Éste fue el comienzo del recrudecimiento de la lucha entre Hamás e Israel, que como consecuencia de la violenta toma de Gaza, decidió sellar los pasos fronterizos, cortar la ayuda humanitaria y evitar que nadie saliera ni entrara de la Franja sin su consentimiento. Asimismo, la comunidad internacional impuso un severo bloqueo económico que sólo será levantado si Hamás reconoce al Estado de Israel, alcanza un acuerdo de entendimiento con Fatal y abandona la violencia como método para lograr un Estado Palestino que ocupe Israel, Gaza y Cisjordania.
Si bien es cierto que desde su fundación en 1987 -cinco días después del comienzo de la primera Intimada- Hamás no ha detenido sus despiadados ataques contra la población civil israelí mediante distintos métodos como los suicidas bombas, el conflicto se encuentra ahora en un estado crítico. Las medidas de seguridad israelíes impiden a los milicianos de Hamás actuar con impunidad en Israel, sin embargo, dedican todos sus esfuerzos a diezmar la moral israelí, a tratar de desestabilizar el país y a sembrar el pánico entre sus habitantes.
Desde junio de 2007, y debido a la toma por la fuerza de Gaza que causó un total de X muertos, la línea que separa Gaza de territorio israelí luce fuertemente amurallada con un intensísimo control militar y cerrado el acceso al otro lado de la frontera. Así permanecerá hasta que los líderes de Hamas decidan aceptar las tres condiciones impuestas. El bloqueo ha agravado enormemente la crisis humanitaria que ya asolaba Gaza antes de la subida al poder del grupo terrorista islámico.
El 60 por ciento de la población de la Franja vive en extrema pobreza y depende por completo del flujo energético de Israel y de la ayuda externa, así como de las instalaciones sanitarias israelíes, ampliamente superiores en capacidad tecnológica y en recursos humanos. Si bien es cierto que un puñado de afortunados logran pasar con cuentagotas y durante un tiempo limitado, la desesperante lista de espera crece cada día y muchos enfermos terminales pierden la vida antes de lograr el permiso de entrada en el país hebreo. En ocasiones, cuando Israel recrudece el bloqueo, ni las Organizaciones por los Derechos Humanos se ven capacitadas para desempeñar su labor por falta de combustible.
La situación llegó en enero a su nivel más crítico cuando, en respuesta a los ataques terroristas de Hamas –cerca de 150 cohetes habían aterrizado en suelo israelí en menos de una semana-, Israel impuso el bloqueo más estricto a la Franja de Gaza desde que su gobierno fuera arrebatado a la Autoridad Palestina de Mahmoud Abbas. Quedó cerrada por tierra, mar y aire. Los bienes básicos comenzaron a escasear, gran parte de las viviendas quedaron sin electricidad, no había combustible y la preocupada comunidad internacional alertó de la grave crisis humanitaria que el bloqueo israelí había causado a la población de Gaza. Pero Israel hizo oídos sordos. Hamás, en un acto de demostración de poder y autonomía, detonó la única parte de la frontera con Egipto para permitir a la gente adentrarse en ese país con el fin de obtener los bienes necesarios para sobrevivir.
Acto que fue visto por los palestinos de la Franja como heroico por su significado: “no sucumbiremos por muy injustos que sean con nosotros”, aunque no por ello fuera más legitimo. La insostenibilidad de la situación llevó a centenares de miles de palestinos a atravesar la frontera por los boquetes que había hecho hamas para llegar a la ciudad egipcia de Rafah-. Algunos temen que todo fuera una estrategia de Hamas para fortalecer su poder y dañar la imagen de Israel, su eterno enemigo. Y lo consiguieron.
Israel se convirtió en un monstruo capaz de dejar morir de hambre a gente por unos estúpidos cohetes. Es más, estuvo a punto de lanzar una ofensiva a gran escala para destruir la amenaza terrorista sin tener en cuenta las consecuencias que acarrearía. De hecho la llevó a cabo de alguna forma. En una semana, 150 palestinos murieron, nosecuantos de ellos, presuntos milicianos.
Pero lo más doloroso para los habitantes de la pequeña región palestina bañada por el Mediterráneo al suroeste de Israel no es el hambre. Ese pueblo, acostumbrado a la falta de alimento y a luchar en condiciones extremas, sufre prácticamente a diario incursiones armadas por parte del Ejército israelí y bombardeos de las Fuerzas Aéreas hebreas (ISAF), que bañan de sangre aquel desértico lugar.
Ofensivas con un resultado invariable. Decenas de presuntos terroristas dejan de suponer una amenaza. Algunas personas inocentes pierden la oportunidad de vivir en un lugar mejor o en un momento menos dramático. Son los llamados “daños colaterales”. Unos, los “mártires”, bravos luchadores corrompidos por el fanatismo y el odio antisemita. Otros, vidas inocentes, que no llegan, en muchos casos, a los diez años de edad. Muertes innecesarias que el gobierno israelí se ve obligado a lamentar.
Sin embargo, es más que probable que, si los numerosos miembros de las Brigadas Izz ad Din Al Qassam, el brazo armado de Hamas, abandonaran la violencia, Israel cesara sus ataques. Si la población de la castigada Sderot, asediada por una constante lluvia de proyectiles de mortero y cohetes de fabricación casera, pudiera respirar tranquila, el Ejército israelí detendría sus ofensivas. Pero no parece ese momento vaya a llegar. Ni siquiera a largo plazo.
Cada acción de Israel alimenta las ansias de venganza de los responsables de gran parte de las miserias que consumen a los habitantes de Gaza. Cada corte de electricidad, cada vez que Israel intensifica el bloqueo o que se niega a permitir la llegada de ayuda humanitaria, Hamas refuerza su posición. Cada motivo que le sea dado para justificar la violencia será bienvenido. Una mera excusa, en definitiva, para seguir alimentando la espiral de violencia. Para asesinar personas inocentes.
Pero en este caso, el orden de los factores sí altera el producto. Los hombres armados de Hamas no bombardean Israel como respuesta a las injusticias cometidas por el Estado hebreo. Es el Ejército de ese país el que ataca a los terroristas de Hamas en represalia al incesante lanzamiento de cohetes Qassam –rara vez cuentan con misiles Katyusa- contra su territorio. Como castigo al terrorismo que trata de desestabilizar a su nación. Como advertencia de lo que son capaces de hacer si la violencia no cesa. Por desgracia, las palabras no valen y la muerte no basta.
El mundo entero tiene fijados los ojos en el conflicto palestino-israelí. Parece que Israel está en guerra. Pero no es así. Resulta preciso comprender la naturaleza de cada una de las muertes que éste ocasiona. Los ataques indiscriminados con cohetes contra territorio israelí son, en definitiva, una sucesión de actos de violencia con la intención de aterrorizar a la población civil y coaccionar al gobierno hebreo. El odio étnico, religioso y político fundamenta esta violencia y los seguidores de la organización fundamentalista disponen de armas para poner en peligro la vida o la integridad de un número indeterminado de personas. Son, por tanto, ataques terroristas.
Sin embargo, y a pesar de los errores de cálculo que se cometen en ellas, las incursiones hebreas en Gaza, para muchos abusivas, tienen lugar como respuesta a esos ataques, con el claro objetivo de derrotar a los terroristas que atentan contra su nación. Los objetivos israelíes están determinados antes de cada ofensiva en territorio palestino, sin embargo, Hamás lanza decenas de cohetes a la semana con el fin de causar el mayor número de bajas posibles en el enemigo. No importa si mueren niños o mujeres ancianas pero es mejor si 40 soldados israelíes resultan heridos por un cohete que aterriza, mientras duermen, en una base militar que si provocan únicamente daños materiales.
No se trata de una lucha igualada. Unos reivindican violentamente algo que no van a lograr, mientras que otros defienden su integridad territorial con métodos militares. Cuestión de capacidad, sin duda. Porque ¿Cuántos israelíes morirían si los terroristas de Hamás tuvieran libre acceso a territorio judío? ¿Cuántos si tuvieran la posibilidad de entrar en cualquier ciudad israelí con un lanzagranadas, tanques, o un cinturón de explosivos listo para ser detonado?