Opinión

Errores en Ucrania

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 18 de enero de 2014
El 21 de noviembre de 2013 comenzaron las protestas denominadas “europeístas” en la plaza Maidan de Kiev. La aparente imagen de espontaneidad de los primeros días ha ido cediendo ante la realidad de un movimiento muy organizado. El despliegue de medios logísticos y humanos, la seguridad de la acampada y, sobre todo, los recursos de comunicación persuasiva de que han dispuesto los manifestantes acampados confirman que se trata de un movimiento con líderes, recursos y estrategia. Lo que ocurre en Ucrania recuerda más a las revoluciones de colores que ya hemos visto en otros países que a la protesta de unos miles de ciudadanos indignados que estalla por un determinado incidente.

Un Estado ejerce el monopolio de la fuerza y dispone de recursos para defenderse. En Ucrania, el país está dividido entre una parte nacionalista, que se siente europea occidental y próxima a la Unión Europea; y otra parte prorrusa, europea oriental, cuyos vínculos con Moscú superan lo económico y se adentran en la memoria de las familias. La historia de Rusia, Ucrania y la URSS son inseparables. Un intento de derribar al Gobierno solo podía provocar un endurecimiento de la legislación y la adopción de medidas defensivas frente a la revuelta.

En su primera sesión este año, el pasado 14 de enero, el Parlamento ucraniano ha aprobado la tramitación de normas que aumentan el control sobre las organizaciones que reciben fondos del extranjero. En esto, sigue el ejemplo ruso, que ya exigió desde hace varios años que las asociaciones, fundaciones y, en general, ONG que reciban fondos de otros países se registren como “agentes extranjeros” de modo que estén sometidas a control. Junto a esto, aumentan las sanciones penales y administrativas contra medios de comunicación y activismo a través de internet por diversas actividades de comunicación y propaganda. En general, las actividades que puedan producir una desestabilización del Estado –desde ciertas formas de acción directa hasta la posesión de “materiales extremistas”- sufren una sanción penal que a veces se acumula a la administrativa.

Ahora bien, durante un mes y medio los manifestantes han echado un pulso al Gobierno a través de protestas que pueden ser legítimas pero que ya no son espontáneas. Desde Sakashvili –el expresidente georgiano- hasta Jaroslav Kaczynski, pasando por George Clooney han apoyado a los manifestantes. Se han aplicado todas las técnicas de desobediencia civil, resistencia pasiva, propaganda y agitación que ya hemos visto a lo largo de más de una década desde la aparición del movimiento Otpor en Serbia hasta las Primaveras Árabes.

Uno de los pecados que jamás puede cometer un político es ser iluso. Desde el momento en que la protesta en Maidan se estabilizó con un campamento, una masa desplegada y una formidable estrategia de relaciones públicas, era evidente que no se trataba solo del acercamiento a Europa sino de una lucha por el poder y la legitimidad política. Por eso, el Gobierno, junto a medidas de represión policial, ha tenido que recurrir a contramanifestaciones –con desiguales resultados- y medidas legales de excepción.

La pregunta sobre quién está detrás del movimiento de Euromaidan es compleja y tal vez pueda ir respondiéndose en el futuro. Desde luego, en la gestión política de las protestas se han cometido varios errores. El mayor de ellos han sido los abusos y la violencia contra los manifestantes. Por otra parte, alimentar el descontento social y la movilización callejera en lugar de encauzarlo hacia las instituciones ha terminado produciendo un efecto perverso, al menos a corto plazo. Quienquiera que esté tras Euromaidan –y ojalá solo hubiese la voluntad de los ciudadanos- está haciéndoles un flaco favor a los ucranianos. La protesta ya ha ganado la visibilidad que sus organizadores querían. Ya tiene apoyos internacionales. Es el momento de que las instituciones hagan su trabajo.

Sin duda, en Ucrania hay una crisis política pero la forma de resolverla no es la toma de las calles ni la desestabilización. El Gobierno goza del apoyo del 50% de los ciudadanos. Algunas encuestas le dan incluso más pero en todo caso no carece de apoyo popular. Impulsar la confrontación entre opositores y defensores del gobierno solo agravará la situación en Ucrania.