Martes 04 de febrero de 2014
El viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Mijail Bogdanov, anunciaba ayer martes que una delegación del régimen sirio asistirá a la siguiente ronda de conversaciones de paz con los rebeldes, prevista para el próximo 10 de febrero en la ciudad suiza de Ginebra. Dicho anuncio se producía tras reunirse el canciller ruso con el líder de la principal coalición opositora siria, Ahmed Jarba, en una cita tan estéril como todas las anteriores. Algo parecido sucede con este segundo encuentro en Ginebra, por lo demás una nueva maniobra dilatoria de Bashir al Assad.
Tras más de dos años de cruenta guerra civil en Siria, pocas cosas han cambiado. Bashir al Assad sigue aferrándose a un poder firmemente apuntalado desde Moscú y, en menor medida, desde Teherán. No puede hablarse de “oposición” como un todo heterogéneo, por cuanto en la amalgama que se enfrente al régimen de Damasco hay desde combatientes extranjeros hasta opositores stricto sensu, pasando por yihadistas vinculados a Al Qaeda y grupos armados de delincuentes que buscan sacar partido de tanta confusión.
Hay un cierto estancamiento, roto únicamente por el creciente número de víctimas mortales -decenas de miles desde que empezara el conflicto- y de desplazados, millones ya. La crisis siria pone de relieve el fracaso de la comunidad internacional aunque, en su descargo, hay que mencionar la postura de Rusia. Si el Kremlin quisiera, la matanza en Siria -su principal aliado en la zona- se detendría de forma inmediata. Es dicha postura y no otro el principal motivo de la catástrofe humanitaria que vive hoy el pueblo sirio.
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