José María Herrera | Sábado 10 de mayo de 2008
Hay quien ve la tele y hay quien la visiona. Yo soy de los primeros. Tal vez por eso me aburro como un calamar, horriblemente. Pero la veo, poco, muy poco, lo justito para mantener el tipo en las tertulias a las que no voy.
Juzgo esto un defecto porque la televisión suele ser muy instructiva. El otro día, sin ir más lejos, comprendí gracias a ella un fenómeno de nuestra época que siempre me ha inquietado: el hundimiento de la primera persona en favor de la tercera.
Fue en el telediario, entre el último pase de moda y el entrenamiento del Madrid. En pantalla, un joven magrebí de mirada omnisciente pilotaba una lancha que surcaba a gran velocidad las aguas del Mediterráneo camino de las corrompidas playas hispánicas. La noticia era su arresto por parte de la policía. El sujeto resultaba ser un narcotraficante que había tenido la ocurrencia de exhibir en internet imágenes de la embarcación en la que transportaba su alucinógena mercancía.
Al principio me asombró la absoluta falta de nerviosismo que demostraba. Sin duda, conocía el trayecto. Ni los galeones de la armada española ni los alabarderos de la costa parecían preocuparle lo más mínimo. Sonreía contento, y no por el cuscús. Lo que me impresionó luego, al repasar el asunto, fue su estupidez: ¿quién puede ser tan necio como para mostrar urbi et orbi las pruebas de su propio delito? La respuesta saltó como un resorte: un hombre que para verse a sí mismo necesita tomar en préstamo los ojos de los demás.
Miento. No fue así como ocurrió. En ese momento probablemente ya conocía la condena de dos conductores suicidas detenidos tras el descubrimiento de que los coches que competían en las carreras grabadas y exhibidas por ellos mismos en internet eran los suyos propios. La imprudencia narcisista y la falta de cálculo les había llevado también de la gloria mediocre de una página web a la cárcel. El caso me hizo recordar otros por el estilo: palizas a mendigos, bachilleres pateando al compañero, en suma, sucesos de la vida cotidiana.
El fenómeno exhibicionista, sin embargo, no es exclusivo de las malas hierbas. El número de individuos más o menos normales predispuestos a hacer lo que sea con tal de dejar constancia de su paso por el mundo aumenta sin cesar. Diariamente asciende a la palestra (televisiva o cibernética) una turbamulta hipnotizada por la idea de acaparar durante medio minuto el interés colectivo. Esto quizás guarde relación con la creencia, hoy muy extendida, de que vivir es como estar de paso camino de ninguna parte. Es una creencia muy útil a ciertos efectos, particularmente si se tiene en cuenta que humillación y detrimento son el precio que suele pagarse a cambio de gozar de las efímeras pompas mediáticas. Pero se paga con gusto. Hasta los criminales lo hacen.
La cosa tiene su lado bueno y su lado malo. El lado bueno es que ya no hay que ser mister Holmes para descubrir a los delincuentes. El lado malo es el recrudecimiento del espectáculo mediático. El circo es una de esas cosas que siempre va a peor y va así porque lo que en realidad empeora es la sensibilidad de los espectadores, a quienes la costumbre vuelve alevosamente blandos y tolerantes.
Lo que en todo caso descubrí al comprobar que incluso la gente del hampa está dispuesta a arder en los fuegos fatuos del narcisismo mediático es que este fenómeno no es algo anecdótico ni superficial. El afán por salir del anonimato, innato al ser humano, se ha vuelto más imperioso que nunca. La persona busca su identidad en la imagen que proyecta y en las opiniones que suscita. Yo soy ese que aparece en pantalla y consisto en eso que dicen de mí. Filosóficamente hablando, esta actitud constituye lo opuesto a la moralidad, concebida como necesidad de obrar de acuerdo con los propios principios. Más que de enajenación, habría que hablar aquí de subordinación de la condición moral de la persona a su condición social. Se explica así la necesidad constante de exhibirse, de exteriorizarse sin preservar nada. La vida, más que vivirse, se escenifica. Tal vez por eso es tan obscena nuestra sociedad. Obscena, es decir, incapaz de dejar fuera de escena aquello que sería preferible mantener a buen recaudo.
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