Sábado 08 de febrero de 2014
La última encuesta realizada en Francia sobre la confianza que a día de hoy conservan los ciudadanos en François Hollande arroja unos datos desoladores para el mandatario galo. Su popularidad y el apoyo de sus compatriotas han caído en picado. Hollande ha perdido tres puntos porcentuales de apoyo en un par de meses y su nivel de confianza se ha quedado en un 19 %, que lo convierte en el segundo más bajo -solo superado por el 16 % que obtuvo Chirac en 2006- en el transcurso de la V República. Incluso entre militantes o quienes se confiesan próximos al Partido Socialista, la desconfianza en Hollande se ha disparado, con solo un 49 % que todavía apuesta por el actual presidente. Estos resultados han disparado todas las alarmas en el seno del Partido Socialista (PS) francés, máxime cuando apenas quedan dos meses para los comicios municipales de finales de marzo, y cuatro meses para las elecciones europeas. Así las cosas, se palpa y se teme un severo voto de castigo para el PS.
Se ha hecho hincapié en relacionar esta caída libre de Hollande con su personalidad y el escándalo protagonizado en el ámbito de su vida privada, al descubrirse su “affaire” con la actriz Julie Gayet, mientras su compañera oficial, Valèrie Trienweller, ejercía de primera dama en el Elíseo. Esa conexión, aunque exista, no es la más relevante y no deja de ser interesada, para negarse a ver, sobre todo por parte de la propia izquierda -y no solo francesa- que esta impopularidad empezó a gestarse en el mismo instante en el que Hollande accedió a la presidencia con un programa que después era imposible de cumplir, basado mucho más en la demagogia que en un diagnóstico preciso de la difícil situación y en propuestas realistas y consecuentes. Su electoralista crítica a la austeridad y sus irrealizables promesas de crecimiento en un contexto golpeado por la crisis se fueron revelando como humo y la realidad le ha ido pasando factura. A Hollande no le quedó otro remedio que realizar una fuerte política de recortes, con la que sumió a Francia en el desengaño -lo que hacía estaba a años luz de lo proclamado en la campaña electoral-, pero no acometió reformas imprescindibles que habrían encauzado al país por el buen camino. A la contradicción con sus promesas, se le unió la impericia o la indeterminación para gestionar con eficacia el nuevo rumbo que, guste o no, exigen los tiempos.
Todas las incoherencias que toman cada vez más fuerza han agravado su carácter hamletiano, hasta el punto de que está convirtiendo a Francia en el nuevo enfermo de Europa, en su lado más decadente. Cuando lo que se precisa es todo lo contrario, y debe actuarse con energía y sin indeterminaciones. La impopularidad de Hollande demuestra que, al final, no queda sin respuesta no ser claro y honesto con los electores, explicando los retos que hay que afrontar. Vender edulcoradas recetas inviables de aplicar, solo conduce a incrementar la frustración, en vez de a sumar esfuerzos y no vacilar, para enfrentarse a situaciones y momentos críticos.
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