Sábado 15 de febrero de 2014
Hay una expresión que últimamente todo el mundo repite, “con la que está cayendo”. Saludas a alguien en la calle, le preguntas qué tal le va, e indefectiblemente te responde, “no me puedo quejar. ¡Con la que está cayendo...!” A mí siempre me deja algo perplejo. Mi primer pensamiento se va al cielo. ¿Qué estará cayendo de allá arriba? Porque la mezquindad económica que nos rodea míticamente ahora nos ha rodeado realmente siempre. Al menos a los que nos dedicamos a la enseñanza y la cultura. Además, esa mezquindad repta como serpiente por el ángulo que une la acera con la calzada, nunca me ha parecido que caiga del cielo. Por el momento, estas semanas, del cielo cae lluvia, que es lo que ha caído siempre que Madrid se pone melancólico, barojiano, cernudés y benetiano. El Madrid que abandona el sol y sombra de Hemingway, Ava y las Ventas por el regato gris y la calle con punto de fuga hacia el sur, hacia las cuestas de Lavapiés. El Madrid que la mayoría de los madrileños odia pero que algunos disfrutamos en silencio, sin proclamarlo. Llueve. Los charcos pueblan las calles, los paraguas invaden las aceras y sus varillas algunos ojos, y los zapatos deciden convertirse en esponjas improvisadas, su vocación secreta. Los dedos de los pies se mueven queriendo encontrar su sitio en esa cavidad inesperadamente blanda húmeda. Llueve. Con la que está cayendo.
Del cielo nos cae la lluvia, y los periódicos nos dicen que pronto nos caerán los drones. Una firma de coches ya ha anunciado en Pekín un modelo que viene con dron. El dron, según su publicidad, te permitirá saber si hay un atasco algunos kilómetros más adelante. El dron, poco a poco, se va convirtiendo en símbolo de poder. Dentro de nada, todos querremos tener un dron, y ser tan poderosos como el ejército norteamericano, tan avanzados como un orondo coche reluciente recién presentado en Pekín. Me imagino a Baroja paseando por Madrid con su dron. Le marcaría el camino de las sombras, el que siempre seguía en invierno porque es el que evita los resfriados. Le evitaría perderse en el laberinto ligeramente borgiano del Retiro.
La lluvia y el dron me recuerdan mis años de universidad. Cuando yo estudié la carrera en Madrid, llovió todos los días. No dejó de llover en cinco años. Al menos, así ha quedado en mi memoria. Uno de esos lluviosos días, al poco de empezar la carrera, conocí a Trotsky en el tren que nos llevaba a la Universidad Autónoma como variopinto ganado húmedo, humeante y estabulado. Trotsky era más bien bajo, achaparrado, casi gordo. Tenía unos veinte años, el pelo cortado al cepillo y siempre llevaba una parka de lona verde caqui, de esas que tienen una pequeña bandera alemana en el hombro. Trotsky era un comunista empedernido, y por eso lo llamábamos así. Nunca supe su nombre real. Era simpático, inocente, y le encantaba sentarse al lado de cualquier grupo y empezar a hacer proselitismo para su causa. Un pesado. Lo hacía con una mezcla de sonrisa y seriedad extraña, que te hacía preguntarte qué hacía estudiando nada si sabía tanto y tan raro. O de qué esquina de la extensa Rusia había venido. A pesar de su naturaleza claramente madrileña.
Recuerdo que un día, mientras charlaba con un amigo mirando a la ventana del tren empapada por la lluvia, Trotsky vino y se sentó a nuestro lado. Tras saludar, como siempre hacía, comenzó a contarnos en secreto su plan para derrocar al gobierno. Aquí conviene hacer alguna aclaración. Estoy hablando de los años posteriores a la muerte de Franco, cuando España vivía en el alegre caos que siguió a la desaparición de la autoridad. Más o menos, de repente, todo el mundo pensaba en derrocar al gobierno. Es cierto que el régimen se había deshecho solo, por una tardía flebitis pero, ahora que se podía, cualquier persona quería derrocar a lo que fuera. Los demócratas a los tardofranquistas; los tardofranquistas a los demócratas; los comunistas a los ultraderechistas y anarquistas; los anarquistas, todo. En el aeropuerto, se podían oír conversaciones de dos seres grises que decían que todo estaba atado bien atado, y la generación inmediatamente anterior a la mía se apresuraba a ocupar las posiciones de poder para, en nombre de su democratismo, hacerse con las llaves de la casa y dejarla como la ha dejado ahora: opaca, regida por una clase blindada, y con las arcas tal y como deben estar en una verdadera España de los libros de historia de aquel tiempo: llenas de telarañas.
Bueno, pues Trotsky nos contó su plan para derrocar al emergente gobierno demócrata: consistía en atacar la Moncloa con unos aviones teledirigidos. Según nos dijo, aquel plan era perfecto, no había más que comprar los aviones, contruir unas bombas adecuadas, irse a la ciudad universitaria rival (los complutenses), y dejar caer las bombas sobre el palacio de la Moncloa. Esto era aproximadamente el año 1979, o sea que Trosky se estaba adelantando en muchos años a la tecnología actual del ejército de los Estados Unidos y al brillante marketing de una casa de automóviles internacional. Qué años esos.
En todos los días de aquella vida universitaria, no dejó de llover. Los zapatos se retorcían y adoptaban formas curiosas, con un dedo que sobresalía como el hocico de un delfín, o se curvaban hacia arriba como el zapato de un trompetista errante. Del cielo no hacía más que caer lluvia. Yo me quedé con Trotsky y sus drones, y a pesar del superficial infantilismo de la idea, la semilla agarró. Algunos meses después, en la estación de la Autónoma, amaneció un cuerpo colgado. Un estudiante se había quitado la vida ahorcándose y los primeros en llegar, siempre los más aplicados, se encontraron su cuerpo bamboleante sobre las taquillas. Yo llegué más tarde, humeante también, cuando ya habían retirado el cuerpo. Siempre pensé que a lo mejor había sido Trosky, porque nunca lo volví a ver más. Nunca tuve confirmación. Eran años convulsos y cualquier cosa podía suceder. Hasta que el dirigente ruso y creador de los drones se quitara la vida en la estación de tren de la universidad Autónoma. Con la que estaba cayendo.
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