Alberto Pérez Castellanos | Martes 04 de febrero de 2014
Todos sabemos cómo termina esta conocida frase. Desde un sentido romántico es posible que alguien valga más por sus silencios que por sus palabras, pero no es algo que podamos aplicar a aquellos que nos dedicamos a contar lo que ocurre en el mundo. No hay nada de valioso en un periodista que no habla, que no escribe, que no transmite lo que ve, siente y entiende. Y eso mismo deben de pensar muchos personajes que tienen tanto que ocultar y que se dedican a intentar instaurar el sigilo cuando les conviene.
El caso de Pedro J. Ramírez llega al gran público por ser un nombre reconocido, pero no es un hecho aislado. Que le ocurra a un alto directivo no deja de ser un hecho lamentable pero, como también reza otro lema conocido, “no hay mal que por bien no venga”. El bochornoso cese del director de ‘El Mundo’ puede hacer que muchas personas abran los ojos y se den cuenta que muchos silencios informativos se explican por una continua deriva de los intereses periodísticos hacia los empresariales.
Sí, es cierto,como toda compañía un medio de comunicación tiene que velar por su salud económica y el bienestar de sus inversores, administradores y trabajadores. Pero tampoco lo es menos que cumplir con este objetivo no tiene que estar reñido con los demás, como el compromiso de contrastar las noticias, denunciar errores o alabar aciertos. Dos puntos que no son antagónicos y que ahora parecen irreconciliables. Tanto es así que la financiación se ha convertido en la llave que abre y cierra numerosos medios de comunicación, o que justifica la despedida, sustitución y ostracismo de algunos periodistas.
Tras el cese de Pedro J. se han escondido tantas razones o causas como podemos enumerar: presiones políticas o empresariales, malos resultados económicos, desavenencias con los nuevos accionistas… O quizá no exista una sola razón y sean varias juntas. Lo cierto es que, de una manera u otra, su despedida es una pésima noticia. Se puede estar en desacuerdo con sus ideas, su forma de trabajar o expresarse, pero nunca me alegraré porque un compañero de profesión pierda su trabajo por hacerlo bien y defender su punto de vista.
Me separan unos cuantos años de experiencia y de vivencias, pero es imposible que no me sienta unido a cualquiera, que como Pedro J., se ve obligado a retirarse a la trinchera durante un tiempo porque las balas de su enemigo le silban en los oídos. Quizá haya personas que tumben todas estas palabras escudándose en la millonaria indemnización que puede percibir, y por eso a ellos les dedico mi última reflexión: ¿qué valor le darías a un proyecto personal por el que luchas durante un cuarto de siglo y que tienes que abandonar después de ver como se hunde poco a poco, del que pierdes el control o del que temes por su continuidad? Seguro que a Ramírez le vendrán de perlas y que muchos quisiéramos esa cantidad al ser cesados, pero dudo que ese dinero no le dé la misma felicidad que dirigir su periódico ni tampoco le consolará por ello.