Alejandro San Francisco | Lunes 13 de enero de 2014
Si se analizan los temas de mayor interés entre los intelectuales públicos, comentaristas de actualidad, pensadores, intelectuales en sentido amplio, podemos ver un interés permanente por la actividad política. La perspectiva muchas veces es crítica: el mal uso de los recursos públicos en un momento determinado, la incoherencia de los hombres y los partidos, algún tema específico en el cual la posición del intelectual es diametralmente opuesta al del político o gobierno de turno, una ley específica a la que se oponen, alguna propuesta o decisión que afecta al mundo de la cultura y de la educación en que muchos de ellos se desenvuelven habitualmente. Se trata de un asunto de larga data.
Ya en la antigua Grecia el interés de figuras como Aristóteles y Platón era comprender la sociedad política e incluso influir en ella a través de sus ideas y libros; Sócrates gastaba horas y días para exhortar a sus conciudadanos sobre el funcionamiento de la sociedad ateniense. Situación parecida se repitió en Roma, cuando uno de los hombres más cultos de su tiempo, Cicerón, a la vez un político que alcanzó los cargos más altos en el gobierno de un creciente imperio, escribió un texto fundamental, Sobre la República (excelente edición de Álvaro D’Ors en Gredos).
Este tema universal –como muchos otros trabajado por los pensadores clásicos con inteligencia– retoma su interés cada cierto tiempo. Así fue, por ejemplo, con la caída de los regímenes comunistas a fines del siglo XX, que permitieron cambios políticos relevantes en las sociedades de Europa oriental, pero también una renovación en las figuras políticas de esos países. Así, en algún momento el presidente de Bulgaria fue un filósofo; el de Hungría era escritor; el de Lituania un pianista y el de Checoeslovaquia un conocido dramaturgo. Este último, sin duda el más famoso de todos, era Vaclav Havel, intelectual destacado y que había escrito un texto fundamental a fines de la década de 1970, titulado El poder de los sin poder (versión reciente en Madrid, Ediciones Encuentro, 2013). Después de la caída del Muro de Berlín y de la transición política en su país, asumió como gobernante, y desde ahí ejerció las labores propias del poder, encabezó cambios cruciales, pero incorporando siempre una perspectiva humanista que hizo época y constituyó un referente político y moral desde 1989 hasta su muerte el 2011.
La figura de Havel y de todos aquellos personajes del mundo cultural que han asumido tareas públicas, nos llevan a pensar algunas dimensiones de la relación entre la política y la vida intelectual que pueden tener importancia en la actualidad.
La primera idea se refiere a la necesidad de pensar la política al más alto nivel. No es posible que la gestión pública o la lucha por el poder sean simplemente actividades prácticas, sin una permanente capacidad de renovarse con ideas, profundizando, matizando, perfeccionando los regímenes, las leyes y las formas de actuar. Esto cobra mayor interés en un momento en que esta actividad crucial pasa por un momento difícil de aceptación, valoración pública, encuestas desfavorables y e incluso movimientos que procuran la desestabilización de las instituciones o el cambio radical en las sociedades democráticas contemporáneas. No podemos olvidar que las grandes transformaciones en las formas de gobierno, en la división de poderes o en la participación de las personas en el gobierno de los países comenzaron con reflexiones previas de “los filósofos”, si usamos el concepto de manera abierta.
Un segundo aspecto involucra la posibilidad de que personas del mundo intelectual asuman responsabilidades políticas de alto nivel, con las lógicas del gobierno de los Estados así como sus posibilidades y limitaciones. Habitualmente en diferentes países esta fórmula se da, especialmente en cargos como Ministros de Cultura o Educación, así como también en algunos puestos de representación parlamentaria, aunque generalmente es minoritario. Lo importante es considerar, por una parte, que se produce un cambio de giro, pues en política se actúa con los códigos y las responsabilidades propias del mundo del poder, y de nada valen las convicciones o las ideas separadas de ese mundo práctico. De lo contrario convendría que cada persona siguiera en su propio lugar.
Sin perjuicio de lo anterior, una tercera idea es la convicción de que las personas del mundo intelectual podrían aportar un aspecto que llega a ser novedoso en la política contemporánea. Desde la filosofía, la historia o la literatura, por ejemplo, se puede tener una contraparte o complemento necesario para la tecnocracia o el economicismo que a veces parecen dominarlo todo en los gobiernos y los organismos internacionales. No se trata de relegar las soluciones técnicas cuando y donde se requieran; tampoco debemos minusvalorar la importancia de la economía o de factores tan cruciales como el crecimiento económico para mejorar la vida de la población. Pero así como la técnica y la economía tienen su valor, en modo alguno representan la totalidad de los intereses ni de las dimensiones humanas. Una adecuada comprensión del pasado, el conocimiento profundo de las grandes ideas y la cultura o bien una adecuada formación y trabajo en otros ambientes (como son el cultural y el universitario) podrían complementar las actividades de los gobiernos, otorgándole a las decisiones de gobierno o legislativas un matiz humanista que a veces se olvida.
La figura del intelectual, del hombre o mujer de la cultura, puede otorgar una dimensión específica a la vida política, si además de su sólida formación humanista posee las condiciones para dirigir una administración, para representar ciudadanos o para legislar. La política es una actividad que no solo es necesaria, sino que también es valiosa. La presencia de un pensamiento más profundo, una visión integrada del presente con la historia, una comprensión no reduccionista del desarrollo humano pueden significar que la presencia humanista en el mundo público contribuya a consolidar a la política como una auténtica actividad de servicio a las personas, por sobre la mera conservación del poder. Solo eso ya constituiría un gran aporte de los intelectuales a la política práctica.