José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 15 de febrero de 2014
Mayo de 1968 marcó un cambio de vertiente en la historia de las sociedades occidentales. Después del proceso general a que fuese sometido, el capitalismo salió reforzado de la crisis y su feeling con la socialdemocracia se vio igualmente acrecido. Con gobiernos no especialmente empáticos con el viejo orden económico en las principales naciones del primer mundo –la Gran Bretaña de un todavía pletórico Harold Wilson; la Francia de un gaullismo cada vez más escorado hacia su fuerte costado social; la Alemania de Willy Brandt, e, incluso, la Norteamérica nixoniana, de escasas simpatías en las ciudadelas del Establishment-, la rebelión estudiantil no pasó, en esencia, de ser un fuego de virutas sin mayores consecuencias para el Sistema. Antes bien, los efectos más importantes de los campus universitarios del mundo occidental redundaron en pro del status puesto a prueba con éxito en la primavera del 68. El divorcio más completo entre la clase obrera y la estudiantil quedó certificado con la ausencia absoluta del proletariado en las emblemáticas barricadas parisinas, y el giro de hábitos en la sociedad opulenta no puso en peligro ni por un momento la inventiva y productividad del capitalismo. Las innovaciones antropológicas desafiantes con su vigencia no tardaron en mutarse a su servicio. No otra cosa ocurriría en el plano del pensamiento filosófico y social, en el que el auge del estructuralismo se tradujo, al fin y a la postre, en una potenciación de los viejos lineamientos.
La prolongación de la dictadura determinó en nuestro país que el maremoto contestatario de los claustros universitarios no dejase secuelas similares a las de las revueltas de los campus de Berkeley, Oxford o la Sorbona. Aunque la clase obrera se desleía a ojos vista por el desarrollismo arrollador y la equiparación creciente con los estándares y modelos occidentales, el paradigma de la lucha de clases, la revolución y la dictadura del proletariado como estadio supremo y último de la historia se conservaba intacto en la “Vulgata” de un marxismo en proceso de imparable expansión entre las elites, ennortadas por acelerar la pre-transición botada por los mismos cuadros del régimen refractarios a su bunquerización. Es decir, el 68 no implicó ningún cambio de ruta en el camino diseñado por los sectores disidentes, sino una intensificación del proyecto del bloque cultural diseñado por los estrategas intelectuales del Partido comunista con la colaboración más o menos activa, pero siempre subalterna de progresistas y socialistas. Sus objetivos estaban bien perfilados desde un principio y la inamovilidad sustancial del régimen no obligaba a modificarlos. El cambio de guardia gubernamental en el otoño de 1969 fue, conforme se recordará, uno de los más amplios y significativos en la andadura ministerial del franquismo. Giro a la derecha que ya no era posible a causa, en ancha medida, del progreso socioeconómico registrado en la década prodigiosa. Un hombre dotado del currículo más impecable a los ojos del legitimismo dictatorial para el ejercicio de su función fue designado para poner orden en la censura y retornar al beau vieux temps, escarnecido, a la mirada de los ultras, por la permisividad, a un paso del entreguismo, de Fraga y sus adlátares… Pero si Alfredo Sánchez Bella podía ser el ministro ideal de Información y Turismo en el sentir de los fundamentalistas del régimen del 18 de Julio, la coyuntura pintaba bastos para su gestión. En el equilibrio de fuerzas que constituía el pétreo armazón del franquismo, el sector de los nostálgicos estaba lejos de imponer su opción retrógrada. La dicotomía de país legal y país real de épocas de negra memoria reapareció, con pujanza incontenible del segundo y obsolescencia progresiva del primero.
Después del muy simbólico episodio de la asamblea conjunta de sacerdotes y obispos del setiembre madrileño de 1971, el modelo cultural marxista experimentó, con estricta fidelidad gramsciana, el último de sus grandes retoques antes de su consagración oficial en la instauración de la democracia. Embarcado en la política de reconciliación nacional desde su solemne declaración de 1966, el PC ordenó a sus terminales peninsulares que incorporaran plena y decididamente al clero más avanzado y radical al discurso de lo que no habría de tardar en ser lo política y culturalmente correcto. Modélica aplicación del punto quizá más perspicaz del programa gramsciano, el banco de prueba ofrecido por el catolicismo postconciliar a la infiltración sosegada y tenaz del ideario marxista en las comunidades de base y asociaciones similares –HOAC y HEC, primordialmente-, florecidas o reverdecidas tras el Concilio, no pudo ser más favorable. Manifestación suprema e irrebatible de la superación de todo clima guerracivilista y de confrontación entre las dos Españas, la aproximación, seguida de inmediato de la concordancia entre comunistas y católicos, supondría abrir el proyecto cultural marxista a la aportación y militancia de las gentes de Iglesia comprometidas con la causa de los pobres, identificada de ordinario con la destrucción del orden capitalista. Por grandes que fuesen la clarividencia y profetismo del autor de los Cuadernos de Cárcel –y una y otro lo serían en grado envidiable-, cabe imaginar que nunca pudo pensar que España se presentaría ante la historia como la nación en que el objetivo esencial de su estrategia se plasmara más íntegramente. Pocas alianzas y convergencias de credos contrapuestos conocieron en el solar ibérico una salud más roborante y un grado de ilusión mayor. Táctica, en amplia medida, del lado de los comunistas, permaneció inalterable en los años de la clandestinidad tardo-franquista y aún en el despertar de la Transición, para morir en los días del esplendor en la yerba del eurocomunismo y el “compromiso histórico” de influjo italiano, sin que una peripecia individual, el eclipse forzado de Santiago Carrillo, dejara tampoco de hacer sentir su influjo en el importante fenómeno.
Típico producto hispano, se reveló –no será ocioso repetirlo- como un potente antuvión contra lo sectores conservadores no contemplado por Gramsci en su diseño del hundimiento, desde dentro y por caminos democráticos, del Sistema. Conocido ya por diversas fuentes -sobre todo, por las menos fiables: las memoriográficas-, es un de los extremos en el que, según se decía ha un instante, más debe profundizar la esteva de los futuros investigadores, que tampoco podrá permanecer ociosa hasta dilucidar satisfactoriamente otro punto encadenado a la misma temática. Tanto aquí como en varias otras parcelas de la implantación del método dialéctico como fundente del modelo marxista, erigido en el principio rector de la evolución cultural del último medio siglo, los dirigentes del PC se afanaron por capitalizar su papel clave en la desaparición del viejo discurso, así como en la actividad opositora al franquismo. Enojado, muy tempranamente, por lo que creía no una exageración sino una deturpación, un gran contemporaneísta, Javier Tusell, llevó su contrariedad a suprimir toda mención de aquél en su divulgado libro La oposición democrática al franquismo (Barcelona, 1977). In medio virtus. Aunque es cierto que la documentación exhumada hasta ahora no es muy abundante, seguramente los llamados “socialistas del interior” no constituyeron la minoría ridícula que ordinariamente se les atribuye, sin que, de otro lado, la cantidad pueda en dicho terreno sinonimizarse con la calidad. Tanto en la acción intelectual como en la política, el protagonismo de sus afiliados fue considerable en la configuración de la atmósfera mental prevalente en las fuerzas progresistas en la tesitura de la Transición. Entre otras cosas, de no haber sido así, su número de diputados en las elecciones del 15 de junio de 1977 sería todavía más inexplicable de lo que semejó en un principio entonces.
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