CRÍTICA
Domingo 09 de febrero de 2014
Paul Auster: Informe del interior. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2013. 336 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 14,99 €
No creo que en la escritura y publicación de Informe del interior de Paul Auster haya influido el aniversario de los cien años de la publicación de Por el camino de Swann. Pero los dos libros comparten algo, una semilla, un aliento que en un caso se mostró proteico e inesperado -a pesar del asma proustiana-, y en otro se muestra nicotinizado y propiamente asmático -en el caso de Auster-. À la rechèrche du temps perdu es una investigación, una indagación, en el tiempo ido. Es, por tanto, un informe, el de alguien que siente la muerte cerca y decide analizar en qué ha perdido su tiempo. Dónde se fue lo irrecuperable, ese fardo de sensaciones, sentimientos, pensamientos que nos formaron y que, una vez cumplido su cometido, hicieron mutis por el foro, desaparecieron en las sombras de un callejón al que se llega por la puerta trasera, a deshoras y a destiempo. La obra de Proust es una investigación y un memento mori, una ars moriendi, en la que el autor no solo presenta la pregunta “Mais où sont les neiges d’antan?” de la “Ballade des dames du temps jadis” de Villon, sino que intenta responderla. “Ubi sunt?” ¿Dónde fueron? ¿A qué mar manriqueño dieron los ríos? Paul Auster, en el Informe del interior, no se pregunta adónde fueron las damas de antaño, sino ¿adónde fui yo? ¿En qué recodo del pasado me perdí? Porque si algo muestra su última obra es que Auster no busca el tiempo, sino a sí mismo; y, si se busca, es porque está muy perdido.
Que un escritor se pierda, no es nada extraño. Los escritores son expertos en laberintos, y cuanto mejores son, más y más intrincados laberintos conocen. Laberintos de los que, a veces, nunca salen. Proust construyó un laberinto del que quiso salir con el hilo de las palabras. Su reticencia a usar puntos se debía quizá a su miedo a cortar el hilo de Ariadna que le permitiera salir de su laberinto. Y nunca salió. En vez de eso, nos dibujó la trayectoria al centro de un enigma, el que enlaza el yo con el tiempo. Al aljibe de su persona. Auster lleva dos libros jugando con su laberinto personal, al menos eso dicen la mayoría de los críticos. El que ha mostrado en Diario de invierno y en Informe del interior. Yo creo, sin embargo, que Auster lleva jugando con su laberinto toda su vida. De sus seis obras autobiográficas, cuatro se han publicado en español: la excelente La invención de la soledad”, A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz, Diario de invierno e Informe del interior. Pero luego, en sus novelas siempre aflora el yo y la memoria, en detalles más o menos claros, hasta el punto de poder afirmar que todas las novelas de Auster son los diarios encubiertos de un impostor. Pero vayamos al Informe.
El libro, antes de nada, ha recogido críticas negativas, sobre todo en España. Aquí, la gente espera que un escritor, sobre todo si está encumbrado, sea un prodigio de pureza continua, un creador sin tacha siempre, algo simplemente imposible. Los críticos olvidan que Cervantes también escribió Los trabajos de Persiles y Segismunda o que la obra de cualquier creador que adjetivamos “grande” tiene cimas y valles, máximos y mínimos. Informe del interior no es un máximo, pero es un libro interesante, fácil de leer, aunque con una característica algo cargante: la omnipresente voz narradora en segunda persona.
No tengo nada en contra de la segunda persona. De hecho, me parece un recurso muy interesante, algo setentero, y muy ligado al monólogo. Sobre todo, a un diálogo delibesiano, en el que hay un vivo que habla a un muerto. Un ajuste de cuentas. La segunda persona de Auster no ajusta cuentas, sino que decide lo que fue el pasado. El pasado, por tanto, no se configura por los hechos, por lo que pasó, sino por esa voz patronizing, condesdendiente, sabelotodo: “Tal era la lección que aprendiste aquella noche con La guerra de los mundos. Fue una sacudida de la que nunca te has recuperado”.
El libro se articula en cuatro partes. La primera, “El informe del interior”, es un relato continuo, interesante, esquizoide, pero realmente indagador del pasado. Recomendable y disfrutable, a pesar de esa voz narradora que parece estar siempre un punto por encima del pasado.
El segundo, “Dos golpes en la cabeza”, es el relato pormenorizado de dos películas que le impresionaron en su niñez: El increíble hombre menguante y Soy un fugitivo. Esta parte me interesa. Está contada con pasión y fuerza, pero no deja de ser la descripción de dos películas. Sin embargo, veo en ella “la malaise de notre temps”: Proust relató la ópera parisina, o el salón de Madame Verdurin, dos hechos de vida, dos reuniones de caracteres; Auster relata dos películas, dos hechos solitarios, onanistas donde los haya. ¿A eso se ha reducido nuestra experiencia vital? ¿A dos películas vistas de niño? Y yo diría que sí, que a eso. Colgados de nuestros smart-phones y tablets, con los ojos pegados a nuestras pantallas planas, observamos el mundo desde nuestra soledad. Y aunque parezca mentira lo sentimos con pasión, porque es nuestro tiempo ido.
La tercera parte se titula “La cápsula del tiempo” y está compuesto por cartas que mandó a su novia antes de ser Paul Auster. Son cartas solipsistas, de nuevo onanistas, muchas veces pretenciosas. Sinceras, quizá en cierta medida, aunque la auténtica sinceridad sea el mostrarlas ahora como constitutivas de un pasado no muy halagador. Un ejercicio que huele a semen, como los papeles autobiográficos de J. J. Rousseau.
La cuarta y final es “Álbum”, más de cincuenta fotografías de elementos representativos de su época. Auster se queja en sus memorias de no tener fotos familiares, del descuido de sus padres en ese sentido. Quizá por ello, en una suerte de broma sorda, sustituye su cara por la de toda una época. En cualquier caso, es una parte extraña, algo sobrante, pero muy facebook.
Y ahí quería llegar. Estas memorias de Auster tienen algo de laberinto de facebook. Hay un ingrediente de confesión genuina, otro de “esto son las cosas que me gustan”, un tercero de “estas fueron mis novias” y un último de “mirad las fotos de donde he estado”. Nada aparentemente pretencioso. El informe sobre nuestro pasado, en esta época de exhibicionismo y marketing vital, tiene el peligro de quedar reducido a un plato con cuatro ingredientes y una voz que parece saberlo todo. Paul Auster juega a esconderse, pero es fácil quedarse con la sensación de que acaba enseñando demasiado. Solo los austerianos se lo perdonarán.
Por José Pazó Espinosa
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