que en el cementerio todos se encontrarán, quienes hayan sido grandes inversionistas o simples profesores “de dos mil al año”. De nada servirán las credenciales de compras y ventas exitosas o fallidas, los millones acumulados en realidad o en papel, mucho menos en el doloroso 1929 que estaba a punto de llegar, aunque nadie parecía darse cuenta del drama que sobrevendría. Un libro de extraordinaria actualidad.

Por Alejandro San Francisco

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