José Antonio Sentís | Miércoles 12 de febrero de 2014
Sólo hay que dejar soga a los independentistas para que se ahorquen. Artur Mas se la está apretando como una corbata, que es lo que le pega, pero con cierto mimo y mirando alrededor por si alguien le ayuda a quitársela en el último momento. Pero sus socios de ERC son mucho más bravos y se ajustan el nudo con firmeza hasta quedarse sin respiración.
Los independentistas siempre empiezan igual, con palabras melifluas sobre derechos e historia, sobre sentimientos y agravios, pero también terminan de la misma forma, a grito pelado. De hecho, la mayoría de estos procesos separatistas suele terminar a tiros, pero para eso hace falta algo más que la ilusión de que su enemigo se rinda: hace falta mucho valor. Y en esta España nuestra, el único coraje que se percibe por parte de estos reivindicativos nacionalistas es el de insultar a quienes no les gustan.
Digo yo que su parroquia estará de acuerdo con ellos, pero se les va a hacer duro, como sigan por donde transitan. Porque que destacados dirigentes de la vanguardia independentista se pongan a llamar nazis a los empresarios alemanes que trabajan en Cataluña por decir que la independencia sería una catástrofe es un argumento de gran calado que no puede sino emocionar por su altura política.
En resumen, en ERC (y por extensión, en quien no rompa con ERC) se ha llegado a la brillante conclusión de que los nazis (abreviatura de nacionalismo socialista o nacional socialismo) son los críticos con la independencia, lo que sorprende bastante, porque justamente ERC, como partido de izquierdas (socialista) y nacionalista, debería saber mejor de lo que está hablando.
No, los empresarios alemanes que se han pronunciado alertando de las desastrosas consecuencias económicas e institucionales que tendría la separación de Cataluña de España son muy poco nacionalistas (más bien son internacionales) y menos socialistas, como es obvio. Luego son poco nazis. Otra cuestión sería analizar los procesos ideológicos de quienes pretenden insultarles.
Se puede entender que esa palabra, nazi, que nunca se le cae de la boca a un buen izquierdista, incluso a quien encima es nacionalista, es un desahogo originado en el nerviosismo. Porque realmente están nerviosos los republicanos catalanes, que un día creen que mandan en el proceso independentista y tienen a Mas del dogal, y otro día empiezan a comprobar que no sólo no avanzan en su ambición, sino retroceden. Incluso pueden empezar a pensar que Mas les ha madrugado, porque les cameló para la aprobación de los Presupuestos a cambio de beligerancia, y ahora tiene tranquilidad para un par de años y puede, si es listo (aún no está muy claro) escaquearse de su liderazgo hacia la Tierra Prometida. Moisés podría querer dejar la travesía por el desierto a otros, y entonces los de ERC sabrían la sed que se pasa.
Lo bueno que tienen los empresarios alemanes en Cataluña es que no tienen que plantear cambios de cromos permanente, como parece que pasa aquí. Por eso, sus homólogos españoles son más discretos, aunque no estén menos preocupados. Nuestros empresarios no quieren choques, sino sosiego, aunque cada vez les cuesta más confiar en que Mas repliegue sus velas y buscan con más insistencia una salida externa. Realmente, les vale cualquiera. Recientemente han estado con Rubalcaba, para ver si esa peregrina idea del cambio constitucional sirve para algo. Algunos comparten mantel con miembros del Gobierno, por si suena la flauta de una oferta fiscal a la catalana. Pero es muy probable que todos ellos, cuando llegue el momento o cuando no tengan más remedio, van a decir lo obvio. Lo mismo que los empresarios alemanes. Esos "nazis" que indignan a ERC.
Por alguna razón que se escapa a la racionalidad, los separatistas catalanes han llegado a creer que este era su año de victoria por el que transitarían por calles tapizadas de flores como los romanos victoriosos. Que bastaba la amenaza para que sus adversarios huyeran como conejos. Que bastaba con dar los hechos por consumados, para que realmente se consumaran. Lo único que no previeron era que la realidad es tremendamente tozuda.
Han confundido la prudencia y los deseos de no ampliar la fractura emocional del conjunto de España hacia Cataluña (posición de Rajoy) con la debilidad. Y es cierto que han encontrado a muchos con muy buena voluntad que han intentado el discurso de que "hay que dar algo a cambio, hay que dialogar". Pero los separatistas no han sido nunca demasiado listos, y están a punto de perder hasta esa oportunidad, que quizá hubieran logrado como hicieron otras veces. Pero no es lo mismo obtener las competencias de Tráfico que la luna, que es lo que ahora quieren, a costa de que les llamen lunáticos.
A estas alturas, no hay mucho que ofrecer. Siendo radicalmente objetivos, se podría hablar de un mínimo ajuste en la financiación, y digo mínimo porque la diferencia real que se paga desde Cataluña (no Cataluña, sino las rentas de quienes allí viven) para solidaridad nacional es de muy pocos puntos, entre tres y cuatro. Pues Cataluña está sólo algo por encima de la media española entre lo que reciben sus ciudadanos y lo que éstos aportan. Poco se puede sacar de ahí, pues, aunque quizá un gesto que contente a la gente menos insensata. Pero que se olviden de otra cosa. Porque, además, también habría que hablar de otros ajustes financieros para otras comunidades, que en esta España hay muchas manos extendidas pidiendo lo suyo.
Asistiremos pues a unos meses en los que los separatistas van a tener muchas oportunidades de profundizar en la tumba que se están cavando. Porque el momento mágico en el que difundieron su buena nueva urbi et orbi sobre la felicidad independentista para los catalanes ya ha pasado. Ahora toca el duro ejercicio del pragmatismo. Por eso, han mirado a Europa y Europa les ha vuelto la espalda. Han mirado a Montoro y le han pedido dinero. Han mirado a su elite empresarial, y han terminado llamándola nazi.
Y hasta a Mas no se le ocurre otra cosa que buscar la alianza internacional con la Liga Norte italiana, con su divertido punto de xenofobia, que para tener esos amigos no hacen falta enemigos. Y encima llaman nazis a los demás.
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