Juan José Laborda | Viernes 07 de febrero de 2014
Acabo de leer el libro de Tony Judt: “El peso de la responsabilidad. Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés”. Es su versión castellana, pues la edición original inglesa fue de 1998, unos años antes que Judt se hiciera famoso en todo el mundo con su obra “Postguerra. Una historia de Europa desde 1945” (2005).
Desde que descubrí sus ensayos y sus trabajos de investigación histórica, Tony Judt ha sido para mí un referente en varios aspectos. Su sugerente estudio sobre la “Postguerra” de 1945, lo leí cuando yo estaba redactando mi propio libro de historia, y aunque la época que yo estudio está 250 años antes que la suya, su enfoque sociológico y político de los acontecimientos, la importancia que confiere a las individualidades humanas, y, sobre todo, su insistencia en que nada está determinado previamente en la Historia, me dieron seguridad para armar los argumentos de mi libro con parecido enfoque.
También me identifiqué con Judt por otras causas. Había nacido unos meses después que yo, en plena postguerra ambos, y aunque él tuvo una juventud mucho más cosmopolita y viajera que la mía, sus compromisos y afinidades políticas evolucionaron en un sentido parecido a los que yo experimenté en mi vida. Por eso sentí profundamente la dramática enfermedad que padeció Tony Judt, y lamenté su muerte en el año 2010.
Aunque él vivió el inicio de la gran crisis actual, y tuvo la oportunidad de dejarnos sus análisis y sus críticas morales en dos libros -“Algo va mal”(2010) y “El refugio de la memoria” (2010)-, su prematura desaparición nos ha privado de una de las mentes que estaban explorando cómo debería organizarse políticamente la sociedad del mañana, si es que esta sociedad está dispuesta a seguir organizándose con libertades y justicia democráticas.
Tony Judt, que era judío, y que vivía en Nueva York, era un británico (un londinense característico de la “middle-class”) que se sentía europeo. De hecho, en la Universidad de Nueva York dirigía la cátedra de “Estudios Europeos” y en ella sostenía que la Unión Europea, aunque con sus imperfecciones actuales, era un proyecto que podía llenarse de las ideas de paz, equidad y Derechos Humanos que tuvieron sus padres fundadores.
Judt pertenecía a la tradición política de la socialdemocracia, una tradición que es uno de los rasgos políticos que definen a Europa, tal vez una de las pocas tradiciones políticas con menos errores históricos, sin ningún crimen en su larga trayectoria ideológica, y con un haber de grandes realizaciones estatales durante el último siglo y medio europeo. No obstante -y por eso me identifico leyéndole-, Judt fue consciente de que las ideas del socialismo democrático necesitan una reforma radical.
Por eso Judt defendía en todos sus escritos la apertura del pensamiento socialista a otras corrientes ideológicas. Su combate contra todo dogmatismo fue ejemplar. Visionario en muchos de sus estudios (como en “Pasado imperfecto” (1992) donde desvela magistralmente los errores y falacias de la “izquierda francesa”, subyugada por la idea de la Revolución, ¡y cuya influencia en España fue y es siempre grande!), esa capacidad para anticiparse en sus juicios sobre las tendencias políticas, y sus análisis sobre cómo se cometieron errores catastróficos teniendo buenas intenciones, convierten sus investigaciones históricas en auténticos tratados de moral.
Lo más sugerente de sus escritos, en mi opinión, está en su apertura intelectual hacia el liberalismo. Sus clásicos principios son conquistas definitivas para cualquier sociedad que merezca el calificativo de civilizada: el fin no justifica los medios; los derechos del individuo son inviolables; todos deben estar sometidos a la misma ley, desde el gobierno hasta el ciudadano más débil; el respeto absoluto a la pluralidad del pensamiento de los seres humanos; la responsabilidad del individuo libre, etcétera…
Asistí en el Ateneo a un interesante debate con Sol Gallego, una respetada periodista, sobre el descrédito de las instituciones estatales, los partidos políticos y los medios de comunicación. Uno de los asistentes, expresando la cólera y el malestar de este tiempo, afirmó que el capitalismo lo corrompía todo, incluyendo en ese todo a los representantes políticos. Tony Judt nos relata cómo Albert Camus y Raymond Aron, en coyunturas peores que la nuestra, no se dejaron llevar por parecidas ideas. Con el tiempo transcurrido, ahora sabemos que acertaron, y sus críticos de entonces se equivocaron completamente. En el capítulo que dedica a Raymond Aron, Judt analiza a fondo la influencia que tuvo Max Weber en su obra. Weber sigue cautivándonos con su escrito: “La vocación del político.” Esa vocación implica una moral de “la responsabilidad”. Conviene leer a estos autores para que nuestra cólera acierte aplicando la inteligencia.