Opinión

La encuesta del CIS y el cabreo nacional

José Antonio Sentís | Miércoles 05 de febrero de 2014
Es curioso observar cómo las elecciones al Parlamento Europeo son, más que cualquier otra cosa, una oportunidad para el desahogo ciudadano patrio. Otro gallo cantará en las generales, anticipo, pero en estas europeas de fin (esperemos) de crisis podemos vivir un interesante ejercicio de imaginación electoral.

Es lo que parecen pronosticar encuestas como la publicada este miércoles por el CIS. Encuesta, por cierto, incompleta, porque desde que se realizó han aparecido un par de partidos, y se puede esperar que alguno más lo hará antes de mayo. Pero encuesta, en cualquier caso, significativa, porque parece pronosticar la imparable decadencia de los grandes partidos, frente a la pujanza de formaciones monotemáticas, de lengua libre y responsabilidad escasa, porque no hay nada más sencillo que dar recetas sobre lo que se debería hacer sin tener que hacerlo.

Según esa encuesta, PP y PSOE no llegarían entre ambos al cincuenta por ciento de los votos, y la intención declarada, antes de la "cocina", es de un 10,8 por ciento para el PP, y un 11,8 por ciento para el PSOE. Es decir que les van a votar poco, según se prevé, o les da mucha vergüenza a los votantes decir que les votarán. Pero la tendencia parece ser ésta de despreciar a los partidos nacionales más fuertes, a quienes se supone que la sociedad responsabiliza de la crisis económica y del malestar institucional y político. Y, simultáneamente, buscar las alternativas más inverosímiles, basadas mucho más en la atracción por la novedad que por la comprobación de su eficacia en defensa de los intereses de España en Europa, o de España y Europa.
Es la reedición de aquella viñeta genial de Mingote: "Vote a Gundisalvo. ¿A usted qué más le da?". Y mucho más, si es para las europeas. ¿A usted qué más le da Europa? Porque lo que de verdad importa ahora a los españoles es cómo expresar el cabreo monumental que tienen, que como no puede aplicarse a uno mismo, se dirige hacia otros, puesto que siempre son otros los culpables de la crisis, de la corrupción, del paro, del derroche, de la imprevisión.

Si, por lo general, las pasiones individuales suelen sobreponerse al análisis racional, ahora este fenómeno se da más que nunca. Las generalizaciones (todos los políticos son unos corruptos); el victimismo (España, el Estado, Montoro nos roba); la simplificación (lo de Cataluña lo arreglaba yo en dos patadas); la exageración (Rajoy se ha rendido ante el terrorismo); la evasión de responsabilidades (que nos saquen de la crisis los que nos han llevado a ella); la demagogia (se va a privatizar la Sanidad)... y así sucesivamente.

Es decir, justo cuando hace falta un ejercicio de serenidad para ver cómo se sale colectivamente de un embrollo colectivo, la ciudadanía se empeña a fondo en profundizar en el problema, con todas sus ilusiones puestas en desestabilizar un sistema precario y cogido con alfileres. Porque alguien tendrá que explicarme cuáles son las ventajas de sustituir a unos partidos consolidados por otros imprevisibles, o fragmentar el mapa político para componer escenarios de imposible gobernación.

Y esto no lo digo por los antisistema que piensan que hay que acabar con una democracia de partidos, probablemente porque prefieran otros modelos que no tengan partidos. Alternativa, por cierto, bastante identificable, porque ha tenido vertientes históricas conocidas: las dictaduras militares y/o comunistas y/o fascistas. Lo digo por gente que cree que la democracia parlamentaria, con todos sus defectos, es mejor escenario que otros regímenes políticos. Y aun pensando eso, están dispuestos a dinamitar el sistema a base de liquidar a las mayorías vía voto de castigo, lo que siempre es tentador, el castigo a los poderosos, pero no tanto si el castigo es autoinfligido bajo la tesis de que se joda el capitán que no como el rancho.

Porque en España alguien tendrá que gobernar, y en Europa alguien tendrá que defender nuestros intereses, digo yo. Alguien que tenga una cierta preparación, y no un francotirador que aparezca con ilusionantes proclamas sin equipo, ni preparación, ni conocimiento técnico sobre las cosas del comer. Porque queda muy bien tener la Unidad Nacional como programa (yo lo suscribo) pero también habrá que saber negociar la cuota de pesca de la anchoa, que es infinitamente menos romántico pero probablemente sea más útil, ya que doy por sentado que España no está en peligro de supervivencia. O al menos, no tanto como la anchoa.

En fin, lo más impopular ahora es recordar que los grandes partidos nacionales han podido no ser un ejemplo en todas las circunstancias, pero han manejado una etapa política de casi cuarenta años bastante estable y bastante próspera, aun contando con la terrorífica crisis actual. Porque nadie discutiría que Demócratas y Republicanos han hecho lo mismo en Estados Unidos, y ellos también han tenido sus momentos críticos.

Ayudarían mucho, en todo caso, los grandes partidos españoles si modificaran la tendencia oligárquica que en ellos se ha impuesto. Si renunciaran a las listas cerradas y bloqueadas y permitieran que se abriera en ellos paso la excelencia en lugar del clientelismo. Pero una cosa es eso y otra que se les busque alternativas al PP y al PSOE en partidos igualmente oligárquicos o igualmente clientelares, pero simplemente más pequeños y más desconocidos.
La tendencia está clara: España llevará a Europa una representación metafórica del guirigay nacional, donde sólo los nacionalistas-separatistas lo tendrán claro, porque irán juntos en una candidatura. Los demás vamos a quedarnos muy contentos castigando a los poderosos lo que, como todo el mundo sabe, es la mejor forma de defender nuestros intereses. Exactamente igual que ir a la huelga para protestar por una crisis de liquidez empresarial.

Tiene gracia que este escenario psicológico de los electores españoles venga a producirse ante unas elecciones europeas. Porque, precisamente, la Unión Europea es el más obvio producto de la racionalidad frente a la pasión, pues realmente levanta pocas emociones. Es, por encima de todo, una expresión de utilidades e intereses de una región de la aldea global. Una región de cuyas instituciones emanan las directivas que van a decidir hasta el más mínimo detalle de nuestras vidas. Por eso, aprovechamos la convocatoria europea para nuestro desparrame sentimental endogámico, para expresar nuestro miedo, nuestro enfado y nuestra indignación.
Luego nos acordaremos de la anchoa, pero será tarde.

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