José Antonio Sentís | Miércoles 15 de enero de 2014
La “pillada” al presidente de Francia, François Hollande, no es tanta noticia por la infidelidad, sino por el exceso de confianza en que no sería descubierto. Supongo que no debió acordarse de sus ilustres predecesores que alimentaron mucha diversión ciudadana, como Clinton, y se creyó impune. Y tal vez piensa ahora que, de todas formas, no pasa nada, porque “los asuntos privados se resuelven en privado”, como ha declarado solemnemente. Pero ya veremos, porque la política es cosa de humanos, y a ver quién es el guapo que puede decidir los asuntos de su Nación con una señora esperándole en casa con el rodillo de amasar.
Pero, bueno, esos son cosas que pasan en todos los países. En España también, y obviamente no me refiero a su presidente actual, que bastante tiene con torear la crisis como puede, y bastante perplejo debe estar con su propio partido, donde no pocos andan zascandileando e incluso alguno ha decidido ponerle los cuernos. Porque aquí, ahora, las infidelidades son políticas. Las otras sí que se suelen tomar como asuntos privados, lo que no sé si es bueno o malo, pero es.
Pero quienes se llevan la palma de las infidelidades políticas sí parecen ser los españoles, tomados en su conjunto. Una reciente encuesta (de Metroscopia) apunta que los electores tienen una fidelidad declarada al partido que votaron manifiestamente mejorable. Según esos datos (que, aunque puedan tener margen de error sí indican tendencia), al PP sólo le quedan como fieles el 41 por ciento de quienes le votaron. El PSOE sale algo mejor parado, pues le queda un 44 por ciento leal a su voto. UPyD, por ejemplo, conserva el 43 por ciento, y el mayor “éxito” lo tiene Izquierda Unida, a la que le volvería a votar el 52 por ciento de quienes lo hicieron.
En pocas palabras, los grandes partidos pueden temer que más de la mitad de sus electores se ha buscado un asuntillo en un picadero electoral, lo que no sé si les causará depresión o les dará igual (porque tampoco los grandes partidos parecen demasiado fieles en sentido riguroso a sus votos electorales).
La cosa es para pensarlo. No tanto porque tenga repercusión decisiva en los siguientes resultados electorales, porque muchos votantes regresan al hogar después de sus aventuras pasajeras, pero sí es interesante reflexionar sobre el propio hecho de la militancia ideológica y su representación política a través de los partidos.
Lo que dicen los datos demoscópicos es que hay poco más de un cuarenta por ciento en PP y PSOE que “son” de PP y PSOE. Y hay más de un 50 por ciento que “están” en esos partidos, según se desenvuelvan los acontecimientos. Que el voto es cada vez más mudable, más relacionado con el interés o con el cabreo, y menos ideologizado.
No es cuestión de hacer una serie completa, pero de confirmarse estos apuntes sociométricos, la novedad mayor es la poca fidelidad demostrada en la encuesta hacia el PP, que ha podido ganar o no, pero ha tenido resultados estables desde la etapa de Aznar (más de veinte años ya). Los socialistas, sin embargo, han visto oscilaciones tremendas en su electorado, donde perfectamente podía recibir el apoyo de once millones de españoles para quedarse en siete en apenas cuatro años. Y volver a los once en otros pocos años más.
¿Se están buscando amantes políticos los españoles? Ésa puede ser quizá una clave de la compulsión de los últimos años para crear partidos políticos (y otras asociaciones). Este mismo jueves, un disidente del PP, Santiago Abascal, junto con otro significado militante, Ortega Lara, ha decidido crear un nuevo partido que se presenta este jueves. No hace demasiado, Albert Rivera empezó la aventura de Ciudadanos, y Rosa Díez (a quien parece que también la empiezan a torear sus votantes) la suya. Incluso un personaje curioso, expuesto como el rojo antisistrema oficial por las cadenas televisivas de derecha, de nombre Pablo Iglesias, parece también pretender su propia plataforma política.
Hay desamor, como se ve, en la política española. El idilio de la Transición ha envejecido con los años. Los nacionalistas que juraron sus promesas ante el altar constitucional se han buscado líos que les rejuvenecieran. Algunos se han querido quitar por esa vía tantos años que dicen que nacieron en 1714. Y, por su parte, la ciudadanía se ha descreído tanto que le da igual que la pillen en un apartamento clandestino en la calle del Circo, como a Hollande, y prefiere irse de farra que confiar en la política, aunque después de la juerga venga una resaca fenomenal.
Desconozco si estos síntomas son coyunturales o estructurales. Más bien me inclino a pensar en lo primero, y que después de un desahogo (“¡jamás volveré a votar a Rajoy!”), como seguro que han oído ustedes a algún amigo, incluso a lo mejor lo han dicho) al final, para el electorado del PP será tal la angustia ante el eventual regreso del PSOE que apoyará al PP, aunque no le guste todo lo que haga. Y eso vale, sensu contrario, para quienes hayan abjurado del PSOE después de la apoteosis zapateril.
Pero, aunque eso pase, que es lo previsible, lo que parece evidente es que muchos españoles se han liado la manta a la cabeza y se han buscado un apaño en estos tiempos de cólera. Veremos luego, en los resultados electorales, si ha sido un asunto privado que se resolverá en privado, como sostiene el presidente francés, o si es un escándalo público que se transforma en vuelco político determinante para la fragmentación de España.
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