Opinión

El año político en Estados Unidos

Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 19 de enero de 2014
Al comienzo del presente año conviene asomarnos al que, guste o no, es el actual “hegemon” mundial, pues lo que allí suceda tendrá sin duda una importante repercusión en el resto del planeta. Particularmente, 2014 será un año muy interesante en un sistema político como el americano que, puentes aparte, es una de los más dinámicos y vigorosos del espectro de democracias contemporáneas.

El Presidente Obama afronta su sexto año de mandato ante importantes desafíos. Innegablemente, su presidencia es histórica por lo que ha significado su propia llegada al poder, pero, más allá de ello, el exsenador por Illinois quiere dejar un legado tangible, inquietud, por lo demás, muy común en el segundo mandato de los gobernantes estadounidenses. Y el actual Presidente tiene prisa, pues es consciente de que las “midtermelections” de noviembre pueden convertirle anticipadamente en un “pato cojo”, disminuyendo sensiblemente su margen de maniobra. 2013 ha sido un año duro para Obama, con numerosas controversias y fracasos que han disminuido de forma considerable su popularidad (caso Snowden, espionaje de la NSA, instrumentalización política de la Agencia Tributaria, problemas con la reforma sanitaria, crisis de Siria…), pero si por algo se distingue la política americana es por dar margen y permitir recuperaciones cuasi milagrosas de políticos en serias dificultades (caso de Clinton tras los importantes desgastes iniciales).

En el plano interno, cabe destacar la estimable recuperación de la principal economía del mundo, con un crecimiento muy significativo durante el pasado año. Con todo, será el denominado Obamacarela clave esencial para la valoración final que la Historia haga del cuadragésimo cuarto presidente de la República fundada hace ahora 238 años. Los evidentes problemas en su inicial aplicación han sido muy dañinos para el prestigio presidencial, lo que hace prever que Obama priorizará esta cuestión. La agenda interior tiene otros hitos destacados como el techo de deuda, la reforma migratoria, el salario mínimo o el control de armas, pero, salvo en el primer aspecto citado, son pocas las posibilidades de que el Presidente consiga culminar su programa con éxito.

Presumiblemente (como, de otro lado, ha sido lo habitual en el último mandato de un Presidente) será en el ámbito internacional en donde se vuelquen la mayor parte de las energías del actual ocupante de la Casa Blanca. Y, al margen de otros importantes escenarios (caso del Pacífico asiático), Oriente Medio será, una vez más, el tablero de juego en donde se decida la partida. El propio Obama lo ha decidido así con sus aciertos y errores. Ciertamente, los vaivenes norteamericanos en la crisis siria (a los que cabría añadir la complicada salida de Afganistán) compelen al Presidente, al país entero, a recuperar la credibilidad perdida. Los esfuerzos de la diplomacia de Washington se centran en la consecución de un acuerdo, por mínimo que sea, entre Israel y la Autoridad Palestina que sitúe a Obama como un nuevo Carter. La misión se antoja difícil. Pero, sin duda alguna, ha sido el restablecimiento de las “relaciones” con Irán la gran apuesta obamiana, inesperada (con todo, un autor como Friedman ya había recomendado hace tres años tal línea de actuación) y magistral, en la senda del acercamiento nixoniano a China de 1972. Una “realpolitik” brillante y no exenta de riesgos, pues supone una alteración profunda de las tradicionales alianzas y del “equilibrio” de fuerzas en la zona, cuyas últimas consecuencias aún no podemos adivinar. Sólo el tiempo nos dirá si el resultado ha sido “doble o nada”.

El otro gran polo de poder en Estados Unidos, el Congreso, vivirá un año apasionante, marcado por la cita con las urnas del 4 de noviembre. La agenda legislativa no se presume tan intensa como en pasados períodos, al margen de los típicos “porkbarrelbills” (proyectos de carácter particularmente local presentados por congresistas con el fin de beneficiar a sus circunscripciones) previos a unas elecciones. En cualquier caso, dentro de pocas fechas asistiremos a la enésima batalla acerca del incremento del techo de la deuda pública. Todo hace presumir que las aguas se han calmado tras el acuerdo presupuestario del mes de diciembre. Ciertamente, los congresistas republicanos (principalmente en la Cámara de Representantes) intentarán arrancar compromisos de reducción del gasto, pero, de otro lado, la experiencia del “shutdown” o cierre de octubre hace que quepa vaticinar que no se cargarán las tintas en esta ocasión, máxime cuando las perspectivas electorales del partido del elefante son alentadoras para ellos.

Históricamente los comicios de medio mandato, especialmente los habidos durante el segundo mandato presidencial, han sido desfavorables para el partido coincidente con el del jefe del ejecutivo. Así, sufrieron importantes correctivos en su sexto año Eisenhower, Lyndon Johnson, Nixon-Ford, Reagan y Bush hijo (entre las escasas excepciones figura Clinton), y en algunos casos de los citados (1966 y 1986) incluso coincidiendo con altos porcentajes de crecimiento económico. En esta ocasión, los pronósticos apuntan a una revalidación de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y un importante repunte de este partido en el Senado del que, como es sabido, se renueva una tercera parte. Este último se configura como el objeto de todas las miradas, ya que puede llegar a producirse un cambio de mayoría en dicha Cámara. De los escaños a renovar, los demócratas defienden 21, mientras que los republicanos 14, bastándoles a estos últimos arrebatar 6 a los primeros para alcanzar la hegemonía en el Senado (a día de hoy, existen posibilidades de que los republicanos ganen diez actualmente ocupados por demócratas). De materializarse estos pronósticos asistiríamos a una nueva ocasión en la que un Presidente ha de convivir con dos Cámaras adversas (así le ocurrió, por citar el ejemplo más reciente, a Bush “43” en sus dos últimos años de mandato).

Finalmente, no podemos olvidarnos de la tercera pieza maestra del juego de poder en Washington: el Tribunal Supremo. Tras dos años muy convulsos como consecuencia de la “espectacularidad” de algunas de las controversias decididas por la Corte (reforma sanitaria o matrimonio homosexual son buenos ejemplos de ello) el octavo año de la presidencia Roberts se antoja algo más calmo. Con todo, el Tribunal afronta casos importantes. Así, cabe citar en primer término, las decisiones que habrán de afectar al equilibrio de poderes entre la Casa Blanca y Capitol Hill, con cuestiones como las facultades presidenciales para nombrar cargos durante los recesos del Senado (National Labor Relations Board contra Noel Canning) o la competencia del Congreso sobre tratados internacionales (Bond contra Estados Unidos). En el propio orden jurisdiccional se espera una trascendental decisión sobre los jueces de quiebras, quienes, como los de inmigración, al no ser confirmados por el Senado, sólo ejercen poderes jurisdiccionales en circunstancias limitadas (Executive Benefits Insurance Agency contra Arkinson). Por último, el denominado debate cultural y los derechos fundamentales también, como es obvio, serán objeto de importantes pronunciamientos por parte de la Corte, en cuestiones tales como las limitaciones de manifestaciones ante clínicas abortivas (McCullen contra Coakley), la discriminación positiva (Schuette contra la Coalición de Defensa de la Acción Afirmativa o Mount Holly contra Mount Holly Gardens Citizens in Action) o los derechos del detenido-procesado (Kansas contra Cheever).

En definitiva, doce meses muy intensos en la “Roma” de nuestros días. Más allá de las vicisitudes concretas, muchas de ellas de efímero alcance, habrá que estar atentos para detectar las corrientes más profundas que habrán de influir en el devenir histórico mundial. Nada de lo que suceda en los apenas tres kilómetros en los que se concentran las instituciones referidas nos será indiferente.