Con enorme éxito ha estrenado el Teatro Real este domingo la grandiosa y espiritual ópera de Wagner, Tristán e Isolda, para la que ya se han agotado todas las entradas de las siete funciones restantes.
Otro elixir de amor, igual que en la ópera de
Donizetti que se pudo ver en el coliseo madrileño el pasado mes de diciembre, hace estragos entre los personajes de
Tristán e Isolda, la obra del siempre intenso y genial
Richard Wagner que acaba de estrenarse en el Real. En un principio enemigos, Tristán e Isolda tenían que morir juntos para que ella pudiera vengar así la muerte de su prometido a manos de Tristán. Sin embargo, la fatal pócima con la que Isolda pretende envenenar a ambos es sustituida in extremis por la fiel
Brangäne. Se trata de otro brebaje con poderes bien distintos, los de hacer sucumbir a quienes lo ingieran a un amor que no conoce límites. Ni los quiere. De modo que, en vez de breve muerte, lo que consigue el plan de venganza de Isolda - quien, además, pretende escapar del matrimonio impuesto con el rey Marke al que la conduce el propio Tristán - es unirlos para siempre. Por su supuesto, en un destino trágico, irreparable. Wagner se inspiró en la leyenda medieval de estos héroes románticos para componer su gran ópera, reviviendo a la vez el amor prohibido que él mismo sentía por la joven Mathilde Wesendonck y viéndose influenciado, al tiempo, por el pensamiento filosófico de Schopenhauer, cuyo libro “El mundo como voluntad y representación” leyó cuatro veces antes de iniciar la partitura.
Por eso, encontramos en Tristán e Isolda a un Wagner aún, si cabe, más profundo. Aún más intenso y espiritual de lo que ya se muestra en sus otras óperas. La historia que cuenta, la de un amor poderoso que trasciende el dolor, el miedo y hasta la muerte, sirve a Wagner para tocar con cada acorde, con cada sílaba, cualquier alma sensible para exponerla sin pudor a los sentimientos más recónditos. Todos los tenemos, de manera más o menos consciente. Por otra parte, nada como una obra de Wagner para llenar un teatro de ópera. En algunos lugares más que en otros. Madrid ha sido tradicionalmente “territorio wagneriano”. Por eso, este pasado domingo no había butacas libres. En realidad, es seguro que no las habrá en ninguna de las próximas representaciones porque ya se han agotado todas las localidades. Desde la primera a la última. También el foso se encuentra más concurrido de lo habitual. Dos filas de butacas han tenido que ser “sacrificadas” para que los músicos de la Orquesta Titular del Teatro Real,
Orquesta Sinfónica de Madrid, a las órdenes de la batuta del francés
Marc Piollet, puedan tener acomodo. Aunque algunos de sus miembros también ocupen otros lugares, normalmente destinados al público, para tocar, ampliando todavía más el efecto de grandiosidad que siempre tiene la música del magnífico compositor alemán.
Ha sido precisamente la orquesta, junto a su director, la gran triunfadora de la velada de estreno en la Plaza de Oriente. Con permiso, claro, de la otra premiada protagonista: la soprano lituana
Violeta Urmana, que ha emocionado y convencido con su muy poderosa Isolda. Los “bravos” le llegaban espontáneos, casi irrefrenables, cuando aún estaba cayendo el telón y parecía seguir vibrando en el aire algunas de las últimas notas del que es, sin duda, uno de los finales más sublimes y logrados de la historia de la ópera. De esos que dejan sin respiración, y para los que no debería ahorrase ni un solo aplauso. Aunque hayan pasado cinco horas desde el inicio de la representación o, quizás, precisamente por ello. Muy premiado también, el bajo
Franz-Josef Selig, considerado uno de los más versátiles de la actualidad, que ha conquistado, vocal e interpretativamente, en su rol del rey Marke, dolido pero clemente hacia el amigo que al final no puede salvar. Su impactante aparición por la escalinata del patio de butacas, al final del primer acto, para descubrir lo que está ocurriendo en el escenario, ha sido solo la muestra de lo que el personaje iba a aportar a tan formidable obra. Los aplausos cosechados por Selig han superado con creces a los dirigidos a quien debería haber sido el otro principal protagonista de la trágica historia de amor, Tristán, papel que el tenor estadounidense
Robert Dean Smith no ha colmado en ninguna de sus facetas. Han completado el elenco, la mezzosoprano Ekaterina Gubanova, en el papel de Brangäne; el bajo-barítono finlandés
Jukka Rasilainen, como Kurwenal, y
Nabil Suliman, en el papel del traidor Melot, desencadenante de la tragedia que, en todo caso, parecía inevitable.
Por lo que se refiere a la escena, el director
Peter Sellars - ya todo un conocido en la capital - no ha podido evitar, tampoco anoche, algunas protestas de parte del público cuando ha salido a saludar al final de la representación. A pesar de que su propuesta es la de una escena sobria, que incide claramente en el aspecto visual y no puede, en ningún caso, ser considerada provocadora o rompedora, que es lo que habitualmente se le echa en cara al director de Pittsburg. Más bien, al contrario. Sellars ha confiado al prestigioso videoartista norteamericano
Bill Viola la creación del espacio escenográfico donde se ha de desarrollar la conocida acción, a través de un lenguaje visual lleno de simbolismos. Con imágenes destinadas a actuar a modo de explicaciones internas y de reflexión sobre las diferentes etapas del camino que recorren los amantes hacia la total y completa liberación. Imágenes que, en ocasiones, es verdad, no acaban de convencer en términos de oportunidad o de coherencia, pero que son, en cierto modo, un extra. Un plus que, en todo caso, no resta intensidad a la obra ni perjudica, como ocurre en tantas otras escenografías, al devenir de la dramaturgia. Sellars ha querido, además, “mover” la escena. De modo que la atención no estuviera, únicamente, en lo que acaecía en los lugares acostumbrados. Por eso, a veces, la música ha salido del foso y las voces, del escenario. Un recurso efectivo, sin duda, para otorgar profundidad al drama y provocar mayor impacto en el espectador, cada vez más abierto a estímulos que, sin llegar a caer en extravagancias, sean capaces de ofrecernos una nueva y original mirada. El pasado jueves le preguntaban a Bill Viola durante la rueda de prensa si creía que a Wagner le habría gustado esta producción. Por supuesto, el artista contestó que él no podía contestar por Wagner. A partir de anoche, si le preguntan, podrá decir que a Madrid sí le gustó.