Marcos Marín Amezcua | Domingo 12 de enero de 2014
Las redes sociales en México han conseguido esta semana convertir en cenizas la imagen pública de un personaje público: la cantante Lucero, apodada por la publicidad gazmoña como “La novia de América”. El hecho proviene de la virulenta, oportuna y eficaz movilización en ellas, respondiendo reclamantes a la publicación de fotografías que comprometen a Lucero, logrando dañar su prestigio. Se trata de un personaje muy ligado a los poderes económico, mediático y político de México, incluso a Enrique Peña Nieto, el jefe del Estado mexicano. La cosa no es menor y el resultado de la operación de las redes sociales incinerando su imagen, tampoco. Ello mientras los medios convencionales, ligados a ella, minimizaban lo ocurrido.
A través de las redes sociales se han difundido fotos de Lucero y su novio en la portada de una sonada revista local de espectáculos. El novio es un influyente empresario que es sobrino de Carlos Slim –uno de los hombres más ricos del mundo– y en tales fotos están celebrando trofeos de cacería, indignando a amplios sectores y provocando lo más importante a destacar: que quienes toman decisiones por ella, al saber esas tomas difundidas en las redes, se le aparten al considerar negativa su antes angelical imagen, para muchos hipócrita, falsa y asaz plástica, sépase.
Cuando la artista ha tenido que dar la cara, con más pena que gloria, y después ha declinado asistir al influyente festival internacional de Viña del Mar, el daño resulta evidente. Lucero declina a raíz de que la alcaldesa del lugar –conocedora de tales fotos– recomendara a los organizadores que no la invitaran por dañar la imagen del certamen y de Viña del Mar. Al unísono, una marca de champú y acondicionador para el cabello retiró la publicidad con su foto, pese a señalar que no lo hacía por lo sucedido en las redes sociales. Son hechos contundentes que dan feliz cuenta del poder de las redes sociales, que nunca hay que minimizarlo.
¿Es importante lo sucedido? Sin lugar a dudas. Se trata de un triunfo en toda regla. ¿Por qué? porque la respuesta de la artista de no acudir a Viña es la consecuencia de la actuación de una redes que supieron dar el golpe certero a su imagen. No se comprendería que de buena fe y por iniciativa personal sin más, ella se hubiera negado a asistir a Viña del Mar. Aquí lo que hay es una eficaz difusión de su mala imagen que ha influido dónde tenía que influir. Es un golpe certero de la sociedad civil a esos poderes que han usado a Lucero ante los mexicanos como el rostro amable del que carecen; siendo señalados como los causantes del deterioro nacional –sea real o no ese hecho–. Créame: lo menos importante es que cace animales o no. Es lo que ella representa y a quiénes está ligada; por ello la actuación de las redes sociales merece destacarse, porque consiguieron lo impensable: dañar su imagen de forma irreparable. Quizás ha pagado por otros, pero lo está haciendo por aquellos a los que no se les han tocado ni un pelo, aún mereciéndolo. Tanta chulería de Lucero le ha pasado factura.
Aparte de su noviazgo, Lucero es un personaje polémico, de reconocida soberbia, de sonrisa de fácil difuminación fuera de cámaras, de desplantes –un día su guardaespaldas amenazó con pistola en mano a la prensa de espectáculos, figúrese, asumiendo ella una postura de diva, intragable– y cuya dulzura no convence a amplios sectores del público. Además se ha prestado a ciertos juegos de poder. Sirvió de imagen a la provincia gobernada por Peña Nieto antes de ser presidente, siendo reemplazada luego por la actual esposa del mandatario, Angélica Rivera, ambas pagadas con erogaciones públicas que a los ciudadanos nadie les preguntó si deseaban efectuarlas, para encabezar una aparente publicidad inocente sobre cómo gobernaba Peña Nieto, que era en realidad propaganda política encubierta y que hoy está penada por la ley electoral. Así de sencillo. La estrategia sirvió para apuntalar a Peña Nieto, presentándolo como un sujeto de grandes dotes para ser después presidente de México, dotes que a diario nos deja profundas dudas de tenerlas como presidente de México.
Lucero es uno de los rostros más conocidos del Teletón. Es su viva imagen. Teletón es un mecanismo mediático anual, recaudatorio de dinero para edificar centros de atención a niños minusválidos. Loable labor que en definitiva y de forma más que evidente, choca no solo con la de implacable cazadora furtiva y con la de chica altruista que abraza niños con discapacidades. Ya no le cuento que a la Fundación Teletón –ligada inseparablemente al poderoso y mediático Grupo Televisa– se la acusa de ser un camino para desviar fondos, pues los donativos de las grandes empresas son deducibles de impuestos, causando baja de cuantiosas cantidades del erario público, pues esos donativos inmensos serán dinero que el Estado Mexicano no recaudará a final de cuentas. Altruismo al cien, ya se ve.
Al conocerse las referidas fotografías pasó lo impensable. Se produjo una inusitada y verdaderamente violenta respuesta social. Cual reguero de pólvora se extendieron las críticas, las burlas, los cuestionamientos y los señalamientos encendidos y puntuales, porque pese a todo, no estaban tan carentes de razón. Lo más importante es que no me parece que sea la conciencia ecológica lo que ha conseguido despedazar la imagen de la interprete. Y las redes sociales han impedido cualquier intento de última hora para salvar la imagen de la cantante. Hasta ahora el creciente uso de las redes sociales no había empatado con lograr ciertos fines perseguidos. Por ejemplo, no revirtieron la imagen creada por la televisión a Peña Nieto para encumbrarlo como presidente de México. Ahora sí.
Comprenderá mejor amigo lector, que había motivos para cebarse con Lucero. Esta vez no quedó impune. Se ha ganado a pulso la mofa, el desprecio y el cuestionamiento públicos, no de forma gratuita. Su desliz le ha costado muy caro, exaltado de forma virulenta, vociferante y reclamante en las redes sociales, siendo el blanco del hartazgo de un amplio sector social que por ella lo dirige a un gobierno, el de Peña Nieto, que ha hundido la economía, que ha frivolizado la imagen del poder público para alcanzarlo y en donde el carácter de la cantante no le ayudaba. Y sí, además porque ella anduvo de cacería, que tras todo lo expuesto, para mí era lo menos importante, el pretexto a lo más. Para mí ha sido lo enteramente secundario, con perdón de los ecologistas.
Así nuevamente se demuestra el poder de las redes sociales. Son poderosas y útiles. No cabe duda alguna. Pueden ser medios usados para muchos fines, sean o no plausibles, pero están allí jugando un papel destacado. Lo han demostrado otra vez. Su uso queda al arbitrio de cada quien y cada quien sabrá cómo se involucra con ellas. A mí me parecen un gran medio y celebro su existencia, sobre todo porque en mi entorno retan al poder. En México el PRI ha señalado que le gustaría regular su uso. ¡Claro! Las redes sociales suelen operar en su contra, invariablemente. Su libertad debe defenderse y los ciudadanos han de impedir la censura de toda laya desde el gobierno que se sabe fiscalizado, pese a que los mexicanos nos acusemos de indiferentes. No es así. Solo me resta decir: Enhorabuena por todos sus usuarios.
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