Opinión

Estado de derecho

Santiago López Castillo | Domingo 19 de enero de 2014
Miren: cada vez que me mido el sentido común entiendo menos. Todos aluden al Estado de Derecho como el que pudiera reconocerse sentado o muerto. Sin descontar latiguillos como “nosotros, los demócratas”, “los derechos” -siempre de la izquierda-, “la libertad de expresión”, bla, bla, bla. De modo que mi cacumen no da para más. O sea, que servidor, por ejemplo, a punto del suicido (en el franquismo era eufemísticamente “quitarse la vida”) es atacado por unos vándalos, la policía los detiene y luego va un juez y los saca por la puerta de atrás (los que entran y salen por la de delante suelen ser de cuello blanco, según fuere el pescuezo de su señoría: “de para la democracia” o de Francisco de Vitoria, éstos fachas de mierda.

-¿Pero no puede haber jueces sin calificativos…? Concréteme.

Todo está politizado, amigo. Depende del partido político que mande. Con el correr de los tiempos estoy con Alfonso Guerra. Que dijo que Montesquieu había muerto. Y bien muerto. R. I. P. No hay que ser lumbrera para afirmar que esto es una partitocracia y no una democracia. Las principales formaciones políticas viven encantadas con haberse conocido y gozando con las prebendas que son consustanciales al poder y a la oposición.

- Luego usted está a favor de los indignados del 15-M.

Sí, y no. Sí, en cuanto los partidos se miran más el ombligo que se fijan en las cuestiones domésticas del ciudadano (lo del pueblo me suena a rancio y a Cafrune, que se bajaba de un cadillac y entraba en los pueblos en borriquillo como un domingo de ramos), y estoy en contra de la violencia, venga de dónde venga, porque no es método para crear un estado de opinión. Madrid, sirva como dato, registró más de un millón de manifestaciones en 2013, el manifestrónomo de la Villa y Corte. Lo último -se agolpan los últimos porque quieren ser los primeros- ha sido Burgos. Provincia excelente por su morcilla y recordada, además de su frío, por el Consejo de Burgos contra ETA, general García-Rebull, juicio en que Franco fue magnánimo contra los asesinos. A este respecto, el militar me dijo en aquellos días: “No me arrepiento. Estaba al servicio de España”.

“- ¿Durmió tranquilo…?”
“- Totalmente, cumplí con mi deber. Ante todo, España”.

Bueno, pues España, o lo que quede de ella, está en descomposición. La izquierda -así se manifiesta por las redes sociales, que llaman- está dispuesta a imponer su santa voluntad, un decir, que no consiguió en las urnas. Lo de siempre. No alcanzo a entender que cualquier país democrático como EE. UU., Francia, Gran Bretaña o Alemania, los agentes de la autoridad fueran insultados o agredidos y los belicosos se fueran de rositas. O que quemen la bandera nacional y el retrato del Jefe del Estado. España no es diferente, es jauja. Es paraíso de delincuentes, de asesinos, de terroristas. El Estado es la suprema autoridad sobre la población y el territorio. Tanto en el orden interno (establecer las leyes y hacerlas cumplir) como en el externo, o lo que es igual, independencia y libertad de intromisiones y control por parte de otros Estados, con su ordenamiento jurídico y órganos de gobierno.

Pues nada. Cataluña se levanta en armas, Vascongadas le sigue, cumple con la llamada hoja de ruta y es experimento para la revolución en Burgos: “¡Proletarios, uníos!” Con un Cid muerto de frío.

“Miserable estado de un reino cuando los pareceres no se atreven a salir en público con los nombres de los autores. Más miserable es el que de tal es causa”. Quevedo. ¿Les suena?