Lunes 20 de enero de 2014
Las autoridades egipcias hacían públicos este pasado fin de semana los resultados oficiales del referéndum constitucional. Más allá de la abrumadora -y descontada- victoria del “sí” por un 98,1 por ciento, el dato que realmente contaba no ha sido positivo para los intereses oficiales. Así, con una participación cercana al 38 por ciento, no puede decirse que la nueva Carta Magna nazca con una cuota suficiente de refrendo. Es superior a la anterior promulgada por los islamistas -apenas un 32 por ciento-, pero no basta.
Una lectura optimista invitaría a pensar que es mejor que nada, y que al menos ahora ya hay una base sobre la que construir el nuevo Egipto. Por un lado, quedan prohibidos los partidos religiosos y se toman medidas para evitar la proliferación del integrismo; aspectos positivos ambos. No lo es, en cambio, el blindaje castrense que acarrea la nueva Constitución, ya que se concede la potestad al ejército para elegir a su propio ministro y permanece la competencia de los tribunales militares en determinados “delitos” cometidos por civiles, todo un aviso a navegantes de que las fuerzas armadas conservarán intacto todo su poder.
Ahora, además, los egipcios deberán afrontar el reto de dos nuevos comicios, presidenciales y legislativos. Todo hace presagiar que el general Abdelfatah al Sisi, actual hombre fuerte del país, presentará su candidatura. Y si, como parece, obtiene la victoria, tendrá que convertirse en el presidente de todos los egipcios, islamistas incluidos. La represión que llevo a cabo su predecesor durante décadas, el también general Hosni Mubarak no logró erradicar el problema que hoy encarnan salafistas y Hermanos Musulmanes. Ese es, a día de hoy, uno de los principales escollos para el progreso de Egipto.
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