Alberto Pérez Castellanos | Lunes 10 de febrero de 2014
No pretendo volver a abrir el debate sobre la conveniencia, eficacia y cronología de las candidaturas madrileñas para albergar los Juegos Olímpicos de Verano, pero si sobre la múltiple moral que exhibe el COI, sobre todo desde los últimos años. Parece que dan una de cal y otra de arena para que nadie sepa muy bien a qué juegan. Por un lado predican con la paz, el espíritu del Barón Pierre de Coubertin y la contención de gasto; pero por otro disfrutan con grandes fastos, inversiones y sin fijarse demasiado en cómo se gestionan temas sociales y culturales en las sedes elegidas.
El ejemplo más cercano lo estamos viendo estos días en Sochi. Rusia vuelve a albergar un evento deportivo de esta magnitud después de 34 años y parece que en muchos aspectos revivimos algunos clichés de la época soviética. Está claro que si un país quiere y puede gastarse un dineral en unas instalaciones que con el tiempo caerán en el desuso y el olvido lo puede hacer, pero estoy seguro de que muchos ciudadanos no están igual de contentos con este gasto. Aunque este punto seguro que pasa un segundo plano ante los constantes ataques de Putin y su entorno a diferentes grupos de la sociedad rusa.
Venimos de 2012 y Londres, con una inversión moderada y un ambiente tranquilo, y en Sochi volvemos a ver como el COI se traiciona a sí mismo, como ya hizo en Pekín. En 2008 se hizo la vista gorda ante la represión que viven muchas personas en el Tibet, los presos políticos e innumerables ataques contra los derechos humanos.
Sería de locos no ver que vivimos en un mundo politizado e influenciado hasta el infinito por los poderes económicos, pero que su influjo sea tan poderoso en un ámbito como el olímpico dice muy poco en favor de aquellos que defienden sus decisiones en honor del bien del deporte. Hace ya mucho tiempo que cuando escucho a algún miembro del Comité Olímpico Internacional hablar de seguridad, dopaje o políticas sociales para decidir entre una ciudad candidata u otra, una de las palabras que se me viene a la cabeza es “demagogía”. Esta doble moral hace que el fondo, con todas sus bondades, de este tipo de competiciones se diluya con la forma, oscura e incluso corrupta, en que se deciden, organizan y llevan a cabo.
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