Opinión

Suiza sorprende a la UE con su último referéndum

Alicia Huerta | Miércoles 12 de febrero de 2014
Por desgracia, a veces, el sentir común no coincide en lo más mínimo con el sentido común. Cuando esto ocurre, y la opinión de la mayoría tiene carácter vinculante, las consecuencias pueden ser, como poco, surrealistas. Suiza, ese pulcro país que evoca imágenes de verdes praderas salpicadas de casitas con balcones adornados de geranios, magníficos lagos de cuentos de hadas, soberbias montañas y, claro está, exclusivas entidades bancarias al servicio de grandes o pequeñas fortunas, acaba de protagonizar uno de estos supuestos. Una opinión pública mayoritaria, que choca, sin embargo, con lo que el sentido común había ido imponiendo en la normativa acerca de los extranjeros que trabajan, o tienen pensado trabajar, en el país helvético.

El resultado del último referéndum celebrado en Suiza – otro rasgo típico del país, quizá para nosotros el más exótico, es el de convocar consultas populares para casi todo – ha dejado perpleja a la Unión Europea. Es verdad que no es la primera vez que los suizos se decantan por apoyar lo contrario de lo que otros europeos habrían, en principio, votado. Ya nos asombramos, por ejemplo, cuando se les preguntó si querían más días de vacaciones y la mayoría contestó con un “no” rotundo. Lo que ocurre es que, en esta ocasión, el hecho de que el 50.3 % de la población haya votado a favor de establecer cuotas anuales a la entrada de extranjeros para trabajar en su país, supone dar un clarísimo paso atrás en las relaciones con la UE y nos afecta a todos. Rompiendo, de esta forma, la tendencia de buen entendimiento con la UE que había venido imperando en aquel país, tan rico como tan suyo. Obvio ejemplo de “donde dije digo, digo Diego”. Porque no hay que olvidar, que cada vez que se ha tratado el tema de la política migratoria, la ciudadanía suiza ha sido convocada para depositar su opinión en las urnas. Y hasta el pasado domingo, la mayoría se había mostrado favorable a una apertura de sus fronteras. Así ocurrió en el año 2002, cuando ganó el “sí” en el referéndum sobre la libre circulación con la UE; posteriormente, en 2005, para extender ese mismo derecho a los nuevos miembros de la comunidad europea, o en 2009, para incorporar a los dos países recién llegados: Rumanía y Bulgaria.

¿Qué ha cambiado, entonces, de repente? Según el partido de extrema derecha UDC – habrá quien prefiera el término ultraconservador –, y el conocido político Christoph Blocher, el número de europeos desempleados que ha llegado a Suiza se ha incrementado en perjuicio de los trabajadores helvéticos que, además, tienen que “soportar” el denominado “turismo social”. Un fenómeno que supone, en palabras del UDC, que cualquier ciudadano europeo que haya trabajado un solo día en Suiza, pueda beneficiarse del seguro de desempleo si prueba que ha cotizado al menos un año en algún otro país de la Unión Europea. Por supuesto, el multimillonario Blocher, a quien eso de la Unión Europea siempre le ha dado urticaria, afirma, además, que esta práctica se encuentra muy extendida y, sobre todo, que se realiza de manera deliberada. De poco parece haber servido que las autoridades sociales de las principales ciudades suizas lo hayan desmentido de forma categórica. Ya se sabe que el miedo es libre. Y que aumenta de manera proporcional a la intensidad de la demagogia. Esa que más chilla y brota mejor en la ignorancia, en el dogmatismo corto de miras. Porque la Secretaria de Estado de Economía de Suiza, durante la dura campaña pre referéndum, se ha hartado de explicar que la política europea de libre circulación de personas ha permitido reducir el ritmo de envejecimiento de la población de su país y atenuar, por tanto, el problema de la financiación de las prestaciones sociales. Pero da la impresión de que no ha gritado lo bastante alto.

Y eso que no estaba sola en sus argumentos a favor del “no”. Ni muchísimo menos. Pirmin Bischof, líder de los democristianos, ya calificó la propia convocatoria del referéndum como “un ataque a los valores que han convertido a Suiza en el país más rico y exitoso de Europa”, y no se cansó de repetir que la tasa de desempleo, en torno al 3%, no se ha visto incrementada en los últimos años y que el PIB ha crecido de manera constante. Su advertencia de que con estos límites se romperán las buenas relaciones con la UE y que el país se convertirá en “un monstruo burocrático”, tampoco han logrado evitar, para sorpresa de la mayoría del resto de Europa, que la balanza se haya inclinado del lado del populista Blocher, el mismo que logró que los suizos votaran en contra de la construcción de minaretes en su país. Aparte de los políticos democristianos, los empresarios y los sindicatos del país helvético también se preguntan qué va a pasar cuando, en un plazo máximo de tres años, el sistema de cuotas anuales de trabajadores extranjeros entre en vigor, así como también el principio de preferencia por el trabajador nacional frente al extranjero. Las asociaciones empresariales miran con preocupación el futuro de una industria que destina el 56% de sus exportaciones a países de la UE y el hecho de que, con la nueva regulación, cada empresa estará obligada a demostrar que no ha conseguido contratar a ningún ciudadano suizo para cubrir el puesto vacante.

La realidad es que desde 2002, cuando empezaron a aplicarse los acuerdos bilaterales entre Suiza y la UE, han llegado al país helvético cerca de 800.000 trabajadores extranjeros, de los que el 75% son comunitarios, sin que, de acuerdo con las cifras oficiales, este flujo haya tenido impacto negativo en el empleo. Están, por otra parte, los llamados “fronterizos”, trabajadores de países de la UE que entran a diario en Suiza para trabajar y que se estiman en 263.000. Un ejemplo: el 50% de los médicos, enfermeras y demás personal del principal hospital de Ginebra cruzan la frontera cada día. También ellos se verán afectados. Por eso, en Europa, el desconcierto es máximo desde el domingo. Aunque haya sido por escaso margen, el “sí” ha obtenido la doble mayoría necesaria, la de los cantones y la de los electores, así que, de alguna forma, habrá que adaptarse a la nueva situación. ¿Cómo? El presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, ya ha advertido de que los estados miembros de la UE “jamás aceptarán que la libertad de movimientos quede separada del resto de libertades fundamentales”. Es decir, de las relacionadas con la libertad de mercancías, servicios y, por supuesto, de capitales. Es en este capítulo, donde más pueden doler las consecuencias del paso atrás que acaba de darse en Suiza, si, finalmente, la UE no se achanta, como tantas otras veces, y acaba por permitir un claro perjuicio para sus ciudadanos. Y es que en Europa, aún siguen soplando fuertes los vientos euroescépticos y xenófobos, como los liderados por Geert Wilders en Holanda o Marine Le Pen en Francia, quienes se han apresurado a aplaudir lo ocurrido en Suiza el pasado fin de semana. Mal precedente, porque a la UE todavía le quedan muchos combates que librar en su propia casa, o con sus vecinos y aliados.

TEMAS RELACIONADOS: