Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 01 de febrero de 2014
En este año2014, se conmemoran los 100 años del estallido de la Primera Guerra Mundial, que cambió por completo la faz de Europa y se llevó por delante tres imperios: el ruso, el alemán y el austro-húngaro. El detonante fue el asesinato aquel 28 de junio de 1914 del heredero del Imperio de los Habsburgo Francisco Fernando en Sarajevo a manos de Gavrilo Princip, un joven cuyo nombre se recuerda aún hoy desde la frontera con Hungría hasta los enclaves serbios de Kosovo. Un amigo me advirtió un detalle interesante: durante su cautiverio, Princip habla sobre todo de dos asuntos: la lucha contra los Habsburgo y la creación de un Estado para todos los eslavos del Sur, es decir, Yugoslavia. Lo sabemos por las notas que su médico fue tomando sobre las conversaciones que mantenían. No habla de la Gran Serbia ni del dominio de los serbios sobre los demás, sino de la independencia de todos ellos del poder de Viena y Budapest, que sentían ajeno. Por eso, no tengo tan claro que la figura de Princip se pueda despachar resumiéndolo como un “nacionalista serbio”.
Así, la historia de Europa es incomprensible sin Serbia y –en general- sin esa comunidad cultural a la que se llama “Nas prostor”, nuestro espacio, y que sigue existiendo en la lengua, las referencias culturales y la memoria. He aquí lo que sobrevivió a las guerras de Yugoslavia (1991-2001), que sumieron la región en un baño de sangre. Otro día hablaremos de esas guerras porque a medida que se vayan abriendo archivos y conociendo testimonios probablemente muchas de nuestras ideas cambiarán.
Al comenzar el siglo XXI, Serbia tenía ante sí varios desafíos y problemas. Ustedes recordarán que Serbia –durante más de una década- fue noticia por los conflictos, los criminales de guerra y las secesiones territoriales de Yugoslavia primero y de la propia Serbia después. Algunos medios de comunicación sólo de preocupaban de Serbia cuando su nombre se asociaba a la muerte, a la violencia y a la destrucción. Las víctimas serbias simplemente eran invisibles en la mayoría de los informativos y los reportajes. La verdad es que para muchos era inevitable pensar que los serbios se merecían lo que les pasase. A fin de cuentas, bastaba recurrir al tópico “los Balcanes son así” para soslayar las agresiones, las injusticias, las humillaciones y la destrucción de un país por medio de la guerra. Aún siguen sufriéndose las consecuencias de los 78 días de bombardeos sobre Serbia y Montenegro.
Hoy Serbia tiene una tasa de paro de aproximadamente un 25%, una recesión que se prolonga ya años y un contencioso territorial sobre su propia integridad como Estado. El inicio el pasado 21 de enero de las conversaciones para que Serbia se incorpore a la Unión Europea –como ya lo están Eslovenia y Croacia- ha puesto en primer término la cuestión de Kosovo. Se exige a los serbios el reconocimiento de la pérdida de una de sus provincias –aproximadamente un 15% del territorio- a cambio de incorporarse a un selecto club al que pertenecen Alemania, Austria, Hungría, es decir, los países que durante décadas han tratado de convertir los Balcanes en su esfera de influencia.
Serbia cooperó con La Haya y detuvo a los dos criminales de guerra más buscados: Radovan Karadzic y Ratko Mladic. Ha venido acometiendo desde comienzos de este siglo un formidable esfuerzo uniformador de su Derecho y sus instituciones desde los seguros hasta la normativa universitaria. Ha creado un entorno favorable a la inversión extranjera y ha tendido lazos comerciales con todo el mundo. España ha tenido ocasiones realmente favorables en el país que las empresas españolas no siempre han sabido aprovechar. Serbia sigue peleando, a la vez, contra la crisis económica y contra los estereotipos construidos por otros.
El Presidente de la República, Nikolic, ha convocado elecciones para el día 16 de marzo a petición del Primer Ministro Dacic. La coalición de gobierno entre los socialistas y el Partido Progresista Serbio se ha roto y el gran favorito es el político más popular del país: Vucic. Jurista, con una experiencia política de unos veinte años, ha pasado del Partido Radical Serbio al partido Progresista y hoy lidera las encuestas con un discurso que subraya la importancia de avanzar en las reformas y la lucha contra la corrupción. Habla inglés, francés y ruso. Ha participado en las conversaciones entre Belgrado y Pristina para encauzar el conflicto de Kosovo y la entrada en la UE. Una de las cuestiones que quedan pendientes es el destino de los serbios del norte de Kosovo y los enclaves en los que viven ahora como extranjeros en su tierra natal.
La sociedad serbia está agotada tras una vida política de convulsiones y traumas durante veinte años. Tras la “yugonostalgia” hay un movimiento cultural y un estado de ánimo. La gente mira a Bruselas o a Moscú en busca de auxilio y de un horizonte político. Como escribió San Sava (1135-1275), que además de santo fue diplomático, en una célebre carta a Ireneo en el siglo XII: “Al principio estábamos confusos. Oriente pensaba que éramos Occidente mientras Occidente nos consideraba Oriente. […] Pero te digo, Ireneo, que estamos abocados por el destino a ser Oriente en Occidente y Occidente en Oriente, a reconocer solo a la Jerusalén celestial sobre nosotros y a ninguno en la tierra.”
La Historia de la Primera Guerra Mundial y su posguerra demuestran que sobre las injusticias, las imposiciones y las humillaciones es imposible construir nada duradero. La propia Unión Europea nació para que jamás se repitiera un conflicto como la II Guerra Mundial Me entristece ver el tratamiento dispensado a los serbios durante más de veinte años.
Quien gane estas elecciones tendrá ante sí los mismos desafíos que han vencido al Gobierno saliente. Quizás sean necesarias unas elecciones antes de las decisiones que Serbia tendrá que tomar en los próximos años. Son tantos los que tratan de influir en Serbia que uno ya no sabe qué pensar.