RESEÑA
Domingo 16 de febrero de 2014
José Luis Torres Vitolas: Albatros. Lengua de Trapo. Madrid, 2013. 194 páginas. 17,71 €
Los diez años que duró la presidencia de Alberto Fujimori en Perú estuvieron teñidos de importantes escándalos de corrupción, malversación de fondos públicos y crímenes de lesa humanidad. De hecho, hoy día, Fujimori -que actualmente cumple una condena de 25 años en la cárcel- continúa siendo una figura polémica en su país. Ha recibido calificaciones de la prensa y de la población que no dudan en llamarlo desde “autoritario” a un liso y llano “dictador”, en particular, debido al autogolpe perpetrado en 1992. En efecto, el 5 de abril de 1992, el entonces primer mandatario peruano interrumpió la programación televisiva con un sorpresivo discurso en el que, literalmente, anunció que iba a “disolver temporalmente el Congreso de la República, hasta la aprobación de una nueva estructura orgánica del Poder Legislativo, la que se aprobará mediante un plebiscito nacional”. Pocas horas después de aquel autoproclamado coupd'état -que de acuerdo con la prensa local habría contado con la participación de su fiel asesor Vladimiro Montesinos- el ejército tomó gran parte de los medios de comunicación para controlar las ediciones del día siguiente.
Dentro de los delitos de lesa humanidad cometidos por el Gobierno de Fujimori, los más recordados fueron las denominadas masacres de los Barrios Altos y la de La Cantuta, respectivamente. En la primera, quince personas resultaron muertas y cuatro más heridas por atacantes identificados con posterioridad como miembros del Grupo Colina, un destacamento militar formado por miembros de las Fuerzas Armadas peruanas.
La masacre perpetrada por orden directa de Vladimiro Montesinos, y por encargo del propio presidente, es considerada un símbolo de las violaciones a los Derechos Humanos y fue uno de los crímenes citados por el Gobierno peruano en su solicitud de extradición presentada a Japón en 2003. Ocurrió el 3 de noviembre de 1991 cuando, en medio de una pollada -expresión peruana que remite a una suerte de fiesta donde se comen pollos asados y se buscan recaudar fondos con fines benéficos- llevada a cabo en el primer piso del inmueble ubicado en el Jirón Huanta nº 840 ingresaron seis individuos armados y encapuchados y dispararon con sus fusiles a los asistentes sin mediar palabras. Los atacantes, que tenían el rostro cubierto con pasamontañas, al entrar ordenaron a los asistentes que se tendieran en el suelo y los cosieron a balazos por cerca de dos minutos. En la matanza perecieron 15 personas, incluido un niño de 8 años. Las investigaciones judiciales y los reportajes de la prensa revelaron que los sujetos envueltos en el crimen trabajaban para la inteligencia militar; habían sido miembros del Grupo Colina que era ya conocido por perpetrar un programa antiterrorista por órdenes del gobierno de Alberto Fujimori.
La nouvelle Albatros, de José Luis Torres Vitolas (Lima, 1971), que obtuvo el Premio Alfons el Magnánim de Narrativa en 2012, se ocupa de la masacre de los Barrios Altos desde la perspectiva particular de los protagonistas, aquel grupo de sicarios integrantes del Grupo Colina. Una década después de la masacre, los responsables se encuentran exiliados en Europa y disfrutan siendo mano de obra desocupada, recuerdan sus horribles hazañas entre risas y borracheras. La pequeña novela de Torres Vitolas se regodea en lo más oscuro del género humano. La tortura, lo soez y la carroña son descritas sin ambages y en pocos párrafos. Para quien esto escribe, incluso, de manera excesiva e innecesaria.
Su estructura es fragmentaria -como los recuerdos de los protagonistas- mientras que el rompecabezas de piezas desarticuladas y en paralelo se va armando a medida que se avanza en el devenir de la historia. No obstante, la presencia constante de regionalismos, usos del lenguaje y modismos propios de los peruanos, provocan interferencias y ponen trabas a la fluidez de la trama.
En definitiva, Albatros es un libro recomendable para lectores que disfrutan de los detalles en los que las crónicas policiales de dudoso gusto se regodean y que estén dispuestos a tomarse su tiempo en leer con un diccionario de idiolectos peruanos a mano. Lectores sensibles, abstenerse.
Por Verónica Meo Laos
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