Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 10 de febrero de 2014
El primer ministro británico, David Cameron, se ha implicado personalmente en la campaña del referéndum de independencia de Escocia, que está previsto para el próximo 18 de septiembre. Más allá de los planteamientos puramente jurídicos, su intervención ha tenido un cierto tono emotivo que se ha concretado en una frase –“queremos que sigáis con nosotros”- que ha sido muy comentada porque apela a una larga convivencia de siglos que, si se rompiera, sería muy perjudicial para Escocia, pero también para el conjunto de Gran Bretaña que, ha subrayado, sería en adelante “menos grande”. Todo ello comportaría pérdidas evidentes para cuantos son hoy ciudadanos del Reino Unido y para la imagen exterior de quien ha sido una de las grandes potencias, al menos hasta la II Guerra Mundial. Y las perspectivas de futuro serían aún más difíciles si a la hipotética secesión de Escocia, se añadiera la salida de la Unión Europea, como quiere el ala más a la derecha del propio partido de Cameron, además del nuevo partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). Jugarse a los dados de una consulta popular la pertenencia a la UE ha sido otra precipitada promesa de Cameron, que se resolverá en otro referéndum que tendrá lugar en 2017, si es que los tories o conservadores vuelven a ganar las elecciones, que se celebrarán en 2015.
Inglaterra y Escocia han tenido el mismo rey desde 1603, cuando accede al trono inglés la dinastía Estuardo, reinante en Escocia, pero siguieron siendo dos reinos diferentes hasta que se produjo el Acta de Unión, en un complejo proceso que se prolongó durante 1706-1707. No todos en Escocia estaban a favor de la unión y abundaron las protestas, pero se impuso el sentido común y el realismo, ya que Escocia, por sí sola, se mostró inviable económicamente. Apareció entonces el Reino de Gran Bretaña y aunque en 1801, en plena convulsión napoleónica, se empieza a hablar de Reino Unido de Gran Bretaña, la denominación actual, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, no es oficial hasta 1922, como consecuencia de la independencia de Irlanda.
Da la impresión de que Cameron se arrepiente de haber organizado un referéndum escocés en el que solo van a votar los residentes en Escocia, pues en su discurso ha insistido en que los 63 millones de británicos estarán profundamente afectados por el resultado. Ha llegado a decir que “cada uno de nosotros en el Reino Unido podemos hacer oír nuestra voz en este debate”. No deja de ser un tanto absurdo que se les pida la voz a todos los británicos, pero que se les niegue el voto, que en una democracia es la culminación normal de cualquier debate. En ese sentido, no se entiende muy bien otra de las frases de su intervención: “Este discurso se dirige no tanto al pueblo de Escocia como al de Inglaterra, Gales y el Norte de Irlanda”. Sobre todo porque nada en la vieja Acta de Unión, que forma un único reino, con un único Parlamento, se opone a que, ante esta crisis, se consulte a todos los británicos, pues todos quedarían afectados. (Aunque, por supuesto, nadie pensaba entonces en una futura ruptura). El propio Cameron lo ha reconocido: “Nos quedaríamos profundamente disminuidos sin Escocia”. ¿Por qué entonces juega a la ruleta rusa con el porvenir de sus ciudadanos?
Aunque las encuestas de opinión muestran una amplia mayoría de escoceses que desean seguir perteneciendo al Reino Unido, algunos sondeos recientes reflejan un aumento del voto independentista. Y Cameron se ha lanzado a la campaña porque, evidentemente, no quiere pasar a la historia como el primer ministro que rompió al Reino Unido. Y está echando mano de todos los argumentos imaginables, incluidos los deportivos. El citado discurso lo pronunció en el Parque Olímpico y resaltó los triunfos del llamado “Equipo GB”, formado por ingleses, escoceses, galeses e irlandeses del norte, en los Juegos Olímpicos de hace año y medio. Algunos deportistas famosos, como el tenista Andy Murray, ya han tomado posición a favor del mantenimiento de la unión. Que Cameron haya hecho su discurso en una instalación deportiva y en Inglaterra, le han costado ya las críticas de los independentistas, que han llegado a decir que tiene miedo a ir a Escocia y que no quiere debatir con el líder secesionista, Alex Salmond. Seguro que de aquí a septiembre lo hará y no le costará mucho trabajo aplastar dialécticamente a Salmond, que cuenta con pocos argumentos, aparte del discutible “derecho a decidir” de los escoceses.
Los argumentos económicos y monetarios en contra de la secesión son abrumadores y muestran que es prácticamente imposible que una Escocia independiente conserve la libra esterlina. Sin entrar en polémica, pero con una clara voluntad de ser oído, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, que, por cierto, es canadiense, acaba de advertir de los peligros que afectarían a una unión monetaria (Inglaterra-Escocia) “sin un necesario marco institucional”. Habría que llegar a una unión bancaria, con un organismo supervisor, como el que ahora quiere establecer la Unión Europea y que, de haber existido, habría evitado la crisis del euro. Por otra parte el sistema financiero escocés está sobredimensionado pues supone 12 veces su PIB. Hugo Dixon -comentarista de Reuters que escribe en The New York Times- puntualiza, “aproximadamente una ratio el doble que las de Islandia, Irlanda y Chipre antes de que sus respectivos sistemas financieros saltaran por los aires”. Unos ejemplos poco estimulantes.
Por otra parte, no se entiende por qué los ingleses iban a facilitar las cosas a una Escocia que quiere romper con ellos, salvo en lo que les resulte beneficioso. ¿Qué razones habría para que el Banco de Inglaterra se convirtiese en prestamista-acreedor del sistema financiero escocés? Dixon recuerda que en la eurozona cada país, grande como Alemania o pequeño como Malta, tiene un voto y se pregunta por qué razones Inglaterra, cuya dimensión respecto de Escocia es de 10 a1, iba a consentir a ponerse en pie de igualdad con los secesionistas. Es decir, Escocia sería igual a otro país europeo si entrase en la UE, pero, como otros comentaristas, Dixon se pregunta por qué iba a facilitar el Reino Unido la entrada en la UE de la secesionista Escocia. Quizás algunos independentistas acaricien la idea de que el Reino Unido, después del referéndum de 2017, saldría de la UE. Pero si creen que el resto de los miembros les iban a recibir con los brazos abiertos están muy equivocados.
Si a los argumentos económico-financieros añadimos los comerciales, la situación se complica aún más. El 60 % de las exportaciones escocesas van al resto del Reino Unido de donde proceden el 70 % de sus importaciones. Por mucho whisky que vendan (Cameron ha reconocido que, cada segundo, el famoso “scotch” añade 135 libras a la balanza de pagos británica) a los escoceses no les van a salir las cuentas, sobre todo ahora que los recursos petroleros del mar del Norte, el sueño dorado de los independentistas, están en franco retroceso. Si Adam Smith, que era escocés, levantara la cabeza, se moriría otra vez del susto ante las machadas de sus paisanos secesionistas. Hubo un tiempo en que la Ilustración escocesa abrió caminos de libertad y prosperidad, ahora los independentistas –por el momento una minoría- circulan marcha atrás y mirando por el retrovisor. El batacazo es inevitable.
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