David Felipe Arranz | Lunes 03 de febrero de 2014
“Hello?”– me contestó en 2009 a través del teléfono una voz rota, grave y pausada desde las montañas de Carintia. –“Am I speaking with Mr. Schell?”– pregunté emocionado, tras muchos intentos frustrados de conseguir el teléfono de su casa. –“Yes. This is Max”, me confirmó el mítico intérprete austrosuizo Maximilian Schell, el ganador del Oscar al Mejor Actor de 1961 y el receptor del magno proyecto que a renglón seguido le iba a plantear y que recibió por fax: un documental sobre su obra como cineasta y no solo como actor.
Su muerte, ocurrida en un hospital de Innsbruck en la madrugada del sábado a los 83 años de edad, a causa de una neumonía mal curada tras las últimas nevadas en Austria, trunca definitivamente un sueño en el que aceptó colaborar el protagonista de ¿Vencedores o vencidos?… y que se vio interrumpido ante mi impotencia por su continuo ir y venir a distintos eventos, saraos, inauguraciones, homenajes, recitales y conciertos, sobre todo en esta última etapa de su vida, siempre bien acompañado –contrajo matrimonio con la soprano Iva Mihanovic en agosto de 2013–.
Maximilian Schell había nacido en Viena, el 8 de diciembre de 1930, y a la edad de ocho años se trasladó a Zurich con su artística familia –su padre, el poeta suizo Hermann Ferdinand Schell; su madre, la actriz austríaca Noé von Nordberg; y sus hermanos, entre los que se encontraba la fallecida intérprete Maria Schell–. Con once años se subió al escenario de Guillermo Tell, de Friedrich Schiller, para colocarse la manzana en la cabeza. Durante sus estudios universitarios y los primeros años de su carrera artística trabajó en obras de lengua alemana, como Cada cual (1911) y La Torre (1925), de Hugo von Hofmannsthal –uno de sus autores de referencia–, que representó en el Festival de Salzburgo incluso a lo largo de varios años en la década de los años 70. Participó en la premier mundial de Sappho en el Schauspielhause de Hamburgo y, cómo no, encarnó tanto en las tablas como en el cine el Hamlet de Shakespeare, pues adoraba al bardo de Avon: "Un poeta romántico escribió una vez que una tragedia de Shakespeare, una sinfonía de Beethoven y una tormenta eléctrica se basan en los mismos elementos. No solo es una frase hermosa, sino una gran verdad", dijo en una ocasión, incorporando al diccionario de frases célebres una de las definiciones más hermosas sobre el sentimiento romántico en las artes. De hecho y por su pasión por Shakespeare, Orson Welles lo quiso para el reparto de Campanadas a medianoche (1965), aunque finalmente no cuajó.
Alcanzó reconocimiento por la intensidad y la fuerza interpretativa de sus papeles, como sucedió con el citado Hamlet, en versión de Gustaf Grundgens. Mientras rodaba con Edward Dmytryk El baile de los malditos (1958), debutó en Broadway con Interlock de Ira Levin y en 1965 triunfó en el Royal Court Theatre de Londres con su interpretación de Alfred Redl en A Patriot for Me de Peter Glenville. El teatro formaba parte de su idea de Europa y de la importancia de la educación. En unas conversaciones mantenidas el 13 de marzo de 1995 con su amigo el político y escritor Václav Havel planteó cuestiones como la de si era posible abrir verdaderamente las fronteras –por lo menos en Europa– o la del principal problema del hombre: “aprender primero a vivir en libertad. ¿Cómo se puede educar al hombre para la libertad y para gozar de ella?”. Schell pensaba que se debía mejorar el sistema escolar para preparar a los jóvenes para un mundo diferente. Y los políticos deberían tener un papel fundamental sobre los hombres que ahora están naciendo, los “responsables de cambiar el mundo y nosotros tenemos la responsabilidad de preparar esos cambios. Lo más importante para un político es alcanzar a cada una de las personas, al individuo”.
Schell ha dirigido un cine caracterizado por la recuperación de la memoria de la II Guerra Mundial o de las estrellas del celuloide como Marlene Dietrich o su propia hermana Maria Schell; películas siempre a caballo entre la ficción y el documental, la trama literaria y el ensayo. Ha escrito y dirigido siete películas, de entre las que destacan la multipremiada Marlene (1984), la reconstrucción biográfica de la intérprete de El ángel azul. Otras películas dirigidas por él son Primer amor (Erste Liebe, 1970), basada en la novela homónima de Turguéniev; El peatón (Der Fussgänger, 1973), seleccionada como candidata a la mejor película extranjera y que cuenta la historia de cómo la prensa alemana cree haber desenmascarado a un nazi, reconvertido en un empresario; El puente sobre Estambul (Der Richter und sein Henker, 1975), con guión del novelista Friedrich Dürrenmatt; o los Cuentos de los bosques de Viena (Geschichten aus dem Wienerwald, 1979), que traslada el universo de Ödön von Horvath a la gran pantalla.
A Maximilian Schell le apasionaban, además del teatro y el cine la política, las artes plásticas –fue coleccionista de arte y contaba en su colección privada con obra de Paul Klee, Jean Dubuffet, Mark Rothko e incluso El Greco, además de escribir un magnífico ensayo sobre su amigo el artista alemán Josef Albers–, la literatura – ahí deja publicados El rebelde. Una historia (Berlín, 1997) y la melancólica Vuelo al otro lado de valles oscuros o Algo se echa siempre en falta (Hamburgo, 2012)– y la música clásica. Su faceta de virtuoso del piano iba más allá de la afición: ha interpretado conciertos con Claudio Abbado –fallecido hace unos días–, James Levine y Leonard Bernstein: “Una minúscula unidad de tiempo constituye el factor decisivo que diferencia una interpretación de Maurizio Pollini de otra de Claudio Abbado sobre una sonata de piano de Mozart”, afinaba en uno de sus múltiples artículos sobre las fronteras de las artes, un tema que era frecuente en sus conversaciones. Sus películas, sus conciertos y sus reflexiones sobre el arte me descubrieron obras de los grandes completamente desconocidas para mí y me abrieron de par en par las puertas de la literatura europea –Von Hofmannsthal, Franz Kafka, Arthur Schnitzler, Joseph Roth, Ivan Turguéniev, Dürrenmatt, John Osborne en el teatro…–. Schell fue un buen lector, divulgador y “traductor” a distintos formatos de material literario de primer orden, un hombre poco corriente. Un tipo con clase.
El cine, la música, el teatro, la literatura y las artes plásticas no son compartimentos estancos, pues provienen de una única fuente: el humanismo. Pocas almas hoy en día son lo suficientemente sensibles para entender las artes como un todo, como lo hicieron en el Renacimiento Leonardo da Vinci o Miguel Ángel Buonarroti. El alma de Maximilian Schell, que sigue insuflando aliento en un legado polifacético que podemos disfrutar con su descubrimiento, es una de ellas. Aunque se ha ido un poco más lejos, nos deja abrir las páginas de uno de sus autores favoritos, contemplar uno de sus cuadros surrealistas o escuchar Las criaturas de Prometeo de Beethoven. Y, por supuesto, volver a ver en cualquier momento alguna de sus inolvidables, profundas y sobrias interpretaciones… y creernos que no se ha ido.