Opinión

Inglaterra y las monarquías destronadas

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 08 de febrero de 2014
Salvo un corto paréntesis de nueve años –la Commenwealth cromwelliana- el único país europeo que conserva hasta la fecha el régimen político con el naciera a la vida histórica es Inglaterra –Gran Bretaña desde 1709 y, un siglo posterior, 1801, Reino Unido. Por razones de tal identidad y el prestigio de su corona en la etapa victoriana en que se forjara uno de los cinco mayores imperios conocidos por la historia, pertenecía a la naturaleza de las cosas que se convirtiese en amparo de monarquías amenazadas y refugio de dinastías arrumbadas.

En el ochocientos, tal función la ejerció intensamente. Contra lo que cabía esperar en sus inicios, ni la república norteamericana ni la francesa tuvieron muchos imitadores en el viejo continente. Antes de la sólida implantación de la III República del Hexágono, ni la primera española ni la segunda francesa pasaron de experiencias fugaces, en particular, la hispana. La monarquía conservaba aún toda su aura secular y las nuevas naciones, desde las balcánicas hasta la italiana y la germana, se construyeron bajo su pabellón.

Pero apenas comenzada la anterior centuria el panorama cambió drásticamente. El desplome del imperio brasileño en el nuevo mundo semejó dar la señal de partida. No tardó, en efecto, en seguir su camino la antigua metrópoli con el derrocamiento, en octubre de 1910, de la casa de Braganza, cuyo postrer titular, Manuel II, sería acogido con calor en el Reino Unido, sin que el flamante Jorge V (1910-36) escatimase simpatía hacia el último rey de la primera nación -1273- que firmase en Londres su más temprana y prolongada alianza diplomática internacional. Apenas sin solución de continuidad, la solidaridad entre cortes y tronos europeos fue sometida a ruda prueba con el estallido de la Gran Guerra, hasta el extremo de que la propia dinastía británica de los Hannover modificó en 1917 su titularidad trocándola por la netamente autóctona de Windsor. Sabido es cómo los intentos iniciales del soberano inglés de propiciar, en 1917, la residencia en suelo inglés de su aliado y primo preferido, el destronado Nicolás II, dieron vado a una tormenta política en conjunto contraria a dicho propósito, no titubeando Jorge V en aceptar el veredicto de la mayor parte de la opinión pública. No tardaría, sin embargo, Inglaterra en retomar su papel de áncora de monarcas forzados al exilio. Así, en el otoño de 1921, el emperador austríaco Carlos, después de dos infructuosas tentativas de recuperar el trono austrohúngaro, no tuvo otra opción que la de embarcarse en uno de los navíos de la pequeña flota inglesa del Danubio, hasta llegar al Mar Negro, y en un nuevo buque de la Royal Navy, el Cardiff, que le transportaría a Madeira, donde moriría unos meses más tarde –marzo de 1922-.

Ese mismo año, en noviembre, otra de las unidades de la escuadra británica acogió al último soberano otomano, Mohamet VI, que no quiso aceptar las condiciones impuestas por el gobierno de Kemal Atatürck para permanecer en Constantinopla como califa, solicitando la mediación inglesa para marchar al exilio en las templadas tierras del sur de Francia. Episodio bastante similar se reproduciría treinta y un años más tarde cuando el célebre rey Faruk de Egipto tomase, con el último gabinete churchilliano actuando como componedor, la misma ruta e idéntico destino.

Ya no es probable que escenas semejantes se repitan en el calendario de la Historia. La mutación de la vida ha sido desde entonces total. En cualquier caso, queda ahí, como aviso para mareantes.