Alejandro San Francisco | Lunes 03 de febrero de 2014
Las noticias que llegan desde distintos lugares del mundo a veces nos alarman. Nos hablan de una crisis tremenda y que se extiende por años, de carácter económico, en algunos países europeos. Esto ha generado variados problemas sociales y todavía quedan cosas por ver. El resultado momentáneo de la situación ha sido un aumento considerable del desempleo, que en algunos países supera el 20% (y en el caso de los jóvenes se acerca e incluso supera peligrosamente al 50%). Se sabe de préstamos que se hicieron sin ninguna consideración técnica y que se vuelven incobrables, de gastos gubernativos que exceden largamente los ingresos, de la excesiva consideración de los derechos por sobre los deberes. El Viejo Continente, cuna de la cultura en distintos momentos de la historia, se encuentra enfermo, como han dicho algunos analistas.
Todos los países y sociedades pasan por circunstancias así en diversos momentos. Una guerra, problemas en la banca, crecimiento desigual, hambruna o pestes han significado importantes crisis en todo el mundo, con su secuela de destrucción, muerte y miseria. Los problemas, sin embargo, no son sólo materiales. Los países también pasan por crisis morales, o culturales, o simplemente valóricas. Y ellas, aunque de modo diverso, también generan diferentes y graves consecuencias.
Hay quienes han dicho, con razón, que detrás de las crisis económicas se esconden vicios, corrupción, degeneración de las costumbres públicas, deterioro de la confianza y otros tantos males que exceden lo meramente técnico para adentrarse a los temas más profundos de la sociedad: las cosas que consideramos valiosas y que hay que preservar, los problemas sociales que deben ser enfrentados y resueltos con la verdad y no con maquillajes ad hoc, los desafíos que requieren no solo una ley o un presupuesto, sino que personas capaces de liderarlos o llevarlos a cabo adecuadamente.
Sabemos como un ejemplo histórico relevante que Roma llegó a ser un gran imperio después de haber sido una pequeña ciudad. Sin embargo, dentro de ese proceso la República enfrentó una decadencia evidente en los siglos II y I antes de Cristo. El resultado se reflejó en la crisis de las instituciones políticas, la discordia social, el surgimiento de las ambiciones personales y las guerras civiles. Los principales políticos y escritores de Roma –entre ellos Polibio (Historias) y Cicerón (Sobre la República), y siglos después San Agustín (La Ciudad de Dios)– no dudaron en la causa de los graves males: la decadencia de la virtud cívica de los gobernantes y los gobernados. ¿No sería bueno preguntarnos hoy lo mismo, cuando un país decae, un gobierno enfrenta problemas, la economía se deprime o la sociedad empieza a perder la esperanza?
El tema de fondo es resolver si los problemas sociales son exclusivamente técnicos o económicos, o tienen un fundamento más profundo. Esta pregunta debe ser formulada desde los distintos niveles: las iglesias, los medios de prensa, los círculos empresariales y laborales, y ciertamente también los políticos. Obviamente causaría cierta sorpresa ver a los distintos actores sociales hablando de los valores y de las virtudes cívicas. Esto no es alta filosofía, sino sentido común y conocimiento de la historia: ahí está la valoración de los derechos humanos como conquista de la civilización, el valor de la libertad en la sociedad política, la necesidad de justicia en las relaciones sociales. En definitiva, se trata de comprender el servicio a la sociedad, también desde la política, es una condición de vida donde se requiere saber que hay cosas valiosas (los valores) que cuidar y promover; así como es necesario hacer constantemente el bien, trabajar lo mejor que podamos, actuar con decencia y consecuencia (las virtudes).
Un pensador y político destacado –desgraciadamente todavía muy desconocido–, como era Vaclav Havel (ex Presidente de la República Checa) dijo en una ocasión: “Mienten todos los que afirman que la política es algo sucio. La política es simplemente un trabajo que requiere hombres genuinamente puros, puesto que al desarrollarlo podemos ensuciarnos moralmente con especial facilidad”. Tenía toda la razón, no como un predicador moral en política, sino como alguien que se plantea una alta auto exigencia y un punto de referencia necesario para todos. Y por eso los gobernantes y opositores, y todas las personas que participan de la vida pública en democracia, deben estar especialmente vigilantes para cumplir las tareas que tienen entre manos y para “no ensuciarse” en el camino. Esto pasa en todo tiempo y lugar, y por eso no basta tener instituciones que funcionen o buenas leyes, sino que también es preciso considerar en la acción pública la vigencia de estos valores y virtudes que promueven una mejor vida en sociedad.
Es preciso llevar estas consideraciones a la práctica, más en el contexto de los problemas contemporáneos. Para ello debemos comprender que cuando una empresa estafa a su cliente no se trata solo de una falla contractual, sino que también de una falta moral. Si un adulto abusa de un niño está cometiendo un delito que también es una enorme trasgresión de valores con lo más preciado que tiene nuestra sociedad. Cuando una casa o un edificio se caen porque están mal construidos no estamos hablando de ladrillos y derrumbes, sino que de personas que hicieron mal su trabajo (y por lo mismo no fueron solidarios), causando una daño a otras personas. Cuando una legítima protesta social termina con violencia y destrucción, hay una enorme falta de respeto a las personas y la sociedad. Lo mismo ocurre cuando un médico opera mal, o un funcionario público dilata la atención o un profesor enseña lo que no sabe.
Los problemas de un país no son solo económicos, son también “valóricos”. Si todos estuviéramos convencidos de la importancia de esto tendríamos menos problemas y más oportunidades. No estallarían escándalos que a veces se repiten en la prensa por delitos, abusos y falta de respeto. Ojo con esto: muchos países prósperos han caído, porque en sus horas de opulencia descuidaron el valor de la frugalidad, la austeridad, la necesidad de vivir rectamente. Hay países pobres no han prosperado porque prefirieron los regalos de un populista o un demagogo, frente al trabajo arduo que demora más en lograr resultados, aunque sean más fecundos y duraderos. Por no comprender que para salir de la pobreza se requiere trabajo, y para cuidar los momentos de riqueza, también se necesita más trabajo. Es decir, la consideración de los valores y las virtudes que hacen el progreso de los pueblos.