Viernes 31 de enero de 2014
La recién concluida cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrada en La Habana, se cerró con declaraciones genéricas de buena voluntad y con una única consecuencia política efectiva y constatable: la recuperación y fortalecimiento diplomático del país anfitrión: Cuba. Con arreglo a los principios fundacionales de la CELAC, los veintinueve mandatarios de Hispanoamérica reunidos en la isla caribeña proclamaron su intención de renunciar al uso de la fuerza de la región, impulsar su integración y combatir las grandes bolsas de pobreza y desigualdad que persisten en el área pese al notable crecimiento del último lustro. Declaración que se decanta hacia el ámbito de la enumeración de propósitos de buena fe, pomposos y retóricos, pero carentes de ningún mecanismo común que los articule. Los jefes de Gobierno de la Alianza del Pacífico, como Chile, Perú, Colombia, y México, subrayaron la necesidad del libre comercio, el aumento de la competitividad y la creación de condiciones favorables para la llegada de capitales, con el fin de alcanzar esos objetivos, mientras que los representantes de la Alianza Bolivariana señalaron la intervención estatal y la lucha anticolonialista como instrumentos básicos para cumplir las mismas metas. Bajo la impecable cortesía diplomática, visiones y líneas políticas antagónicas casi imposibles de armonizar en una verdadera acción común.
En la esfera diplomática, sí se percibió una sintonía sin fisuras en condenar el aislamiento de Cuba por parte de Estados Unidos. Igual compenetración sin grieta alguna discordante se produjo al silenciar todos ellos cualquier crítica a la violación de los Derechos Humanos por el régimen castrista, cuestión ante la que hubo un compartido muro de silencio. Hecho particularmente hiriente si tenemos en cuenta las declaraciones de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, que denunció un recrudecimiento de la violencia política ejercida por las autoridades cubanas contra opositores. Intimidaciones, amenazas, detenciones arbitrarias o arrestos domiciliarios generalizados han sido la tónica común vivida durante la preparación y desarrollo de la cumbre. Una realidad ante la que los mandatarios se han puesto la venda en los ojos como si no hubiera disidentes perseguidos a los que enviar la más mínima palabra de aliento. El señuelo de posibles grandes inversiones en la isla está actuando como una mordaza de dudosa entidad moral autoimpuesta en la boca de numerosas cancillerías. Excluida de organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), la dictadura cubana ha encontrada así una astuta vía para fortalecerse.
Algo que socava, en última instancia, los cimientos de la propia CELAC. Acertó el presidente chileno, Sebastián Piñera, cuando argumentó que una auténtica paz debe sustentarse en la libertad, la democracia, la justicia y el respeto a los Derechos Humanos. Cuando estos principios no se promueven entre sus miembros, como acaba de suceder en La Habana, se resta un sustancial crédito político a las grandes proclamas.
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