Opinión

Un chatarrero en la crisis

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 18 de enero de 2014
En redor del Km2 quizá más adensado de la historia española, es decir, de la de Occidente, se extiende una calle denominada con sabor de tiempos de reconquistas e ideales, esto es, antañón y demodé. Por ella, comenzada la mañana esplendente de un reciente día otoñal, un chatarrero metido en años pero no viejo pregonaba animoso y tronitonante las mercancías varias que, desechadas, deseaba recoger en su desvencijado carrito. Invariablemente, su salmodia concluía con un apenas e inesperado “mi alma”, y, a las veces, con la expresión “… y el Gobierno no da trabajo. Dicha frase estaba lejos, sin embargo, de semejarse a la estereotipada italiana “porco goberno”, al ser emitida sin tono alguno contestatario o quejoso para el desconcierto y pasmo de los escasos viandantes que circulaban por la recoleta calle de la histórica ciudad.. A la vista y escucha del personaje y sus decires, los transeúntes no podían ocultar su estupefacción y dolor. En medio del estridor mediático y el tábido clima de corruptelas y acusaciones de despilfarro y sobresueldos un pobre casi de solemnidad manifestaba, con toda dignidad, su angustia cósmica frente al desamparo gobernante.

No lejos del escenario en cuestión, dirigentes edilicios y autonómicos se aprestaban por la misma hora a intentar resolver con la mejor voluntad de acierto algunos de los problemas que dificultan el avance, siquiera tardígrado, de la colectividad española por los caminos de progreso y modernización inexcusables. Personas todas responsables y de rectitud de miras, es seguro que aquel día, como en el resto del calendario político, casos semejantes y aun más excruciantes que el del chatarrero sevillano aguijoneaban su conciencia para cumplir con la entrega más indesmayable a su misión y funciones.

Sino que entre los grandes números, las macromagnitudes de deudas y déficits, inversiones y proyectos de mareantes cifras es muy presumible que mandatarios y líderes releguen a un plano menor las angustias y desazón de los numerosos de sus conciudadanos que, cotidianamente y a lo largo de todo el país, esperan de los renglones genesíacos de gacetas regionales y nacionales una respuesta eficaz a su terebrante impotencia.

Más allá de pleitos partidistas y controversias banderizas, habrá de creer que los rectores de nuestra vida pública encuentren el mínimo sosiego y concordia indispensable para aproximarse tangiblemente a las múltiples gentes que tienen depositadas en su actuación las últimas esperanzas de redención económica y social. Claro es que sin el respaldo igualmente visible e incondicional de todos los estratos de la comunidad española el trabajo de sus representantes políticos no irá adelante. A título individual el abajo firmante se lo otorga con exigida e ineludible modestia, mas con el ardor requerido por la más noble de las causas: la solidaridad con la indigencia y la infirmidad.