Viernes 14 de febrero de 2014
La energía es uno de los sectores clave de la economía. España no tiene un problema de abastecimiento, tanto por la capacidad de generación instalada como por las fuentes procedentes del exterior. Pero eso no quiere decir que nuestro país no tenga problemas con la energía; los tiene, y muy graves. Sin duda, el coste de la energía que consumimos es el principal de ellos. Es un problema no sólo porque el sobrecoste que pagan las familias sea un problema económico para ellas; no sólo porque la renta que le dedicamos a ese sobrecoste no se la podemos dedicar a otros bienes de consumo y, por tanto, a otros sectores productivos. Lo es también porque esos costes hacen que nuestras empresas sean menos competitivas, lo cual encarece nuestros productos y contribuye a que no se genere más empleo.
El actual gobierno ha heredado esta situación, y el ministro de Industria, Juan Manuel Soria, ha vacilado entre la reforma valiente y el desaliento. Los precios de la energía siguen subiendo, y el Gobierno no sabe cómo impedir que lo noten los consumidores sin desbaratar la generación ni crear un problema financiero del sistema.
En este contexto, ha aprobado una nueva forma de factura que introduce varios cambios. Abandona la referencia a la subasta para apostar por el mercado mayorista. El Gobierno señala que este cambio ahorrará a los consumidores un 3 por ciento en la factura. Sin necesidad de discutir las cuentas del Gobierno, que no tienen por qué estar mal hechas, lo que sí es discutible es la relevancia de ese 3 por ciento, cuando la apuesta por las energías más caras ha subido la factura en los últimos años hasta niveles difícilmente asumibles. Sin despreciar el esfuerzo del Gobierno, esto supone una medida más parecida a un maquillaje que a una reforma.
Los contadores “inteligentes” no lo son, en realidad, sino que ofrecen una mayor información. Si esa información se comparte con los usuarios, entonces éstos podrán hacer un uso más racional de la energía. Pero de nuevo es un aspecto muy pequeño en comparación con la complejidad de la factura, que dificulta que haya un verdadero mercado, con agentes informados y que toman decisiones racionales.
En definitiva, sin echar por la borda los cambios introducidos por el Gobierno, todavía estamos a la espera de una verdadera reforma.
TEMAS RELACIONADOS: